Cuaderno de sentimientos diabólicos
varios, propios y ajenos,
en este constante pedalear por la vida...



Mostrando entradas con la etiqueta Plagiarius. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Plagiarius. Mostrar todas las entradas

6 oct 2013

Blanco y negro (fragmento)*


En parte, esa sensación de blanco y negro tiene que ver, por supuesto, con la pobreza de la ciudad y con que, en lugar de exhibir lo que tiene de hermoso e histórico, todo esté viejo, descolorido, caído en desgracia y tirado a  un lado. En parte también tiene que ver con la modesta simplicidad de la arquitectura otomana, incluso en sus tiempos de mayor pompa y esplendor. Tanto la amargura de ser los supervivientes de un gran imperio como el que, comparados con los europeos, no tan alejados geográficamente, los estambulíes estén condenados a sufrir una especie de pobreza opresiva como quien padece una enfermedad incurable, alimentan también ese espíritu introvertido de la ciudad.

Para comprender mejor ese ambiente en blanco y negro recreado una y otra vez, que acentúa el sentimiento de amargura inherente a la ciudad y que es compartido por todos los estambulíes como un destino común, hay que venir a Estambul en avión desde una rica ciudad de Occidente y sumergirse de inmediato en las atestadas calles, o ir un día de invierno al puente de Gálata, el corazón de la ciudad, y ver cómo la multitud pasa por allí con una ropa de colores indistinguibles, descolorida, gris, sombría. Al viajero que viene de fuera le parece en un primer momento que los estambulíes de mi edad, que al contrario que sus ricos y orgullosos ancestros se visten raras veces de colores brillantes, rojos, verdes y anaranjados deslumbrantes, prestan un cuidado especial en no llamar la atención con su ropa, como si fiera una obligación moral secreta. Por supuesto, no existe tal obligación moral secreta, pero sí hay una intensa sensación de amargura que sugiere una moral de humildad. El sentimiento de derrota y pérdida que ha ido cayendo lentamente sobre la ciudad en los últimos ciento cincuenta años, la pobreza y los restos del desplome pueden verse en todo, desde en los paisajes en blanco y negro hasta en la ropa de los estambulíes.

Las manadas de perros callejeros, sobre los que escribieron con el mismo entusiasmo todos los viajeros occidentales que vinieron a la ciudad en el siglo XIX, de Lamartine a Nerval o Mark Twain, también alimentan esa sensación mía de blanco y negro, enriqueciéndola con una cierta inquietud. Esos perros, todos parecidos, ninguno de ellos de un color en exceso definido, que son pardos, ceniza descoloridos u ovillos de múltiples colores entremezclados y que continúan paseando por la ciudad con el mismo sentimiento de libertad y poderío de antaño, recuerdan, como minas errantes, que, a pesar de todos los esfuerzos de occidentalización y modernización, de los golpes militares, de la disciplina estatal y escolar y el sistema nervioso de Estambul lo recorre, más que la fuerza del Estado y del poder, un sentimiento de futilidad, de dejadez y de compasión.

Otra cosa que convierte en más permanente la sensación e blanco y negro es que no hayan existido ojos capaces de percibir ni manos capaces de pintar los triunfantes y felices colores del pasado que surgen del interior de la ciudad. No hay un arte pictórico otomano que pueda responder satisfactoriamente a nuestro gusto visual actual. Tampoco existe hoy en ningún lugar del mundo una obra o un libro que acomode o acerque nuestro gusto visual a la pintura otomana ni a al persa, que le sirvió de ejemplo. Los ilustradores otomanos, llevados por un entusiasmo que se limitaba a las miniaturas iraníes, vieron Estambul no como volumen o paisaje (de la misma manera que los poetas del Diván apreciaban y elogiaban la ciudad no como si fuera un lugar real sino como una simple palabra), sino como una superficie plana o un mapa (el mejor ejemplo es Matrakçi Masuh). Al dirigir su atención, como ocurre en los libros de ceremonias, a los súbditos del sultán, a los gremios, a la riqueza de sus herramientas, habilidades y objetos, pintaron la ciudad no como un lugar donde transcurría la vida cotidiana, sino como una escena de una parada oficial, o como si fuera un rincón importante al que la cámara enfoca a lo largo de toda la película.

Así pues, cuando a los periódicos, revistas o libros escolares les han hecho falta paisajes del pasado de Estambul para satisfacer el gusto de millones de personas, más o menos construidos a partir de fotografías y postales, se han visto obligados a utilizar los grabados blanqueado-ennegrecidos de viajeros y pintores occidentales. Tal y como explicaré luego con el ejemplo de Melling, los tiempos más felices de la ciudad fueron pintados en color, aunque solo fuera con los humildes colores de la aguada, pero los estambulíes no pudieron disfrutar del placer de ver su propio pasado ni siquiera con esos colores y, por razones técnicas contra las que nunca se rebelaron y que asimilaron como si fueran su destino, siempre vivieron su ciudad con un sentimiento de blanco y negro. Esa carencia estaba en perfecta armonía con su amargura.

Las noches de mi infancia eran hermosas porque, como la nieve, cubrían el ambiente complejo y agotador en que se iba sumergiendo la ciudad según se empobrecía, porque la hacían más poética. Como en mi niñez no había demasiadas construcciones altas, las noches de Estambul no se introducían como una tosca superficie por las casas, por entre árboles y ramas, por los cines de verano, por los balcones y por las ventanas abiertas, sino que se iban infiltrando con una elegancia acorde con la estructura sinuosa de la ciudad, con sus cuestas y sus colinas. Me gusta este grabado hecho en 1839 para un libro de viajes de Thomas Allom porque muestra la penumbra como un elemento mágico de un cuento. Como la luna llena, esa cultura del claro de luna que comparte todo Estambul libra a la noche de convertirse en una oscuridad ciega y, sobre todo, sirve para mostrar la misteriosa fuerza de la penumbra como fuente del mal; a mí me gusta más su luz cuando la muestran como media luna o, como ocurre en este grabado, anteponiéndole unas nubes, como si fuera una lámpara cuya luz se debilita para que se cometa un asesinato.

La noche potencia el espíritu en blanco y negro de Estambul, porque le da un aire de sueño y de cuento y porque es una arcana fuente de maldades. La mirada del viajero occidental, que ve la noche como algo misterioso y encubridor, que oculta la excentricidad inaprehensible de la ciudad y que facilita con su oscuridad que se cometan nuevos crímenes, se parece a la del estambulí incapaz de comprender las conspiraciones e intrigas del interior de los palacios. La repetida historia del cadáver de una mujer del harén o de un criminal al que sacan por una poterna de los muros de palacio al Cuerno de Oro y al que arrojan al mar desde una barca es algo que agrada tanto a los viajeros como a los estambulíes.

El crimen de Salacak, cometido en el verano de 1958, antes de que yo hubiera aprendido a leer y escribir, basado en unos elementos por cada uno de los cuales yo sentía una finidad especial, como la noche, una barca, las aguas del Bósforo y otros parecidos, no solo sirvió para enriquecer la imagen mental en blanco y negro que tenía del Bósforo, sino que además ha subsistido en mi corazón a lo largo de toda mi vida como un sueño terrible. El protagonista de aquel suceso, de quien supe por primera vez gracias a las conversaciones en casa y al que los periódicos de Estambul acabaron por convertir en leyenda a fuerza de insistir, era un pescador joven, pobre y borracho. Por culpa de las atrocidades del "Monstruo de Salacak" (que, para violas a la madre que se había subido a su barca con sus dos hijos con la intención de dar un paseo, arrojó a los dos niños al mar provocando que se ahogaran), se nos prohibieron durante un tiempo no solo diversiones como salir a echar las redes con los pescadores cuando estábamos de vacaciones en la casa de verano de la isla de Heybeli, sino incluso andar solos por el jardín de casa. Años después de aquello, la imagen de los niños arrojados por el pescador al mar picado, intentando agarrarse con dientes y uñas a la borda de la barca, los gritos de la madre y el pescador golpeando en la cabeza con el remo a la madre y a los hijos me siguen viniendo a la cabeza como una fantasía en blanco y negro cuando leo las noticias de asesinatos en los periódicos de Estambul (un trabajo que realizo con sumo gusto).


*Orhan Pamuk. Estambul, Ciudad y recuerdos.

21 ago 2013

Dos poemas (fragmento)

En mi casa, colmena donde la única abeja
volando es el silencio,
la soledad ocupa los sillones
y revuelve las sábanas del lecho
y abre el libro en la página
donde está escrito el nombre de mi duelo.

La soledad me pide, para saciarse, lágrimas
y me espera en el fondo de todos los espejos
y cierra con cuidado las ventanas
para que no entre el cielo.

Soledad, mi enemiga. Se levanta
como una espada a herirme, como soga
a ceñir mi garganta.

Yo no soy la que toma
en su inocencia el agua;
no soy la que amanece con las nubes
ni la hiedra subiendo por las bardas.

Estoy sola: rodeada de paredes
y puertas clausuradas:
sola para partir el pan sobre la mesa,
sola en la hora de encender las lámparas,
sola para decir la oración de la noche
y para recibir la visita del diablo.

*Rosario Castellanos

8 may 2013

Boca de llanto*


Boca de llanto, me llaman
tus pupilas negras,
me reclaman. Tus labios
sin ti me besan.
¡Cómo has podido tener
la misma mirada negra
con esos ojos
que ahora llevas!

Sonreíste. ¡Qué silencio,
qué falta de fiesta!
¡Cómo me puse a buscarte
en tu sonrisa, cabeza
de tierra,
labios de tristeza!

No lloras, no llorarías
aunque quisieras;
tienes el rostro apagado
de las ciegas.

Puedes reír. Yo te dejo
reír, aunque no puedas.


*Jaime Sabines


16 mar 2013

Mi nana me lleva aparte para despedirnos.*


Estamos en el oratorio. Nos arrodillamos ante las imágenes del altar. Luego mi nana me persigna y dice:

—Vengo a entregarte a mi criatura. Señor, tú eres testigo de que no puedo velar sobre ella ahora que va a dividirnos la distancia. Pero tú que estás aquí lo mismo que allá, protégela. Abre sus caminos, para que no tropiece, para que no caiga. Que la piedra no se vuelva en su contra y la golpee. Que no salte la alimaña para morderla. Que el relámpago no enrojezca el techo que la ampare. Porque con mi corazón ella te ha conocido y te ha jurado fidelidad y te ha reverenciado. Porque tú eres el poderoso, porque tú eres el fuerte.

Apiádate de sus ojos. Que no miren a su alrededor como miran los ojos del ave de rapiña.

Apiádate de sus manos. Que no las cierre como el tigre sobre su presa. Que las abra para dar lo que posee. Que las abra para recibir lo que necesita. Como si obedeciera tu ley.

Apiádate de su lengua. Que no suelte amenazas como suelta chispas el cuchillo cuando su filo choca contra otro filo.

Purifica sus entrañas para que de ellas broten los actos no como la hierba rastrera, sino como los árboles grandes que sombrean y dan fruto.

Guárdala, como hasta aquí la he guardado yo, de respirar desprecio. Si uno viene y se inclina ante su faz que no alardee diciendo: yo he domado la cerviz de este potro. Que ella también se incline a recoger esa flor preciosa —que a muy pocos es dado cosechar en este mundo— que se llama humildad.

Tú le reservaste siervos. Tú le reservarás también el ánimo de hermano mayor, de custodio, de guardián. Tú le reservarás la balanza que pesa las acciones. Para que pese más su paciencia que su cólera. Para que pese más su compasión que su justicia. Para que pese más su amor que su venganza.

Abre su entendimiento, ensánchalo, para que pueda caber la verdad y se detenga antes de descargar el latigazo, sabiendo que cada latigazo que cae graba la cicatriz en la espalda del verdugo. Y así sean sus gestos como el ungüento derramado sobre las llagas.

Vengo a entregarte a mi criatura. Te la entrego. Te la encomiendo. Para que todos los días, como se lleva el cántaro al río para llenarlo, lleves su corazón a la presencia de los beneficios que de sus siervos ha recibido. Para que nunca le falte gratitud. Que se siente ante su mesa, donde jamás se ha sentado el hambre. Que bese el paño que la cubre y que es hermoso. Que palpe los muros de su casa, verdaderos y sólidos. Esto es nuestra sangre y nuestro trabajo y nuestro sacrificio.

Oímos, en el corredor, el trajín de los arrieros, de las criadas ayudando a remachar los cajones. Los caballos ya están ensillados y patean los ladrillos del zaguán. La voz de mi madre dice mi nombre, buscándome.

La nana se pone de píe. Y luego se vuelve a mí, diciendo.

—Es hora de separarnos, niña.

Pero yo sigo en el suelo, cogida de su tzec, llorando porque no quiero irme.

Ella me aparta delicadamente y me alza hasta su rostro. Besa mis mejillas y hace una cruz sobre mi boca.

—Mira que con lo que he rezado es como si hubiera yo vuelto, otra vez,a amamantarte.

*Rosario Castellanos, Balún Canán.

28 nov 2012

Por favor,...*


no lo comentes,
sudado y promiscuo
recién nacido y recién muerto
mis calles que en las rutas de tus calles me nacieron
piden que la tierra contenida en tu color se vuelva beso
porque guardafango herido voy
accidentado voy
vengándome de todo voy
en un solo canal
el de tu ausencia.

*Enio Escauriza

5 oct 2012

Sabia virtud de conocer el tiempo;

a tiempo amar y desatarse a tiempo;
Como dice el refrán: dar tiempo al tiempo...
Que de amor y dolor alivia el tiempo.
Aquel amor a quien ame a destiempo,
martirízome tanto y tanto tiempo
que no sentí jamás correr el tiempo
tan acremente como en ese tiempo.
-Ignoraba yo aún que el tiempo es oro.
¡Cuánto tiempo perdí -ay- cuánto tiempo!
Y hoy que de amores ya no tengo tiempo
cómo añoro
la dicha inicua de perder el tiempo...

Renato Leduc

16 jun 2012

A.*

Durante los tres días que estuvo en Amsterdam se sintió completamente desorientado. El plano de la ciudad es circular (una serie de círculos concéntricos divididos por canales, salpicados por cientos de pequeños puentes, y conectados unos con otros de forma interminable), por lo cual uno no puede simplemente "seguir" una calle como en otras ciudades. Para ir a un sitio determinado, primero hay que saber exactamente cómo se llega allí. Al ser extranjero, A. no lo sabía y además sentía cierta reticencia a consultar el mapa. Llovió durante los tres días de su visita y él se pasó todo ese tiempo dando vueltas en círculos. A. advirtió que en comparación con Nueva York (o Nueva Amsterdam, como se complacía en llamarla tras su regreso), Amsterdam era una ciudad pequeña, cuyas calles sin duda podría memorizar en unos diez días. Pero incluso en el caso de que se desorientara, ¿no podría consultar a cualquier transeúnte? En teoría sí, pero lo cierto es que se sentía incapaz de hacerlo. Los desconocidos no le asustaban, ni tampoco le faltaban ganas de hablar. Era algo más sutil: dudaba en hablar inglés a los holandeses. En Amsterdam casi todo el mundo habla un inglés excelente, pero esa facilidad de comunicación lo intranquilizaba, como si pudiera despojar a la ciudad de su carácter de extranjera. No porque él buscara exotismo, sino porque le parecía que el lugar dejaba de ser el mismo, como si por el mero hecho de hablar inglés los holandeses negaran su propia identidad. Si hubiese estado seguro de que nadie le comprendía, no habría dudado en parar a cualquier extraño y hablarle en inglés, esforzándose por hacerse entender con palabras, gestos, muecas, etcétera. Pero tal como estaban las cosas, se sentía incapaz de privar a los holandeses de su identidad, a pesar de que ya hacía mucho tiempo que ellos mismos lo habían consentido. Por lo tanto no habló con nadie, anduvo sin rumbo, caminó en círculos y no hizo nada para evitar perderse. Más tarde se daría cuenta de que en más de una ocasión se había encontrado a pocos pasos de su destino, pero al no saber dónde girar, había caminado en la dirección opuesta, alejándose cada vez más del sitio adonde quería ir. Pensó que tal vez estuviera dando vueltas alrededor de los círculos del infierno, que la ciudad podría haber sido diseñada como modelo de ese otro mundo subterráneo, un modelo basado en una representación clásica de aquel lugar. Luego recordó que algunos especialistas del siglo dieciséis (por ejemplo, Cosme Rosselli en tu Thesaurus Artificiosae Memoriae, Venecia, 1579) habían usado diagramas del infierno para representar a los sistemas de la memoria. Y entonces advirtió que si Amsterdam era el infierno y el infierno era la memoria, tal vez tuviera sentido que se perdiera. Lejos de cualquier cosa que pudiera resultarle familiar, incapaz de descubrir ni siquiera un solo punto de referencia, descubrió que sus pasos, al no llevarlo a ninguna parte, lo conducían hacia el interior de sí mismo. Estaba haciendo un viaje interior, y se encontraba perdido, pero lejos de preocuparlo, esta idea se convirtió en fuente de felicidad y alborozo. Trató de imbuirse por entero de esta idea, como si tras acercarse a un conocimiento previamente secreto, pudiera llegarle hasta lo más profundo del alma; y entonces se dijo a sí mismo, con un tono casi triunfante: Estoy perdido.

*Paul Auster. El libro de la Memoria, en La Invención de la Soledad.

9 abr 2012

Si puedes mantener*

la cabeza cuando todo a tu alrededor
pierde la suya y por ello te culpan,
si puedes confiar en ti cuando de ti todos dudan,
pero admites también sus dudas;
si puedes esperar sin cansarte en la espera,
o ser mentido, no pagues con mentiras,
o ser odiado, no des lugar al odio,
y -aun- no parezcas demasiado bueno, ni demasiado sabio.

Si puedes soñar -y no hacer de los sueños tu maestro,
si puedes pensar -y no hacer de las ideas tu objetivo,
si puedes encontrarte con el Triunfo y el Desastre
y tratar de la misma manera a los dos farsantes;
si puedes admitir la verdad que has dicho
engañado por bribones que hacen trampas para tontos.
O mirar las cosas que en tu vida has puesto, rotas,
y agacharte y reconstruirlas con herramientas viejas.

Si puedes arrinconar todas tus victorias
y arriesgarlas por un golpe de suerte,
y perder, y empezar de nuevo desde el principio
y nunca decir nada de lo que has perdido;
si puedes forzar tu corazón y nervios y tendones
para jugar tu turno tiempo después de que se hayan gastado.
Y así resistir cuando no te quede nada
excepto la Voluntad que les dice: «Resistid».

Si puedes hablar con multitudes y mantener tu virtud,
o pasear con reyes y no perder el sentido común,
si los enemigos y los amigos no pueden herirte,
si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado;
si puedes llenar el minuto inolvidable
con los sesenta segundos que lo recorren.
Tuya es la Tierra y todo lo que en ella habita,
y -lo que es más-, serás Hombre, hijo.

*Rudyard Kipling

26 nov 2011

[...] Mi propósito

no es el de enseñar aquí el método que cada cual debe seguir para guiar acertadamente su razón, sino solamente el de mostrar de qué manera he tratado de guiar la mía. 

René Descartes, Discurso del Método.

16 nov 2011

La decisión - año décimo séptimo*


Aquí hay tantas fotografías que debo cerrar los ojos y sacar una, como cuando se saca el sobre de un afortunado ganador. Dudo, vacilo, escojo una, desisto súbitamente, tomo otra, la palpo, luego le echo una mirada a través de los párpados entrecerrados, tal vez sería mejor una tercera... Así es a esa edad... Hay mucho de todo, lo más difícil es decidir... ¿Qué historia es digna de recordar? ¿Cómo escoger entre la abundancia?

En general, ¿qué es lo que decide cuál de las fotos se metería en un álbum, en un marco o en un medallón y cuál se quedaría para siempre en una caja de zapatos? ¿Es decisivo el deseo de cómo nos verán algún día? ¿Cómo nos presentaremos ante los demás?

¿O es más importante que todo sea tal como es? Como en ese juego "de vista aguda" en las revistas de entretenimiento, donde dos imágenes publicadas una junto a la otra no coinciden en cada detalle, y la tarea es encontrar y marcar con un círculo cinco, diez, o veinticinco diferencias. Eso es aceptable siempre y cuando se dé en el marco de una revista de entretenimiento. Pero cuando el encontrar y el marcar las diferencias se extiende a la vida entera, a uno lo declaran loco.

Como declararon loca a aquella señora Panic que andaba por la ciudad todo el día y osadamente marcaba las diferencias detectadas con un lápiz labial: primero dibujando esos grandes círculos suyos, de color guinda madura, sobre las portadas de los periódicos exhibidos en los puestos alrededor de las ventanas de plantaba bajo en el vecindario, después en torno a las esquelas clavadas en los troncos de los árboles y, al final, hasta sobre los bustos de héroes nacionales en el parque (lo cual varias veces tuvo por resultado su registro en la estación de policía). Sin embargo, todo se volvió demasiado serio desde que el esposo de la señora Panic empezó a despertarse con el rostro manchado de lápiz labial, porque su mujer había estado marcando con círculos su cara toda la noche. 

-Frótala, frótala... Pero tú, desde hace mucho, no eres el hombre con el que me casé -le dijo mientras él se lavaba la cara. 

Incluso esa "diferencia" se habría quedado dentro de las desavenencias familiares, si la Panic no hubiera empezado a abordar la gente en la calle disparatadamente, a sacar de su pequeño bolso la barra del lápiz labial, y a "arruinarlos" con el color de guinda madura, antes de que los que presentaban diferencias tuvieran tiempo para reaccionar. 

-¡Ja! ¡Creían que yo no lo había notado! ¡Dicen una cosa y hacen otra! ¡Creían que podían ocultarme algo a mí!

Pero cuando se lo hizo a un político, a un presidente municipal o del comité, algo así, con la excusa de que ese individuo "de ninguna manera puede equivaler a un hombre", se la llevaron a una institución psiquiátrica para observación. Nunca regresó de allá. Expiró una mañana, desnuda, completamente cubierta de una capa de lápiz labial; seguramente estuvo "marcando con círculos" las diferencias toda la noche; había empezado por sus labios, continuó con las volutas sobre las mejillas, la frente, el cuello, los pechos y siguió así, hasta el último pedazo libre en su cuerpo.

* Goran Petrovic. Diferencias (2008)

30 oct 2011

A medianoche*

A medianoche, a punto de terminar agosto, pienso con tristeza en las hojas que caen de los calendarios incesantemente. Me siento el árbol de los calendarios.

Cada día, hijo mío, que se va para siempre, me deja preguntándome: si es huérfano el que pierde un padre, si es viudo el que ha perdido la esposa, ¿cómo se llama el que pierde un hijo?, ¿cómo, el que pierde el tiempo? Y si yo mismo soy el tiempo, ¿cómo he de llamarme, si me pierdo a mi mismo?

El día y la noche, no el lunes ni el martes, ni agosto ni septiembre; el día y la noche son la única medida de nuestra duración. Existir es durar, abrir los ojos y cerrarlos.

A estas horas, todas las noches, para siempre, yo soy el que ha perdido el día. (Aunque sienta que, igual que sube la fruta por las ramas del durazno, está subiendo, en el corazón de estas horas, el amanecer).

* Jaime Sabines. Diario semanario y poemas en prosa (1961)

16 oct 2011

He optado por*

olvidarme de Tiachepa, por lo menos en mis apuntes. Y para consolarme, todos los días voy al Tacamo. Las milpas han brotado, y el campo, al atardecer, está lleno de estrellitas verdes. 

* Juan José Arreola, La Feria (1963).

14 oct 2011

Estoy triste, y mis ojos no lloran*

y no quiero los besos de nadie;
mi mirada serena se pierde
en el fondo callado del parque.

¿Para qué he de soñar en amores
si está oscura y lluviosa la tarde
y no vienen suspiros ni aromas
en las rondas tranquilas del aire?

Han sonado las horas dormidas;
está solo el inmenso paisaje;
ya se han ido los lentos rebaños;
flota el humo en los pobres hogares.

Al cerrar mi ventana a la sombra,
una estrena brilló en los cristales;
estoy triste, mis ojos no lloran,
¡ya no quiero los besos de nadie!

Soñaré con mi infancia: es la hora
de los niños dormidos; mi madre
me mecía en su tibio regazo,
al amor de sus ojos radiantes;

y al vibrar la amorosa campana
de la ermita perdida en el valle,
se entreabrían mis ojos rendidos
al misterio sin luz de la tarde...

Es la esquila; ha sonado. La esquila
ha sonado en la paz de los aires;
sus cadencias dan llanto a estos ojos
que no quieren los besos de nadie.

¡Que mis lágrimas corran! Ya hay flores,
ya hay fragancias y cantos; si alguien
ha soñado en mis besos, que venga
de su plácido ensueño a besarme.

Y mis lágrimas corren... No vienen...
¿Quién irá por el triste paisaje?
Sólo suena en el largo silencio
la campana que tocan los ángeles.

* Juan Ramón Jiménez

11 oct 2011

Sal con una chica que no lee*

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela. 

Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta. 

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe. 

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato. 

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida. 

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza. 

No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.

*  Charles Warnke

Sal con una chica que lee*


Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca. 

Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.

Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.

Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella. 

Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace. 

Por lo menos tiene que intentarlo.

Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo. 

Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos. 

¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo. 

Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.

Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.

Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.

Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.

O mejor aún, a una que escriba.

* Rosermary Urquico

25 sept 2011

I'll see you in my dreams*

Lonely days are long, twilight sings it's song,
Of the happiness that used to be.
Soon my eyes will close. Soon I'll find repose.
And in dreams you're always near to me.

I'll see you in my dreams, hold you in my dreams.
Someone took you out of my arms, still I feel the thrill of your charms.
Lips that once were mine, tender eyes that shine.
They will light my way tonight
I'll see you in my dreams.

Through the dreary gray of another day, you'll be far away and I'll be blue.
Still I hope and pray through each weary day.
For it brings the night and dreams of you.

I'll see you in my dreams, hold you in my dreams.
Someone took you out of my arms, still I feel the thrill of your charms.
I'll see you in my dreams, hold you in my dreams.
Someone took you out of my arms, still I feel the thrill of your charms.
Lips that once were mine, tender eyes that shine.
They will light my way tonight.
I'll see you in my dreams.

Lips that once were mine, tender eyes that shine.
They will light my way tonight.
I'll see you in my dreams.
They will light my lonely way tonight.
I'll see you in my dreams.

*Louis Armstrong

26 ago 2011

¿Qué hace el viento cuando no sopla?*

Personajes:
Jacinta
El Payaso
El Poeta
El Sabio

Escena primera: (Jacinta y el Sabio)

Jacinta:
Señor Sabio,
usted que sabe cuál es
la curvatura del horizonte,
la velocidad de la luz,
la distancia de cada estrella,
¿podría decirme
qué hace el viento
cuando no sopla?

Sabio
Cuando el viento no sopla...
pues... cuando no sopla...
pues... simplemente no es viento.
Para que pueda llamársele viento,
es necesario que sople.

Jacinta:
Señor Sabio,
usted puede saber cuánto pesa un elefante,
cuánto mide el cielo,
cuántas olas se rompen en la playa,
pero no tiene imaginación.

Escena segunda: (Jacinta y el Payaso)

Jacinta:
Amigo Payaso,
tú que dices cosas tan graciosas,
y tan serias,
¿podrías decirme
qué hace el viento
cuando no sopla?

Payaso:
!Sí que puedo!
El viento...
Pues el viento
es la risa del aire,
la carcajada
que juega con tus cabellos,
Jacinta,
y que acaricia tus mejillas rosadas.

Jacinta:
Amigo Payaso,
todavía no me has dicho
qué hace el viento
cuando no sopla.

Payaso:
No te lo he dicho,
niña Jacinta,
porque cuando el viento no sopla
es que el aire está triste

Jacinta:
¿Y llora el aire
cuando está triste?

Payaso:
Sí, llora
y entonces...

Jacinta:
¿Entonces qué amigo?

Payaso:
Pues entonces llueve.

Jacinta:
Pero a veces llueve ´
y también hay viento
¿Cómo es eso?

Payaso:
Es que el aire
llora de alegría

Jacinta:
O tal vez el aire no sabe
si reír o llorar,
amigo payaso

Payaso:
Como yo,
amiga Jacinta,
como yo.

Escena tercera: (Jacinta y el Poeta)

Jacinta:
Amigo poeta,
tú que dices cosas tan lindas,
que cantas a las flores,
a la lluvia, al sueño
a las tardes, al amor
¿podrías decirme
qué hace el viento
cuando no sopla?

Poeta:
Cuando el viento no sopla,
niña,
duerme, duerme
y todo se queda quieto,
tranquilo,
en silencio:
las ramas de los árboles,
el mar, las nubes,
las espigas,
para no despertarlo.

Jacinta:
¿Y cuándo el viento despierta?

Poeta:
Cuando el viento despierta,
Jacinta, todo canta,
cantan los molinos,
canta el mar,
cantan los rehiletes,
los papalotes cantan.

*Gonzalo Celorio

11 jul 2011

Escribir

"Lo que me gusta es escribir y cuando termino es como cuando uno se va dejando resbalar de lado después del goce, viene el sueño y al otro día ya hay otras cosas que te golpean en la ventana, escribir es eso, abrirles los postigos y que entren."

Julio Cortázar

29 jun 2011

El viaje definitivo*


Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas las tardes el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincon de aquel mi huerto florido y encalado,
mi espiritu errará, nostalgico.

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.


*Juan Ramón Jiménez.

22 jun 2011

Adiós al compañero de viaje*


Salí del tren, dije adiós al compañero de viaje.
Habíamos estado dieciocho horas juntos...
La agradable conversación. La fraternidad del viaje.
Me apenó salir del tren, dejarlo. Amigo casual cuyo nombre nunca supe.
Mis ojos, los sentí, se colmaron de lágrimas...
Toda despedida es una muerte... Sí, toda despedida es una muerte.
Nosotros, en el tren al que llamamos vida
somos todos casuales los unos para los otros,
y tenemos todos tristeza cuando por fin desembarcamos.
Todo hombre que es humano me conmueve porque soy hombre.
Todo me conmueve porque tengo, no una semejanza con ideas o doctrinas,
sino una vasta fraternidad con la humanidad verdadera.
La criada que salió entristecida a llorar por nostalgia
de la casa donde no la trataban muy bien...
Todo eso es en mi corazón la muerte y la tristeza del mundo.
Todo eso vive, porque muere, dentro de mi corazón.
Y mi corazón es un poco mayor que el universo entero.

*Fernando Pessoa.