Cuaderno de sentimientos diabólicos
varios, propios y ajenos,
en este constante pedalear por la vida...



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27 feb 2013

Con ojos de pollo

despierta el Diablo, abrazando a una bella mujer. Pegados, congelados... Son una especie de pollo congelado en los refrigeradores del supermercado... dos tipos de condimentos juntos para la vida de alguien más, a saber, el cliente que paga por nosotros.

Si los gustos de la cocinera no son "fuertes", el Diablo debe ir entero a la olla hirviendo... la mujer, por piscas, porque es mucho más fuerte.

No lo saben, pero están fríos, inamovibles, rigidez de hielo, frío de corazón, nevada como las que por aquí no existen. Un plato de unicel por cama, un plástico transparente por cobija. Una etiqueta junto a un código de barras, sobre el rostro del Diablo, y el precio: 30 pesos. Consumo preferente: 20 de abril de 2013.

Van, los dos, en un carrito de supermercado, sin poder moverse.

19 feb 2012

El hombre intangible


Aparece muy de mañana, antes incluso del dinosaurio que sigue estando allí después del sueño de los niños. Hombre sin ojos, te observa. Se acerca a mirarte: tú en la cocina o en la sala, cruzando el patio o la habitación de tu madre, tú en la puerta de tu casa o apagando la luz desde tu cómodo (como no podría serlo otro) colchón. Se está quieto y te espera, te busca sigiloso, en silencio, se detiene cuando te halla. Lo llevas con él, estoy seguro, y se queda contigo mientras te vistes, maldito sea, mientras una gota de agua tibia recorre delicadamente tu cuerpo. 

La certeza tengo de que mira a tu hermano subir por las escaleras y se pone a girar, y se aparta, al instante en que él te abraza. Y no sabes de él (no te importa, no quieres), pero no se va aunque cierres la puerta, te desnudes y te estés, libro en mano, entre las cobijas. 

Sabe, porque escucha, hombre sin orejas, de tu lenguaje. Conoce los cambios de tu voz y las palabras que has creído sólo tuyas, cuando te ves mujer en soledad, entre los muros que todo han visto de ti, ante el espejo o entre lágrimas. Sabe más de tu vida que tu madre, desgraciado, sin necesidad de hurgar en tu luz por las rendijas de la ventana... A través de ella le has dejado pasar ahora que duermes, ahora que no piensas en él, ni en mí, ni en tu nombre siquiera. 

Ser misterioso detrás de ti, dejó para después tu cara. Prefirió cada vez un reflejo de tu intimidad en el cristal mientras te cepillabas. Hombre invisible sin manos, te toca. Te lleva cada parte del preciado cuerpo a la carne de sus labios, sonríe de tu ignorancia de él cuando lo has dejado en tu boca y te levanta los cabellos a placer, en el sillón, en la silla o en la almohada. ¡Embustero!, no sabe mentir, no me engaña: enamorado vive de ti, si es que late su incoloro corazón, como no podría estarlo de otra forma. Días y horas ha sufrido por ser siquiera otro padre para ti, otro hermano, una mascota. De flor inodora aroma tu casa, perfume imaginario, me ha hecho creer que piensa en tu nariz... En sus pulmones te hospeda, yo sé que te respira.

Sin conocerle nunca el rostro, hombre sin cara, te sigue por el camino. Ser sin cabeza, piensa: su desdicha es no poseerte, no ser capaz, y el muy maldito llora... Inquieto, angustioso o desesperado, te levanta la falda. Y te alejas de él en verano, su dolor te hace infeliz, llovizna que desgaja ramas y hojas. Con ternura yo quisiera haberte visto, las veces que no puedes escapártele... y deposita en tu cuerpo sus lágrimas. 

Hay noches en que se queda dormido a un lado tuyo, le he pedido la quietud de las cosas para no despertarte. Trabaja en no hacer ruido y despierta sin tu calor por las mañanas. Necesidad de tu alma grande, tu preciosísima humanidad, te busca. Te persigue hasta mis brazos cuando tengo la dicha de ti y, colérico, lanza lejos de tu mesa los papeles, porque me odia.

¿Yo? Te quiero tanto, no soy insensible. Siento celos de él, le tengo envidia. No poder ser como él me enferma: ah, quién fuera el aire que sabe todo de ti, el aire que desde niña te ha visto en tu casa.

18 sept 2011

Infusión de hierbabuena

Como mucha gente antes, el viejo le dijo al joven: ¡claro que puedes!, debes intentarlo, seguir... bien puedes hacerlo, ¿no te das cuenta? El muchacho ni se inmutó, el comentario de hierbabuena soltó un color verde en sus ánimos (joven al fin) de agua caliente.  Sonrió. Calló. Se despidieron. 

El joven pensó para sí: si supiera lo pequeño que soy, lo chiquito que me veo en el espejo. El viejo, sintiéndose incomprendido, se dijo: si supiera de lo que es capaz. Pensó en Goethe, en el destino del hombre marcado por lo que considera de sí mismo.

8 jun 2011

Muñeca rusa

Por fuera uno advierte a la muñeca. Dentro de ella, una aflicción, llenándole los huesos la desesperación, una maldita idea, una irrefutable decisión. Dentro de aquella playera amarilla, con la inscripción "Facultad de Filosofía y Letras", él, tranquilo, fuerte, mar en calma, noble, transparente. En la aflicción de ella, su corazón, amordazado, atado a la silla de la desesperanza, despojo de toda idea feliz. Él había decidido regresar, el fluido del tiempo entre manos se pierde, se hacía tarde. Ella, lágrimas en los ojos, mojándosele el corazón, dejó tras de sí a su inconcebible soledad y cerró la puerta de casa. El viento de la tarde los contenía a los dos.

Dentro de su mente, unos días atrás, filosofía para ella: papeles, libros, notas, seminarios, otra vez libros... Desde hacía días, necesidad de conocimiento para su vida, de respuestas en las inquietudes de él que lo llevaron a visitar de nuevo la Universidad. Luego, dentro de la Facultad, uno frente a otro, sin advertirse, sin contemplarse, objeto inanimado uno del otro, una forma más en esta enorme ciudad en que la gente, como los animales y las cosas, no hablan.

Cada uno bañándose en aguas distintas (Heráclito) en distintos ríos. Hasta ayer: fin de todo anhelo, después del arrastrado día, del desgraciado suceso, líquido fétido y viscoso en que ella se retorcía. Hasta ayer, desgraciada la noche con todo y su "mejor mitad de la vida"*, maldita sea la luz (sea de Luna, sea de Sol), ¡desgraciado tú! repetía. Hasta ayer.

Calle abajo, tras cerrar la puerta, contempló la visceral idea. Le olió, le sopesó en las manos, le probó, pensó en sus consecuencias... y para llevarla a cabo, ¿es la estación de metro un buen lugar?, se decía ella... y al decidir que no al tiempo de la llegada del tren, abordó el vagón por una entrada. Él, por por la otra. Ella parada, lágrimas secas, odio solidificado en el fondo del pecho, en un extremo. Él, sentado, mar en calma, tranquilo, sentado en el otro, frente a ella, metido en su camiseta amarilla de Filosofía. La misma luz, pues, dentro de los dos pares de ojos. Dentro de ella la melancolía, dentro de él la advertencia de aquella hermosa y triste mujer azul. Dentro del vagón, él frente a ella, una conversación. ¿No estaba dentro de ella la maldita idea, la fatal decisión?

Meses después, más tarde, dentro de mayo, dentro de los labios de ella, una confesión: de no ser por él, por la libertad de espíritu que le llevó a comprarse la camiseta de Filosofía, por aquella conversación, por todo el amor del que él es capaz, ella se habría suicidado.

* "La noche es la mitad de la vida y la mejor mitad." Goethe.

30 ago 2010

El delirio

Cada frío matinal le dejaba en las mejillas el sabor azul de todos los días. Su cabello largo, las manos en sus bolsillos, la mochila sobre sus hombros. Atado a sus pasos, un montón de pensamientos que desde hacía 3 meses la hacían sentir, digamos… la hacían sentir, ¿cómo decirlo?... ¡irreal!

Su nombre (pensaba) reflejaba la veneración a una virgen de todo su pueblo, las esperanzas muertas de tanta gente, las vivas de otros tantos, arquitectura, rosales… pero no la mujer pequeña y de rasgos finos que era, no la mujer de corazón encendido, de sangre tangible, que trabajaba con ahínco cada mañana. Su nombre… ¿Cuánto podía decirle a un hombre la lectura de cada letra de su nombre? Su nombre… ¿Ella?, no, ella no… sólo su nombre. Ella no es como su nombre. Su nombre, el que salió de sus labios cuando se vio pasar, a sí misma, al otro lado de la acera: ¡Lupita!, ¡Lupita!

Su imagen, al otro lado, sin inmutarse, siguió su camino. ¿Qué sucedía? No dejó de posar los ojos sobre la otra mujer. Reconoció en ella sus zapatos, la longitud de sus cabellos, ese mismo suéter y ese mismo pantalón, que días atrás había lanzado sin pena al cesto de la ropa sucia. Se reconoció a sí misma dos días atrás: ¡Lupita!...

El corazón zumbando, la sangre apresurada, se acercó a ella (a su imagen)… cada paso la acercaba, pero no podía llegar a ella, Lupita de hoy: Aquiles… Lupita de antier: la tortuga. ¿Cómo puede tocarse hoy la imagen que de sí mismo tenía el espejo del baño hace dos días?... ¿Qué sucede? El terror le llegó desde el estómago y decidió dejar de moverse. Dejó que a la “ella” que ella había sido hace dos días se alejara.

Sentada a la orilla del camino: cálmate, mujer, cálmate, por favor… Y la mirada hacia arriba, hacia el cielo: las copas de los árboles silentes , el sol perezoso aún no estiraba los brazos allá, tras las colinas. Sus hermosos ojos acariciaban cada cosa del mundo (desde que había nacido) y al llegar a las hojas secas del suelo, los mismos colores de antier, las mismas bocas de perro, orejas de conejo… las mismas formas en las hojas del suelo: esto ya lo he vivido. Seguramente estoy en uno de mis sueños, se engañó. La frase la tranquilizó… y ya sin Dios, sin Virgen, sin pueblo esperanzado ni apellido de conquistador, sin la “ella” del pretérito imperfecto, se hizo dueña de sí misma en el tiempo presente, en la mujer que ella debía ser: ¡cómo no, era su sueño!

Dueña de sí misma: por supuesto. ¿Qué otras reglas podría tener una vida, una historia, que no era sino invención suya? Todo lo que veían sus ojos, todo la paz que ahora sentía, las había construido nada más para ella… Quizás su imagen de hace dos días era sólo el afán de mirar hacia atrás en su propia historia.

Y fue entonces que, sentada a la orilla de su camino inventado, tan parecido a la realidad, dejó caer sus párpados, apretó muy fuerte los dientes, se presionó las sienes con esas tersas manos y quiso hacer aparecerse a sí misma en el futuro: ¿cómo me veré la siguiente semana?, ¿quién seré yo en ese futuro cercano? Poco a poco, dejó que la luz jugueteara en cada iris… El mismo camino, las mismas copas de los árboles, el tiempo detenido en aquél camino. No, espera. Allá, una silueta femenina. ¡Brincó de alegría! Espera. ¿Y si le hablo y no me escucha?, ¿y si mi futuro tampoco me puede ver?

La mujer futuro se aproximó hacia ella, el mismo hervor de los nervios se apoderó de la mujer presente.

-¡Lupita!, le dijo su futuro, ¿qué haces allí?

Un rápido vistazo a cada cosa: el carmín en los labios, el cabello más corto, el vestido, los tacones…

-Estoy esperándote, respondió el presente.

Lupita arreglada llenó de duda su semblante:

-Pero… pero… ¡quedamos en vernos en otra novela!
-¿En otra novela?
-Sí, acordamos vernos en El Delirio, después de la graduación de nuestra hermana.

No lo soportó más y se pellizcó… y se pellizcó… y se pellizcó… No podía despertar. Le dolió pensar que de tanto que soñaba, se volvió personaje ficticio, aire corriente, palabra furtiva y etérea de su propio sueño. Aunque la alegría le había llegado después de despedir a la mujer de los tacones, al advertir que era posible vivir en un mundo (un cuento) de su propia invención.

19 jun 2010

Memoria de tres pétalos

Ella... sentada junto de mí, pero más lejos que mi propia infancia: susceptible de ser contemplada, de adorarse, de llenarse los ojos de Ella, pero inalcanzable. El aroma de su cuello, sus cabellos al final de su frente... Desperté. Tristemente, como todos los días pasados, sólo había sido un sueño.
El reloj: las 3:21... afuera: la lluvía... yo: sentado a la orilla del colchón. Aún había café y lo bebí mientras me vestía. Paseé por la estancia repitiendo su nombre (una y otra vez su hermoso nombre) inquieto. "Debo hacerlo, debo hacerlo", me repetía mientras el cigarro menguaba, me convencía al inicio de la frase y me daba valor al terminarla. Afuera los truenos y el cielo cayéndose. Cogí las llaves, cerré la puerta con el pie y bajé las escaleras con rapidez. Me sorprendió el agua fría bajando la calle... ¡qué importaba!, sólo pensaba en Ella.
Unas cuadras hacia la derecha, la rosa en el portal del vecino... mis brazos estirados, los pies de puntitas... hacia un lado y hacia el otro su tallo lleno de espinas... ¡la corté!, la guardé bajo la chamarra. Huye. A paso apretado por la misma calle, cuadras hacia la izquierda... sí, sí, la lámpara del alumbrado público... Sí, sí, esta calle debe ser... ¿a qué distancia hacia la derecha? Ah, cierto... ¿era rojo el portón? ¿Cómo trepo por la pared?... El reloj: 3:52. ¡Cállate, maldito gato!... El árbol... grrr... ah... mmm... ¡au!... ¡Apresúrate!, no deben verme sobre el muro. Un salto, el estúpido dolor en los pies, ¡cállate!... el agua de lluvia... ¿tiene ventana su habitación? Un pasillo a la derecha... ¿dónde duermes?, tímida luz la de su lámpara... Tres toques en la ventana y nada. Dos toques más (estoy empapado)... y nada. ¿Cómo quitar de enfrente este cristal?... Dos golpes más allí sobre el seguro... ¡Mira, se desliza!... Una cortina blanca y Ella... ¡Dios me petrifique ahora frente a Ella!... con esa luz tenue sobre su rostro, hermosa, dormida, con su belleza endemoniada.
Secas las manos al contacto de su cama, la palma izquierda sobre su boca, labios fríos los míos sobre su frente: ¡no te asustes, soy yo!, ¡soy yo!... ¡calma!... "¿Qué haces aquí?, ¿cómo entraste?", las palabras que salieron de su boca.
-No importa, no hice ruido, ¿vienes conmigo?
-Pero...
-Mañana me iré, mujer, y no volverán a verme tus ojos. Ahora o nunca será. Te lo ruego, ven conmigo.
Me miró, sus dulces ojos negros bien abiertos hacia mí, saqué la rosa lacerada del regazo y la puse en su pecho. Quiero morirme aquí: sonrió. Silencio hubo nada más entre nosotros... empujando con el dedo el corazón: no salgas del pecho.
Una maleta en su mano izquierda, su derecha junto a la mía, recorrimos el camino inverso: la ventana, el pasillo, el muro... ¡sube!... mmmm... ¡ah!... Pon un pie sobre mí... ¡vámonos!... ¿y tu rosa? No importa, ¡vámonos! Imaginé nuestras siluetas en la lluvia, imaginé lo que habría de venir.

Al día siguiente, su casa y su madre la buscaron, tocaron a la puerta de su habitación y, en lugar de su cuerpo dormido, hallaron la rosa roja sobre sus sábanas... Entonces lo comprendieron: Ella era ya una flor. Había que decírselo a papá, explicárselo a los niños, ponerla a Ella en un jarrón con agua (para prolongarle la vida), junto a 3 claveles (para evitarle la soledad). Había que darle sol cada mañana.
-Mamá, mi hermana se está marchitando- decía su hermana.
-No, mi amor, germinará su semilla.
Y tuvo razón, porque de los tres pétalos que nos habían quedado esa noche, uno le floreció en el vientre, y yo sabía que guardaba algo mío dentro de sí... porque mientras ellos cuidaban de la rosa con cariño, yo cuidaba de Ella con amor. Aunque, ¿sabes?, no he de llorar porque fuera de los cuentos, en la muerta realidad (en la mía), las cosas sucedan exactamente al revés.

13 jun 2010

Enunciados unimembres

Costales de lluvia en la calle. La calle alegre, hermosa y vacía. Mi corazón en la lluvia. Lluvia en mi corazón. La ventana cerca de mí. El correr de tres señoras. ¡Ay, esta muchacha de la ventana!, ¡ay de mi corazón! Dos golondrinas distraídas, lluvia... más lluvia alrededor. El cigarro al rojo vivo, humito desperdigado, sobre el humo también mi corazón. Círculos viciosos: ojos en la ventana, aquélla ventana con el rostro de una mujer, mujer sin lágrimas y con lluvia, lluvia de negros cabellos, hermosos cabellos rotos al contacto del papel, escritura sin papel, tibia y pobre escritura sin existencia, existencia mía con sol, sol por esta ventana, ventana con ojos, mis ojos en la ventana... cerrado el círculo otra vez.

¡Ah!, ausencia de verbos, necesidad de verbos. Un único enunciado bimembre: este texto se echó a perder.

25 may 2010

El desengaño

Vino ayer por mí y me llevó en su bicicleta. No preguntó, no pronunció fonema alguno, mucho menos una palabra salió de su boca para mí. No valieron las noches de insomnio, los días diluidos en café cargado... Podía esconderme bajo la cama, tras los anaqueles, en el horno de la estufa... él habría de vernir por mí, tarde o temprano. Sólo debía esperar.

Pedaleaba con fuerza, se le caían los cabellos canos al dar vuelta a las calles... Lucifer era el diablo que me hizo a un lado mis pétalos, recortó mis hojas y me había arrancado del más profundo sueño, de mi almohada y mis anhelos... y me llevaba ahora colgando en la canastilla, cuando la fría madrugada hacía un cuero viejo de mi piel.

Nadie caminaba por las calles, los señores grandes no habían salido a barrer la banqueta, ni los niños de piel rosada pensaban en ir a la escuela. Los ruidos no buscaban ni desayunar siquiera. El diablo irrompía en los empedrados de esta tierra colonial, deshacía la oscuridad, iba jalando el sol sobre las casas a su paso, regalaba luz a los balcones, a los nardos, viento a las buganvilias... despertaba a los perros que, sonámbulos, nos perseguían... asustaba a los pájaros que aún dormían... y lo sorprendí sonriendo de vez en vez. No sabía ni qué pasaba, no sentía mi cuerpo, las piernas, los brazos... no sabía siquiera si yo seguía siendo humano... pero, ¿sabes?, no me importaba. Este diablo era divertido.

No supe de mí.

Volví en sí en un lugar muy extraño... ¿era esto un secuestro? Como todas las veces en que no sé qué hacer, en que ninguna idea revolotea en mi mente, caí en la cuenta de estarme rascando la cabeza: ¡vaya, de nuevo tengo mi cuerpo!... Abrí muy grande mis ojos: a la izquierda, una habitación.... después de una línea delgadísima, a la derecha veía un corazón rojo, enorme, del tamaño de una vaca.... lo veía latir con violencia, inmerso en un líquido perfumado y transparente. Ante tal acontecimiento, por supuesto, olvidé la habitación de paredes blancas y sombras azules. Parecía detenido el tiempo, porque la madrugada también estaba ahí. El corazón tenía alrededor muchas venas, gruesas como mangueras de carro de bombero, rojas rojas rojas... como las rosas del jardín de mamá, como el forro de terciopelo del baúl de mi abuela Emilia. Mi carne de gallina (cueruda y fea como la de un pollo de granja) no me impidió acercarme a él... No entendía cómo podía seguir vivo sin respirar en ese líquido transparente. Ví sus detalles, su textura... no sabía por qué la tristeza me embargaba. Frente a mí había un corazón de hombre, lo intuía. Me dije en voz alta: ¿qué sucede?

- Estás en mi casa, Rubén... ese corazón es tuyo.

El diablo había entrado a la habitación y dirigía sus palabras hacia mí. Sin mirarlo, como pude salí del líquido transparente (y sorpresivamente, seco). ¿Mío ese corazón?... un cosquilleo me viajó del estómago hasta el pecho y, como estaba frente al espejo de un hermoso marco barroco, las pupilas dilatadas sobre mi imagen. Grité. Mi pecho tenía un agujero en el centro, muy grande, cristales de sangre en las orillas impedían que la vida se me escurriera lentamente por allí... y podía ver lo que había detrás de mí sin esfuerzo. Entendí ahora lo que Lucifer me decía: la razón de mi tristeza era ese corazón secuestrado, estaba viéndome a mí mismo... bueno, a una parte de mi mismo.

- Tranquilízate, te explicaré lo que sucede.

Y entonces puse los ojos y la atención sobre él. ¿Cómo era posible no sentir terror? Fácil: yo no tenía ya nada que me golpeara el pecho, el causante de todas las inquietudes, de mis sobresaltos... el que me hacía sufrir por enamoramientos, el culpable de los nervios que toda la vida hicieron sudar mis manos... ¡ya no lo tenía! Sentía tristeza (no sé por qué ese sentimiento seguía allí, debía estar en mi cerebro), pero, ¡qué extraño!, creí tener un control sobre mí, no experimentado nunca antes.

Vestía un hermoso traje de lino beige... y sus manos jugueteaban con un sombrero también beige y de cinta negra... Perfectamente rasurado, muy bien peinado, no mostraba ni panza ni la columna encorvada... sus canas entre ese abundante cabello me pareció un ornamento agradable a la vista... olía a lavanda. Sus bellos zapatos cafés brillaban incluso con la poca luz que entraba por la ventana. Ya sin corazón, olvidé mis penas y pude fijarme en él: ¡cuánta pulcritud en un solo señor!, un señor que era y se veía como yo siempre quise ser.

-¿Estoy muerto?, le pregunté. Sacando de su bolsillo el estuche de cigarros, movió la cabeza hacia un lado y hacia otro. -Estás vivo, más vivo que yo, por eso estás aquí. Me respondió.

No vivía entre calor extremo, ni tenía pezuñas, ni cola... ni cuernos, ni había diablas en traje de baño, sino una hermosa señora de tersa piel a quien él amaba (aunque lo era, no se puede decir: su esposa, porque no está encadenada, sino libre, al igual que él). Era un señor pulcro hasta lo ridículo, como recién bañado todos los días... caminaba sobre una cama de rosas, de cáscaras de melón... su casa vivía bajo dulces sauces que parecían flotar sobre la cama de hojas secas.

Me habló de su inmortalidad, de lo inicuo de su tiempo infinito, de los placeres del mundo que durante su vida había agotado, de los prejuicios que la gente tiene de él. Sentado a la mesa del balcón de esa misma habitación, me hizo ver la hermosa y complicada moral que dirigía sus dias... de su acérrimo rival que era ese dios de mil rostros y millones de máscaras, me hizo ver que el malo no era él, como desde niño me habían hecho creer. De tanto en tanto volteaba yo la vista hacia mi corazón, mientras me decía que al tenerlo así, atado... así, lacerado, había logrado saber todo lo que necesitaba sobre mí, conocimiento que, para mí, aún es un misterio. Observé sus reflexiones, critiqué sus puntos de vista, apoyé sus ideas comunes, abrí mucho más los ojos y los labios cuando su experiencia era para mí una revelación... y entonces no necesité saber por qué yo estaba allí: el diablo estaba envejeciendo.

Al igual que yo, Lucifer había leído al Gabo (cómo no, este último también estuvo allí hace algunos años) y se tomó muy en serio aquéllo de: "la juventud se pega por contagio". Al igual que yo, muchos jóvenes habían estado en los cojines de esa silla una mañana, sobre la que ahora bebíamos café.

Tras una emotiva despedida, me hizo el favor de devolver ese animal inquieto a mi pecho. Él dijo que, si yo lo deseaba, me regresaría a mi colchón sin que yo recordase nada. No accedí, ¿cómo no contarle este episodio a mis hijos... o a mis nietos, cuando aún tengan edad para creérmelo? En cambio, le pedí regresar a casa y me dejara posar mis pies sobre aquél camino florido, el mismo por el que me había llevado hasta allí. Lo ví agitar el brazo desde el balcón y escuché el ruidito de las hojas secas hacerse polvo bajo mis pies. Fue una muy memorable mañana.

Ahora sé que el diablo era mi padre cuando le pedía consejo, el hombre maduro y bueno que es mi asesor cuando me mira de lado. El diablo siempre ha sido cualquier hombre mayor que tiende la mano y me da su consejo, el diablo seré yo después de los 50 y para otro joven... un diablo (el mismo) son también los que jamás he visto pero que de vez en cuando leo... El diablo es un solo señor en todos los casos. Y ante tal caballero, yo no sé si pensar en dios (así, con minúsculas) o vestirme de lino de vez en cuando y ponerme una rosa en el ojal.

16 may 2010

A una desconocida

Noches enteras en este cuarto a obscuras en que pienso en ti. La satisfacción de imaginarte silente, extraviada en tus propios sueños, bajo el recorrido intermitente de mis ojos sobre tu rostro, con mi mano derecha en tu tibia mejilla, mis labios en tu frente morena. Conmigo, en nuestra cama, la tristeza de no advertir tus ojos. Afuera, la lluvia que enfría este aire y que me hace hundir mi rostro entre tus senos, respirarte, rogar por el cobijo de tus brazos, tus hermosos y delgados dedos en mi pecho, muy cerca de mi corazón.
Noches enteras en este cuarto a obscuras en que pienso en ti, sin saber cómo lidiar con los pensamientos recurrentes, como la estupidez de sentir esta necesidad de ti que me hará buscarte… depositaria del amor ahora frustrado, objeto de un amor hermoso y grande, mujer de silueta ignorada, a quien yo adoro tanto, con este cariño que ahora dejo perdido sin ti.
Que no estás, que aquí no hay nadie, es parte del engaño, porque basta girar este control del tiempo hacia la derecha para llegar a ti. Porque es cuestión de días (semanas, años) sentir tu vientre. Pero esta noche, en este cuarto a obscuras, cargar todo este amor y prescindir de él es como desperdiciar las energías, como la filigrana hecha tan sólo para observarla y luego tirarla a la basura. Tener todo este amor aquí es como para morirse de vergüenza.
¿Por qué necesito tu imagen, tu nombre?, ¿por qué un cuerpo, el soplo divino que es tu vida, para esta idea (tan sólo una idea) que eres en mi? ¿Por qué no he hallado ni un rastro de ti? No pido tanto, creo, sólo que aparezcas y entonces tengan sentido mi amor, mis textos, los pensamientos abandonados al viento y el calor de mi cuerpo esta noche… No pido tanto, nada más una mujer con esta ropa a la medida que soy en el frío y gris maniquí.
Y siento curiosidad, por cómo sería tu compañía, por cómo celebraré ese encuentro entre tu vida y la mía… en cómo será el hijo que tendremos en abril, o en mayo… para que guste tanto de los días llorosos (quise decir, lluviosos) como yo… Y al articular estas palabras, ¿de qué forma me seguirá diciendo la gente casada: no sabes lo que dices? ¿Cómo se es yo con una pareja y un hijo así?
Tan sólo sigo en este cuarto y su adjetivo: obscuro, con su noche entera, pensando en ti. ¿Cómo decirte todo esto, mujer imaginaria, mujer desconocida?, ¿cómo se le dice “te quiero” a alguien que (aun) no está?

21 mar 2010

La respuesta equivocada

Está usted cordialmente invitada a pasar al callejón de los golpes. ¿Ya ha estado allí?, ¡20 años!... Llamaban a la puerta. Daban las 2 de la tarde, era 25 de julio y desde hacía dos semanas, no ha habido noche en que Sofía no despertara con el corazón exaltado. -¡Adelante!, dijo alzando la voz… pero del otro lado, nadie giraba la manija. Se había cansado de las sombras amorfas, del miedo con frío, del sobresalto por la noche que le dejaba el sudor helado sobre el cuello y el dolor de estómago que no la dejaba volver a dormir.

Comenzaba a sufrir sin saberlo, a soportarse por costumbre, a destapar la mente cuando se le abrían los ojos. Luego, seguía un Dios sin rostro en el techo, la cólera de su sueño olvidado y el recuerdo de su padre que siempre inflamaba su corazón. El insomnio no la dejaba pensar con claridad, pero el tiempo (misericordioso) hacía fluir las horas, tras el ardor de los ojos, el sudor seco y el hielo de la madrugada. Libre del colchón de su cama, se recostaba de lado sobre el sillón y se entretenía con las formas de los libros en las repisas. En el escritorio, la luz de Luna que se mecía por las cortinas. ¿En qué momento se permitía pensar en el hombre que no tenía? Al sollozar por su padre, al comienzo del amanecer (una especie de inicio de algún principio), la soledad, como la oscuridad, ya no importaban… y con la cabeza baja y las manos en la espalda, se iban. Se decía: de nuevo las 6 menos cuarto, y para todo el mundo, la vida vuelve a comenzar. Otro día y ella se sentaba para poder despertar.

Se asomaba a la ventana, con la misma curiosidad de cada vez. Le alegraban las nubes azules, la promesa de frío matinal, la luz encendida en las habitaciones enfrente. Le alegraba el amanecer. Palpaba su estómago vacío, dolorido, sentía sed. La nostalgia era quizás quien había llamado a la puerta: la espera de los días… ella esperaba los días, en que por fin cambiara algo, en que su mente dejara de retorcerle la imagen que de ella tenía la gente allá afuera. Esperaba (le habían dicho: otra cosa no puedes hacer), cuando las noches no le dolieran tanto, en que dejara de ser tan libre, de estar tan sola y, ¿por qué no?, de enamorarse de aquél muchacho que la visitaba en sueño, sin el frío ni el espanto. No sabía (convencida estaba) si los momentos llegaban, si había que esperar. Pero en la ignominia de su cuarto, había nacido desnuda y con el corazón hinchado, sólo para el amanecer.

Estaba encerrada, llevaba así varios años. Encerrada, en su propia casa, porque (decían los señores aliñados y olorosos a perfume) que estaba loca. Ése día, a las dos de la tarde, el corazón le brincaba porque desde hacía dos semanas sus sueños no dejaban de ser pesadillas. Los elefantes eran enormes, sobre suelos rugosos que se convertían en extremadamente lisos, bolas de cristal gigantes que se rompían al toque con la minúscula aguja, la misma que tenía a veces en los dedos y que se había quitado del brazo cuando el perro de trompa de alcatraz, el hermoso perro café con la trompa de alcatraz, le había mordido el dedo con los dientes de los ojos. ¿Por qué su vida se había vuelto así?, ¿por qué cuando despertaba con el calor sentía las ganas enormes de sentarse al escritorio a leer esos viejos libros?

Fueron palabras de sus propios labios (de esos rojos y hermosos labios), palabras que siempre recibí con extrañeza, con dolor, pero que nunca le manifesté. La visitaba todas las mañanas de los domingos, cuando su padre le ponía un vestido y yo sabía que ella le había pedido mostrarse bella solamente para mí. La veía sonreír al llegar, mientras le pedía permiso para entrar a su habitación. Casi siempre me reconoció y varias veces me halagó al quererme tener en su realidad, porque para ella éramos nada más que un hermoso sueño. Otras pocas tuve que volver a presentarme, a pronunciar mi nombre y mis apellidos, porque la memoria le hacía malas jugadas, porque se olvidaba de mi rostro, de mi olor y mis manos… Y yo tenía que exprimir mi creatividad para evitar los enojos que la proximidad de aquél extraño le producían.

Era muy grato verla, las horas se volvían agua y se nos escurrían por los dedos. Siempre fuimos dos personajes de la misma novela y a ratos yo fingía ser ella y ella, yo. Mezclaba remembranzas, con sueños e imágenes de los textos que había leído. Pero todo tenía coherencia, los objetos tenían vida, los adjetivos cambiaban de lugar en sus palabras, las cosas se volvían verbo y las acciones, sustantivo. Los perros seguían siendo perros, la luna era un gran queso y las historias tenían la lógica de las pinturas de Dalí. Era fascinante contemplarla, recibir los fonemas de su garganta, besar sus labios cuando todo yo me convertía en amante furtivo que (ella había visto) había saltado de la calle hacia su ventana. Vivía enamorado de ella, de su locura, y me sorprendía tanto la gran necesidad de tenerla junto de mí, en mi habitación, una que otra noche.

La veía llorar al partir, me sorprendía tratando de convencerla de que nos veríamos pronto otra vez, en sus sueños. La veía en su sofá, la capa de lágrimas en sus ojos como transparente cristal… y a mí se me acababa la vida. En verdad la amaba, de verdad me dolía que la cordura aún no me dejara entrar a escondidas a su casa y robármela para cuidar de ella todos los días.

La última vez que la ví, cuando en mi regazo me dijo entre sollozos sobre ‘el callejón de los golpes’, no soporté tanta opresión en mi corazón y me eché a llorar. No me había importado recordarle quién era yo, ni que pudiera verla sólo los domingos, convertirme en una realidad imaginaria para estar con ella, pero ese momento no lo soporté más. Quise huir, correr con todas mis fuerzas hacia ningún lugar. Y de alguna manera lo hice. Salí de allí, llorando, bajo los mismos sauces, pero esta vez no volteé hacia atrás.

Seguí preguntando por ella las dos siguientes semanas, hablando con su padre (el que, según ella, vivía solamente en sus sueños). No quise verla de nuevo y ella olvidó otra vez quien era yo, porque tampoco volvió a preguntar por mí. Aunque seguí al pendiente de ella.

- Señor Luis, ¿por qué Sofía debe permanecer así? Y me encontraba siempre con la misma respuesta. Dolía en el pecho, calaba hondo salir de su casa, pisar las hojas secas bajo los sauces, voltear hacia atrás y verla agitar con vehemencia el brazo derecho, sobre su ventana, tan hermosa siempre con aquéllos vestidos, sólo para decirme adiós. ¿Por qué no podía llevarme a Sofía conmigo? Me mentí siempre con la respuesta equivocada. No estaba loca, a ella le quedaba claro, ella lo sabía. Hablaba siempre de sus propios fantasmas, de sus demonios, sin tapujos. Gustaba en hacer las cosas a la inversa: la realidad para ella eran los sueños, su locura era en realidad el gusto de gritar todo aquello que la gente no es capaz de decir y prefiere callar.

20 mar 2010

Óscar

Allá, sobre la esquina del librero, la rana de los ojos grandes y dos pies izquierdos; aquí, yo, sintiendo frío. No se ha dado cuenta que mis ojos se posaron sobre ella mientras tocaba su acordeón, que la contemplo desde lejos, como (me da por sentir) la vería cualquier ser con entrañas, que tenga para ella siquiera un hervor en su corazón. Y así como las madres que pasan cuesta abajo por la calle, las señoras que caminan aprisa en el empedrado de mi calle muy de mañana, tiran del brazo de sus hijos, el pensar en la animosidad del amor me llevó las pupilas hasta donde Óscar acostumbraba estar.
Hace algún tiempo ya, solía ver a la rana y a Óscar deambular por la estancia. La rana siempre tocando, sus ojos grandes recorrían toda la habitación, mirando no sé qué: sonriendo, siempre sonriendo. Óscar decía (me decía) que todo él se estremecía por dentro al verla: se ponía como loco, se escondía en el buró de los discos, saltaba de entre las pilas de papeles. En algunos intentos por no ser visto, por no delatarse ante su amada, se le caía el overol rayado, de salto en salto por el estante de los libros, se le empapaba de literatura barata (la única que he podido comprar) y tenía que colgarlo a secar en la lámpara del escritorio.
La esperaba, Óscar siempre la esperaba, con la mirada fija hacia el librero, como esperándolo todo y teniendo nada, como los nardos o las enredaderas en los balcones de la muchacha hermosa color de canela, de rasgos finos, que vive a la otra esquina desde donde siempre escribo. Boca arriba, sobre los libros, buscaba aquéllos ojos negros de migajón, mordíase los brazos de trapo al verla pasar. La esperaba, siempre la esperaba, cuando sabía que no habría de llegar. Se le caían los botones, desvelaba los días, a las diez de la mañana, a las dos de la tarde, a la medianoche, mirando en el techo los anillos del cabello de su amada, soportando el embrujo que le había hechizado el pasado y le alegraba la vida del tiempo que habría de venir.
Me dolió ver a Óscar cabizbajo, cual pájaro de alas cortadas, cuando quiso salir corriendo y huir a donde fuere, donde pudiera a amar el recuerdo de su rana, lo único que le había quedado para sí desde que la rana lo despreció. Ése día (ese fatídico día) diezmó la paciencia, esa noche de aquél mismo día se echó a llorar. En su naturaleza de peluche lloró bajito todo el plástico de los ojos, lloró por dentro, sintiendo el apagón de los sueños, el derrumbe de sus anhelos en el pecho. Escondió su última lágrima en el bolso del overol y echó un último vistazo al techo, hacia aquéllos anillos en aquél cabello. Suspiró. Pero no la encontró ahí. Ella caminaba hacia él, sólo con pasos de pie izquierdo, extendía los brazos hasta donde la piel de tela le dejó y lo abrazó. Óscar tuvo a su musa en los brazos, muy junto de la tela de su corazón. Le besó la mejilla verde y, por primera vez, se miró en sus ojos. No podía vivir. Supo en ese instante que su cuerpo de peluche y el alma de estopa habían sido cosidos para esa rana de migajón, que sus ojos de plástico siempre desvelarían los sueños por esa muñeca verde de ojazos negros. Óscar, el oso de overol, se había enamorado otra vez.
¿Qué se habían dicho en aquél encuentro? ¿Qué saetas habían lacerado todo el amor de cargaba a cuestas mi oso de peluche? Algo muy triste debió ser, porque Óscar dejó de mirarme, de hablarme, de curiosear mis textos y se encerró en un silencio tan atroz como la misma ignominia de las palabras de la rana durante su abrazo. Una mañana lo eché a la mochila y habrá partido hacia algún lugar muy lejano (una distancia, un ‘lejos’ medido en pies flácidos de cinco centímetros) porque no ha regresado. La rana sigue aquí, con su piel de migajón, sus piernas sin volumen, sus dos pies izquierdos. Ahora está allí, sin inmutarse (con los mismos gestos de la muchacha de rasgos finos de la otra esquina cuando me ve), sentada sobre el reloj despertador.

8 mar 2010

Carta a Almita y Diego*

Tenía 3 caballos en el puño derecho, después de haber sacado la mano de la bolsa del pantalón. Tres pares de ojos lo veían desde las líneas en la palma de su mano y fue cuando sintió miedo. La luz de la ventana se filtraba por el vitral de colores, mientras uno de aquellos minúsculos animales desenfundaba los dientes y los hincaba tiernamente en su piel, pero no se alarmó... Miró su cama, sus repisas, la mesa, la lámpara, el sillón... todos aquellos sitios donde la luz rebotaba hacia el café de sus pupilas. Las cortinas se movían sigilosamente tras las caricias del viento, ése no sé qué olor a nada que traía consigo gotas de lluvia. Lo inquietó la ausencia de su madre, al tiempo que un trueno lo despertaba de aquél extraño sueño.
Ya en la vigilia, las cosas de su habitación seguían en el mismo lugar, con sus mismos colores... pero el pantalón no era beige, ni los caballos yacían en su puño derecho, ni el aire traía gotas de agua. La luz sí, seguía allí, tras las cortinas... y el frío le jugueteaba los cabellos a medida que se asomaba a ese mundo extensísimo de allá afuera (como lo es siempre para un niño de 5 años) que comenzaba con la ventana. Y más allá, cruzando los jazmines y los nardos, a dos sueños del enrejado negro de la puerta de calle, bajo el árbol azul del atardecer, estaba ella.... Un vestido morado, el cabello largo, el listón blanco en su cintura de ñiña. -¡Mamá, Almita se está mojando! Su sueño pareció predecir que llovería gotas tristes y penosas.
Mamá no respondió, ¿no habrá escuchado?, ¿habrá salido a la calle y me olvidó a solas en esta casa-universo? Dejó pronto este pensamiento su ser. ¡Cómo no habría de hacerlo!, Almita recibía las saetas de agua con los brazos abiertos, girando sobre su eje, entregando los largos y negros cabellos al sol que moría tras el cerro de don Belisario. -¡Mamá, Almita está triste! y un sentimiento de angustia lo embargó por completo. Allá arriba, más lejos que el techo, estaba gris, oscura la piel del cielo, las gotas aplastadas en el cristal. ¿Por qué Diego no fue tras ella?, ¿por qué no la llamó a su regazo? Su hermana estaba lejos, pensaba, podía intuirlo después de que Almita no escuchara sus gritos: ¡Manita, no te mojes, te vas a enfermar!... El viento egoísta guardó para sí sus palabras. No le quedó más que mirar, contemplar el cambio de color en las cosas del mundo, el verde hacerse más verde, el negro de la reja olvidar el óxido, el ladrillo del suelo devorar en su sed el líquido que recibía, el vestido de Alma color zarzarmora. Sintió el llanto viajar del corazón a los ojos... suspiró.
Dos parpadeos, restregados los ojos, el cristal helado, los vellos de sus brazos encrisparse. Hecho s a un lado sus cabellos de espiral, Diego creyó que la niña había desaparecido. -¡Mamá, Almita se volvió agua!... y entonces, el llanto le regresó por el camino y comenzó a llover también en su corazón.

*Un beso para mis dos hermanos, que no pueden pensarse separados.