Cuaderno de sentimientos diabólicos
varios, propios y ajenos,
en este constante pedalear por la vida...



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4 abr 2014

Llamada de atención

17.marzo.2014
22:36 hrs.

Los conciertos para piano no. 2 y 3 de Rachmaninov: deja de hacer lo que estás haciendo, deja de pensar lo que estás pensando; cierra los ojos y solamente escucha. Pocas cosas exigen esa atención de uno. Es casi como un piquete de aguja en el brazo, un claxon de los que (cuentan) te dejan ciego por unos segundos y le dicen a tu mente: pon atención aquí.


12 feb 2014

Para vos, que ya te vas...


Los adioses sin tiempo.

Escrito con paciencia y sin enfado. Diciéndomelo con el café y a las 5 de la tarde... y mi conflicto es que es de mí de quien te despides... tú, que te vas... y que soy yo, ahora, quien se queda. Ante la persistente idea de que también debo salir de aquí, escapar de esta prisión, huir, hacer algo más con la vida, siento tu partida como abandono ("tu abandono", le llamo entonces). 

En las entrañas del sentimiento está la espera de tu regreso. Se queda quien desea que vuelvas... Y no quiero éso para mí, no quiero esperarte. Lo he decidido, pues: yo no me estoy quedando aquí.

6 oct 2013

"Somos gente seria"


Despierto en domingo, muy temprano, antes que todos, se abren los libros, la enciclopedia recién adquirida (una imagen particular en el tomo de química, o el de historia, quizás el de literatura, junto a la puerta que mira al patio, que tiene el arriate, que tiene un limonero y limones verdes), se escucha la primera luz del día, del silencio en las calles, del asfalto quizás recién mojado, de este inicio grisáceo-azulado de domingo, del terreno baldío frente a la casa, tras las ventanas que casi son todo el muro, de mis 15 o 16, quizás 17 años.

Mi madre era la primera en despertar, porque su hijo estaba ya despierto y había que desayunar. Siempre lamenté hacer un ruido de más: un rechinar fuerte de la cama, quejido de la madera, ruido de la puerta. Me gustaba la sensación de seguridad a las 7 de la mañana, del sueño de mis padres y mis hermanos, actitud que he tenido siempre a quien he querido: vivir, permanecer, ser sin molestar, hacerme sin perturbar, velar un sueño... o varios. 

Ah, el "antes de irme de casa".

Y luego la vida fuera, las maletas y las ligeras cargas (unas mudas de ropa, unos libros, el despertador)... y la pesada carga de emociones. Vuelvo al aquí, al ahora: ¿en qué momento me extravié?, ¿cuándo dejé de ser yo mismo?

Las explicaciones tornan desde la nobleza hasta la falta de cariño. Dejé pasar a la gente con lodo en las botas a la casa de mi espíritu y se me dijo que vivía sucio. Me dijeron algo que yo no era y les creí. Quizás me haya dejado sin consuelo, sin una raíz o lugar propio, la separación de mis padres. Quizás hay mucho qué superar. Aunque aún no tengo claro qué hacer (receta de cocina, algoritmo, procedimiento a seguir), he vuelto a encontrarme a mí mismo. Fotografía del muchacho cargado de sueños, todavía vive en mí. Fortaleza antes que melancolía, determinación antes que compasión. Los años no pasan en vano.

Dicho en tono de broma (a medias), el señor que es mi amigo y otro señor, yo, decíamos: "somos gente seria". Yo era una persona seria, más que ahora. Árbol a cuyo tallo hay que amarrarle una varilla para que crezca derecho hacia el sol, uno requiere disciplina, trabajo, otra vez determinación.

Necesito seguirme viendo al espejo.

18 ago 2012

Azul de metileno

Anoche, casualmente lo abrí en la página en que iniciaba el prólogo y en vez de prolegómenos al templo de los significados, hallé una advertencia: el tema sobre el que se hablaría en el libro (por si el estimado lector se había hecho una idea del contenido, por si el amable lector había emitido juicios solamente por el título y necesitaba ser desengañado), un repaso sobre lo que llevó al autor a vagar por aquellos caminos... Lectura en voz alta, papel amarillento... brincó la mano del papel hacia mis pequeños cabellos, sin despegar del documento la vista... y los escenarios se me mezclaron... y repasé la vida. 

En ese momento, sentado ante la misma mesa en que había platicado con Ella, solamente frente a un café ahora, luz en una sola pieza sobre los hombros, este diablo estaba triste, procuraba distraerse y no pensar en la angustia... y se halló, en poco tiempo, en los laberintos de su voz (del mismo modo en que se halló muchas veces en su propio canto a capella, visión en el espejo de sus propios sonidos, terapia ocupacional que lo situaba frente a sí mismo). El Diablo paseaba por laberintos que le llevaron hacia los jardines bien cuidados de las buenas memorias. Estaba ahí, sentado, otra vez a los 14, en una mesa solitaria de alguna biblioteca ya olvidada, a la luz de una tarde de hojas y sobras de árboles, de ramas y rayos amarillos en las persianas hacia la derecha... un libro de pastas gruesas desparramado en la superficie plana, los brazos a los lados, el anular de la mano derecha (dedo-corazón) remodelando el mundo imaginado correspondiente a cada página. Hizo lo que no se puede sino en la memoria: volver, recordar lo que sentía... y volver a sentir. El Diablo recordó un instante de felicidad... y volvió, lo que duró ese mismo instante, a ser feliz como lo fue entonces. 

La miró (a ella, su felicidad juvenil) y le revisó los bordes, las caras, esa pureza sui géneris y el polen de esa flor que su boca bautizó como una especie de paz. La contempló en las manos, le dio vueltas... no quiso destaparla. 

Gota de azul de metileno en vaso de agua limpia, la alegría se diluyó en el pesar y perdió su color: le pareció mucho ya el tiempo entre un instante de felicidad y el que acababa de suceder gracias al recuerdo. Un sorbo de café le devolvió a la realidad amarga y ácida de esa noche. Cerrado el libro y advirtiéndole la textura en las manos, mirándolo sin pensar en él... así le jaló las riendas al burro sin mecate del pensamiento: ¿hace cuánto que no ha vuelto a ser así de feliz?

19 jul 2012

Cirujano llantero

El Diablo Mayor y yo trajimos al viejo pero bien conservado Datsun a la vulcanizadora para sanar lo que le aqueja: se le escapa el aire por una llanta. Suelo de tierra, bodeguitas de madera... pero el orden reina aquí. Quizás Platón despreciaba los oficios manuales, pero una mente ordenada ha puesto aquí cada tronco, cada piedra grande que salte a la vista, las herramientas, una tina de agua y hasta una sala de espera a vuestra disposición, mientras se le da servicio a su coche y se le parcha la llanta... La razón de ser y su utilidad, le ha dado un lugar preciso en el taller a cada cosa. 

Se les da vuelta a las llantas de adelante para que el uso les gaste la otra orilla, otro modo de darles un segundo aire, de agotar las posibilidades (necesario no es, aún, comprar llantas nuevas: ahorre). Un oficio necesario, un hombre muy creativo, famoso en el lugar por hacer bien su trabajo... objeto de mi atención porque siendo uno de los mejores puede con ello ganarse la vida. Esta ciudad pequeña en la que nací y su pobreza.

Haciendo alarde de todo su arte, este inteligente y meticuloso señor nos platica sobre el ahorro de los gastos familiares, al tiempo que pone pacientemente un parche a la parte herida de la llanta. Mi padre le hace ver lo bien que trabaja, hace bromas y me dice: "están operando a la llanta"; el hombre simpatiza con él: "soy un cirujano llantero". El hombre nos platica sobre dos mecánicos de un taller contiguo: el padre y el hijo... la suerte que tuvo un carburador en las manos del padre, que a diferencia del hijo no le desahució: a los jóvenes, que "no han sufrido tanto como los viejos, se les hace fácil tirar a la basura antes que arreglar". 

Pienso en el profesor que conocí en la Universidad y su anécdota sobre Cuba: "Allí es un privilegio tener una computadora... y cuando se tiene, se le aprovecha del mejor modo posible. Por cada máquina se tiene una bitácora en la que aparece en qué horario puede usarle cada investigador". Se vuelve a pensar en ello, como cuando se voltea de nuevo la vista a aquél que se vio en la calle con la duda de si era quien creíamos al principio: sí, uno es afortunado por lo que posee.

La pobreza nos ha hecho creativos (a nosotros, comitecos) y aunque siempre existe la música de moda, las piezas románticas y las bailables, ni los músicos como el Diablo Mayor dejan de tocar los danzones, boleros y cha-cha-chás en cada una de las fiestas. Un modo de vida nos ha impuesto la pobreza, que aquí se esconde a la historia en la tradición para darle, cada que es posible, una segunda oportunidad.

19 dic 2011

El Parque de la Soledad

La felicidad no necesita ser 
transmutada en belleza, 
pero la desventura sí.
J. L. Borges

I
Agua a su molino: así le decimos al beneficio propio. Cruz de su parroquia: el símbolo del lugar o la idea a la que uno pertenece. La Nochebuena está ya muy cerca, se le ven los pelos, doblando la esquina y caminando hacia aquí. 

Para llevar agua a su molino, los autobuses suben los precios al doble. Viajar (volver a abrazar a los de la casa de uno… uno, que no niega la cruz de su parroquia) es una necesidad y, por tanto, siempre se hallan soluciones; la vida tiene que abrirse camino. 

Estamos así, Diego, el Diablo Mayor y yo, en este parque, esperando un autobús (a mitad de precio) que nos lleve a nuestra tierra. Tres días de convivencia bastaron para decirnos unos a otros las noticias más importantes de lo que le pasa a nuestras vidas. Lo demás puede esperar a las vacaciones. Estamos en silencio. No somos los únicos.

II
Un hombre entrado en años, calvo y moreno (como maltratada la piel por el sol), trae en la mano un montón de rosarios. Lo veo ofrecer su mercancía a mi padre sin escuchar lo que dicen, lo que dicen no está al alcance de mis oídos. Mi padre y su mueca de desdén (que conozco de muchos años), la insistencia del vendedor. Mi padre saca una moneda del bolsillo y se la pone en la mano. Un rosario café en el cuello de mi padre. Ambos se agradecen. El hombre se da la media vuelta y se asegura de no ser visto ya por mi padre, besa la moneda y se persigna con ella. Esta sólo, con su moneda y sus preocupaciones.

La aglomeración de gente en este parque con apenas dos bancas pudo haber significado una buena venta. Las señoras que yo he visto no se persignan con cada moneda con la que se encuentran: el hombre no ha vendido mucho esta tarde.

III
Este sol de las cinco, el que llega después de la comida. Alguien que gustó también de mirarlo escurrirse por los árboles y mecerse por el aire en las hojas, logró retratarlo. Aparecía, pues, en las bellas fotografías de los calendarios que le regalaban a mamá los inicios de año, debajo de las cuales venía siempre en letras góticas o mayúsculas resaltadas: ‘Carnicería Lupita’… y los mejores deseos para clientes y amigos este venturoso año nuevo. 

En un fondo como ése, escenografía natural, un abuelo alto, potente y bigotón, de botas de trabajo y pantalón grueso, teñidos de negro la barba y cabello que ya habían perdido su color, levanta con los brazos bien extendidos a su nieta de 4 años. La sienta sobre sus hombros, ella le abraza el cuello. Quitándole la atención de encima es que logran hacer a un lado el parque, con todo y su sol somnoliento; no existe otra cosa en el mundo que no sean ellos dos en este mismo instante. Ambos se quieren mucho y lo demuestran: él sonriendo mientras la sostiene, ella haciéndole con la gargantita como le hacen los gallos en la madrugada.

IV
- ¡Pásele, hay taquitos de res, de pollo, de bistec con papas! ¡Hay café!... ¡Pásele, qué le damos?
- ¿A cómo los tacos, señora?
- A 10, papito. 
- Deme dos de pollo y un café, por favor. 
- ¡Caliéntame ahí dos tortillas para el joven!
- ¿Cuánto cuesta el café?
- A 7, papito, pero es de olla. 
- Sí, está bien…

Sirviéndome el taco y sin soltar la espátula, señaló con su dedo índice hacia una mesa improvisada:
- Allá hay salsa, papas y frijoles, papito, lo que guste ponerle. 
- ¡Gracias!

Obesa, de mandil rojo y falda larga, chachalaca (pájaro escandaloso del sur de México), sigue gritando desde un comal, junto a su subordinado también obeso y amanerado, que calentó las tortillas. Aspecto de señora Oaxaqueña (¿de Juchitán, quizás?), maneras de la costa sur del Pacífico (como las señoras que venden “garnachas” en las ferias); ella y su “muxe” (del zapoteco), saben que el que viaja también come, que gusta de caminar con el estómago llego y que ello puede ser negocio. El grupo de señores cotorros, que se ríen a carcajadas en la mesa de al lado, en esta esquina del parque: 

- ¡Écheme otro de muerte lenta, señora!
- ¿De qué te lo doy?
- ¡De bistec!
- ¡Ahí te va, papá!... ¡Comiendo y cayendo!, no son de muerte lenta.

Son prueba de la felicidad que nos procuran la señora y su ayudante. Esta tarde, satisfecho, siento que me ha salvado la vida:
- ¿Cuánto le debo, señora?
- Son 40, papito.
- ¡Pero si fueron dos tacos y un café!
- Ejem… Esteee… Entonces son 37, 30 de los dos tacos y 7 del café…. ¡Pásele hay café, tacos de pollo y de res, qué le damos?
- ¡Pero me dijo que los tacos son a 10!
- No, papito, son a 15… ¡Qué le sirvo, joven?

El camión sale pronto, no puedo quedarme a discutir. Pago de mala gana.

V
Frente a la niña y su abuelo, en otro rincón del parque, se asoma una muchacha. Cabello rizado, pestañas grandes, firmeza en sus caderas y en sus hombros, pantalones entallados. Apenas y se asoma desde la esquina, algo busca su mirada desasosegada, algo la preocupa. Su mirada dice que se encuentra sola. No habla con nadie, sus ropas no son finas, pero se nota el esmero en el cuidado de su persona. Sus tacones bajos no deben tener polvo, no en los zapatos de una mujer alta, delgada y bonita. Más de una mirada masculina le echa encima “la lengua de sus ojos” al descubrirla.

Uno, vicioso del pensamiento, dramático que le gusta ser, imagina, se inventa una razón: ¿algún muchacho espera?, ¿alguien le ha prometido una mejor vida al llevarla con él? 

VI
Soy una lámina entre este paquete cargado con mucho trabajo por esta muchacha. Me ha dejado en el suelo, no me aguanta más. Mi costo es menor aquí en la capital, por ello han de venir por mí para llevarme lejos. ¿Cabremos en el portaequipaje del autobús? 

¡Ah, qué muchacha sudorosa!, nosotras juntas somos una carga pesada. Menos mal, su esposo llegó al auxilio y con un par de tortas. 

VII
Mi padre ha comprado un par de cojines de lana: esponjosos, peludos, agradables al tacto. El vendedor nos ha hecho una increíble oferta de un cobertor ¡de lana! Un objeto artesanal, bellísimo. No traemos suficiente dinero, es una lástima. La mamá de la niña de 4 años también compró un par de cojines; el señor ya se iba y corrieron hasta alcanzarlo. Ha vendido casi todo lo que traía. Su carga es menos pesada ahora. Pondremos los cojines de papá en su estancia, en el sillón del televisor, cuando lleguemos a Comitán… 

VIII
¡Tortas de jamón con queso!, ¡tortas caseras!, ¡tortas y sándwiches a 10 pesitos!...

IX
Son pájaros hermosos: flacos, negros tornasol, de pico largo y patas rápidas, de vista ágil. Hay dos haciendo ruido, en el árbol junto a mis maletas. Les recuerdo su canto muy particular en la ventana grande de mi cuarto, en Chiapas, después de la lluvia. La luz del sol les deja azul marino en las plumas negras. Creí que zanates había sólo en Chiapas, ¡qué bello haberme equivocado! Ahora que uno le da de comer con el pico al otro, los veo (ellos en su soledad y yo en la mía) como promesa de mi tierra, minutos antes de abordar.

Y Ella, con sus latentes palabras al teléfono. Y yo, entre besos enviados al viento, prometiéndole volver.

15 oct 2011

Señor Diablo:


Andar usted, sin usted, ¿cómo es posible?, ¿dónde se ha dejado a sí mismo?

¿Qué demonios ha pasado con usted?...

9 oct 2011

Buenas noches

Buenas noches. Ah, no, con signos de admiración: ¡buenas noches! Hablando sólo de buenos sentimientos (los que no hacen daño a nadie), siempre da gusto dar las buenas noches. Sea de viva voz, de frente, al teléfono, de pasadita o de beso... Así se despide uno en la oscuridad, bajo una lámpara incandescente, entre dos, entre muchos, a solas. Buenas noches: el deseo de siempre otorgado con humanidad, por cortesía, ¿por educación?, porque se aprecia... o porque simplemente (o alegremente) se le desean al otro (a uno) buenas noches.

Así es que usted se ha despedido de mí: buenas noches (no es raro pensar en ello, viene cayendo desde quién sabe dónde, hoy, aquí, la noche). Buenas noches. Y yo pienso en la pequeña (pequeñita, chiquitita) ansiedad que me deja su ausencia... y coloco mi pensamiento entre los dos: señorita (desconocida y linda señorita), buenas noches.

Me voy todo el camino pensándole (uno gusta en pensarle, ya que idealizar no es bueno, no la idealizo), saboreando las deseadas, las otorgadas, buenas noches. Porque después de hallarla uno tiene buenas noches, yo quiero verle, hablarle, usar muchos verbos para nuestras acciones, conocerle mediante la palabra, robarme su brazo, señorita, observarla mientras camina, mezclar las aguas de nuestros ríos, ¿llegar juntos al mar?... transitar por aquí (por allá) a su lado, pues. Quiero hacer algo (hacerlo todo) para que me abra la puerta de su vida, templar su corazón, treparme al balcón de las imágenes que tienen sus ojos todos los días... serle de apoyo (cuando lo necesite), dejarla ser. Y después, quizás, hurgar en su pecho, anclarla en el mío, porque vaya dándose cuenta (y porque podemos, porque nos gusta construir) que ya somos más que su nombre y mi tinta con un número telefónico en una servilleta.

15 sept 2011

Dos miedos

La mañana de hoy me mantuvo orgulloso, de ser dedicado, de tomarme mi oficio y (en algunos casos) la vida en serio. Además, pensaba para mis adentros, soy capaz (necesito de) algo distinto y adicional a mi quehacer, entiéndase, participar de una clase de letras. Por gusto... sí, sí. Por afición y empatía... ¡también! Pero mi idea de madurez va ligada a la de la responsabilidad en el siguiente sentido: huir de las responsabilidades, cuando deben tomarse, es inmaduro. Hoy caí en un bache. Me acostumbré (vicios que traigo de la universidad) a mirar sin perturbar, a ser espectador, observador, cómodo en mi sillón... sin perturbar, sin entrar en acción, sin tomar la palabra. Hoy caí en la cuenta de ello, vivir así es como no existir.

Por otro lado, otro error es considerar la enseñanza dentro de una especie de escolástica, en primer plano: pongan al profesor enfrente (la autoridad) y déjenlo hablar, veremos qué se nos pega. Esta actitud está muy de acuerdo a lo anterior, es también otro estado de confort.

Hurgando en este hormiguero llegué al fondo: el miedo. Hablar, opinar, participar de las discusiones es tomar una responsabilidad... ¡Ja!, y yo que me sentía maduro, creyendo no tener empacho en tomar responsabilidades. Hay cosas, como ésta, en la que no.

Sin embargo, no fue todo, entendí aún más: mi miedo a equivocarme, la necesidad de hacer bien las cosas y a la primera... una suerte de 'síndrome del hermano mayor'... un ser exigente conmigo mismo, un ser duro para sí cuando uno se equivoca. Es por ello que me cuesta el curso de inglés, que me causó problemas el alemán... No alcanzaba a comprender que hay que ensuciarse las manos, brincar más alto... ¡aún más!

Pensamos: 'de ésto se trata, de buscarse a sí mismo... y hallarse', uno sólo es la Atenea desde el propio cerebro... naciendo a cada rato de uno mismo. Y estoy sorprendido (porque la vida misma es compleja, maravillosa, sorprendente). Es cierto, vaya que hay situaciones que a uno se le salen de las manos (mi necesidad de aprehensión en algunos casos, es otro mal), mas basta aventarse al agua para aprender a nadar... ahora es claro... ¡estoy alegre! Y se debe tener prisa, porque, decía Jaimito, "la eternidad se nos acaba".

29 may 2011

Recuerde: ponga atención a los adjetivos*

Esta libertad (la paulatina posesión de retazos de las riendas de mi vida) me ha dado seguridad y he andado por estos caminos con paso firme. A cada día que pasa volando, a cada sombra de sus alas que puedo verle, es más claro el objetivo y voy poniendo menos atención en los obstáculos (esto es, no más de la que merecen). Mis fuerzas están dedicadas, pues, la mayor parte del tiempo a lograr los adjetivos que califican mi persona y enriquecen (fortalecen) mi alma.

Entonces, uno deja de sentirse vulnerable a ratos (aquí la primera exageración) y se pone en modo "automático". Uno cree tener el control, mantener el orden, hasta que (paso firme, riendas en mano) se mira en tus ojos. Y es que había olvidado cómo tu silueta, el contorno dibujado a lápiz de tu cuello, la intimidante sonrisa y ese soberbio deambular de tus cabellos de espiral en el viento, le hacen a uno padecer.

Padecer, la palabra constante. Padecer, no porque la belleza, en tanto un placer estético, duela en alguna parte de la propia carne... o porque la finura y ternura de tus manos le provoquen a uno un retortijón en la parte izquierda del abdomen. No. Padecer, porque compañía de mujer es lo que me hace falta y el universo de tu mente, de tus palabras, de tu andar y hasta la sombra de la costilla que llevas de más (la que, cuentan, a mí me quitaron al inicio de los tiempos) puede llenar, por demás, el vacío en el pecho y puede calmar la inquietud en el alma. Padecer la ausencia de la Mujer (con mayúscula) que eres; porque una delgada línea es la frontera entre tenerte, siendo de tí, y estar entre tu indiferencia por las demás gentes de la ciudad. Padecer mi calidad de extranjero, vaya. Inquietud dado el padecimiento de mi palma derecha en tu cuello-hombro, el de tu mano cuando la retiras.

Para tí lleva mi vida muchos adjetivos en los que hay que poner atención; para mí tiene tu ser bastantes verbos. No obstante, todo aquello de lo que te despojas las tardes en que coincidimos, aquello que permites se quede conmigo, el corazón (tenía que usar la palabra, nombrarle) lamenta no ser (quisiera usar el 'todavía') tu pareja.

Y con todo ello me voy a la cama, pensando en que de esta ciudad (si todo sale bien) debo irme. Me llevaré, pues, el rostro tuyo a donde vaya, para ponerlo en medio de mi realidad de girasol (como dice Pessoa), para hurgarte en mi memoria, para que estés conmigo.

Pero todo esto es temporal. Son las impresiones que me deja verte. El tiempo ha de pasar y a partir de mañana, después de la ducha fría, comenzará la erosión del tiempo. Sabines hablaba de una semana para prenderle fuego a todas estas palabras de amor, para este caso yo necesito dos días. "Ojos que no ven, corazón que no siente"... y seguiremos siendo amigos, pero en cuanto a los sentimentalismos sucederá lo de siempre contigo: te olvidaré.

*A propósito de mi nueva y tan anhelada pluma fuente, del Cuaderno de dramas y exageraciones y los amores "bonito recuerdo" (es decir, obsoletos).

25 may 2011

Escritorio público


Hasta en el camino hacia ningún lado, el de las caminatas aleatorias en las tardes domingueras de sol, puede hallarse el amor. Máquina de escribir en la mesa, cargada de cinta bicolor, teclado "qwerty" en las yemas de los dedos, el Diablo (sin bicicleta) lo advierte y se sienta a escribir. ¿Una imagen? Sí, con gusto: los escribidores de antaño en la plaza de Santo Domingo (donde le elaboran sellos de goma, invitaciones a los XV años de la muchacha y al bautizo del chamaco... donde le cambian, ¡sí, señor! y por una módica cantidad, hasta el estado de la República en el que usted nació).

¿Por qué lo digo? Porque en todo trayecto, a todas horas, en cada lugar, los hombres aman a sus mujeres, las consideran, las miman: estiran el brazo para cortar la flor (tómese esto último en sentido figurado) porque las flores son para ellas. Y uno se siente estupendo, pensando que lo correcto es, así, en uno, como hombre que es, como hombre que le llaman las gentes, querer (amar) a su mujer. Porque me gustan, hasta en los demás, las muestras de afecto, los besos en la frente y las mejillas.

El bache en estas consideraciones es que a mí me falta (una Ella, un nombre de mujer, un universo femenino caminando de mi mano). Pero no sufro. No. Confieso que el papel (el rol) de escritorio público, el del personaje con tinta en los dedos que escribe sobre el amor de otros, también me gusta.

14 may 2011

Hablando solo


Es en el Callejón del Tecolote, por donde cuentan que bajó Hidalgo con los primeros insurgentes. A uno le da por pensar, entonces, en su propia "independencia" (no podía prescindirse de las comillas), en las "libertades" que uno quiere para sí. Caminé, pues, por esos hermosos empedrados, con el tierno sol de las 7 de la mañana, con la mirada incisiva de los balcones y sus macetas. ¡Qué bonito es Guanajuato! Acelerado el corazón, empapado de fríos y madrugadores olores, calle arriba, en desorden, los números de las casas, junto a las puertas, seguí cifra tras cifra hasta que apareció el 43 y la silueta de mi amigo. Un abrazo, ¿cómo estás?... adelante. La casa de adobe, las ventanas tímidas, el olor a pintura de la habitación de un artista. Rubén, procura dormir un rato más para que rindas (fueron sus palabras), la vida aquí inicia más tarde.

El sillón que se hace cama, el comedor, las paredes amarillas, todo tal como lo había visto la vez anterior. La perrita moviendo la cola desde el balcón de arriba, las escaleras de piedra, el café en la mañana. Después del sueño, la caminata, las impresiones: los muchachos vecinos en sus ruidosas reuniones por las tardes; un niño frente a la puerta de la habitación, viendo hacia la depresión llena de casas, buscando a su perro; un señor muy joven cargando a su abuelita hacia la parte más alta del Tecolote. En la plaza principal, las muchachas en las que el cuidado personal se nota más que en la ciudad, los hombres altos y esbeltos, un café americano menos amargo de lo normal y ese timbre en la voz de los meseros que hacía siempre hurgar en la memoria los recuerdos de otras veces.

La razón de la visita fue la escuela, los nuevos planes. Me alegró poder explicar la tesis con soltura y de corrido; me desesperó el hecho de que el profesor me intimidara, muestra de una inseguridad que aún no logro erradicar. Sonreí al verme hablar de los temas con la normalidad de una plática de amigos, sin sobresaltos, muestra de que las matemáticas son sólo una parte de mi vida.

Pero lo más memorable fue él, Quique, la historia de los chichimecas jonaces, la visita a las librerías, las pláticas sobre libros, las caminatas a su lado, las anotaciones en sus libros que me dejan ver más de su persona, nuestras vidas personales comparadas... escucharle, escucharle y más escucharle, intervenir sólo a ratos, verle con la mente, degustar la compañía de esa alma grande que es Quique, un ejemplo para De la amistad de Montaigne... y la señora (su madre) que me alhagó diciéndome que yo era para ella como otro hijo. Llegar a Guanajuato es sentirse querido y, al mismo tiempo, buscarse a sí mismo (como Thoreau) en la propia soledad.

Porque un nuevo Antología Poética de La Generación del 27, leído a solas en una banca del parque le pone a uno frente al espejo, le hace a uno añorarla (a Ella), extrañarla, aventurar un mensaje sin respuesta. Se le aparece a uno el velo de aquéllo que se extrañará, allí debía, cómo no, estar Ella. Y aquí me llegó la certeza de que, si bien es alejarse, cambiar de ciudad no significa abandonarlo todo.

Puedo seleccionar, por tanto, lo que hay que cargar con uno, las imágenes que habré de necesitar (la gente le llama: bellos recuerdos) y las almas en las que habré de buscarlas. Viajar a Guanajuato es, poquito a poquito, iluminar partes oscuras de mí que no conocía. Es mirar, pensar, nombrar... digerir y recordar. Viajar hacia allá es estar aquí, queriendo regresar.

28 feb 2011

Un cristal, el vacío y otra ventana

Pobrecita: a mi nueva ventana le hace falta un cristal. Le abunda el vacío después del hule que le emula el translúcido esqueleto, no le respeta el viento azul de la madrugada, no la sostiene en su sitio. Y mi mamá decía: así como es el sapo es la pedrada. Suponemos que una ventana debe protegernos del viento, del frío, debe mantenerse firme y lisa, soberbia, con su dura armazón y su liso (lisito) cristal, que la comodidad es una de las virtudes de lo que gustamos en llamar "civilización". Dijera Ulises: ¡patrañas! Si bien lo perfecto ha de ser inhumano (versan los dichos), la comodidad no ha de caracterizar a la vida.

Todo el tiempo buscando la paz, alejándose de los conflictos. ¡Tache! Mucho qué decir, mucho he pensado al respecto. La comodidad, una idea que debo abandonar concienzudamente, midiendo las consecuencias de mis actos, un ideal que debo dejar de buscar, un sentimiento que quizás deba celebrar cuando arribe, pero que no debe constituir un fin. Ya hay algunas conclusiones, pero deben cristalizar en este crisol de los malos hábitos.

17 sept 2010

Otra vez

Sí, yo y la lluvia otra vez (el burro por delante, no me importa). Escribo para ella otra vez, esa lluvia suavecita, esponjocita, susurro al oído, tranquilidad, que en este mismo instante yace allá afuera... junto al airecito quieto, el mismo del que hablaba Gonzalo Celorio, cuando la explicación a su quietud era el sueño del aire, la razón por la que todo se quedaba callado, inmóvil, en silencio, para no despertarlo. Dormir es lo que hace el aire cuando no sopla, decía. Y, definitivamente, ésta es una tarde de mucha paz, en la que resbala toda la felicidad que me da la quietud, los ánimos resueltos, la paciencia y la Bossa Nova: un Eu sei que vou te amar, de Rosa Passos diría un diccionario sentimental al buscar la fecha y el día de esta tarde.

Cuando el plazo de dos años termine, seguramente voy a recordar esta habitación (tan mía ahora como mis lunares) completita, con su música, su aire y la empapada luz que se deja respirar. Un momento lejano ahora... lejano y lo dejo allá, que no me ha de molestar. Sólo quiero mirar y sentir... que ¡mira!, este viento comenzó a reír (quiero decir: a soplar), ¡que lástima que no son largos mis cabellos! No he de cubrirme... ¡enfríame viento feliz!, tu fresco aroma me hace feliz.

26 ago 2010

El Diablo chocó la bicicleta

El Diablo no sabía andar en bicicleta (sí, leyó bien, el Diablo, no un chivo). Erraba por el camino dando tumbos, evitando rocas, poniendo énfasis en el ánimo cuando se hallaba cuesta arriba, dejándose llevar cuando iba hacia suelo más bajo. Mientras tanto, hablaba consigo mismo sobre problemas innecesarios, dificultades a superar y las mieles del éxito y los placeres, respectivamente.

Se treparon en ella vaya usted a saber cuántos demonios, vaya usted a contar los baches, los topes, las enredaderas arrancadas del suelo, los perros que huyeron tras él... En fin, el Diablo chocó la bicicleta y se desmayó. Sucio, aletargado, dolorido, logró apoyarse en sus piernas y esperó a que terminara el espasmo... y decidió viajar a pie. ¿Las razones?, contemplaba mejor el mundo, planeaba nuevas maldades, destilaba azufre por los caminos... pero pensó en conseguir una nueva.

Desde entonces yo (un Diablo muy parecido al del cuento), me mantengo en modo a prueba de errores.

8 ago 2010

La mosca muerta

Y este blog es como el plástico pegajoso que desenrollan desde el techo en las carnicerías, con una única finalidad: que se le peguen las moscas. Los bichos éstos sobrevuelan los bisteces, las costillas, huyen del matamoscas del carnicero... pero no resisten la tentación de posar sus asquerosas patas en el plástico pegajoso... y así lo hacen... ¡y así mueren! Las moscas del blog son, por supuesto, mías... puras y molestas melancolías con alas (verdes tornasol y asquerosas) que se van, regresan, pueden dar muchas vueltas y terminan posándose en el mismo lugar... cuales viles y arrastradas moscas. Me digo que he aplastado algunas, pero no sé de dónde vengan las demás (bueno, quizás tenga una idea de ello). Me digo que algo en El diablo se ha de estar pudriendo.

Hoy, como hace semanas no lo hacía, desperté temprano y salí al mundo... a correr, a despabilar el alma en el aire frío y la lluvia reciente de la mañana. Y sí, la inactividad me ha atrofiado. Imaginemos la escena: ¡pasó un diablo apestoso con su nube de moscas! ¿No es hilarante?

Se metió una a mi habitación, ¿de quién será?... mejor dicho, ¿de quién era?, porque acaba de sucumbir a una palmada y un azote en el suelo la fulminó. ¿Cómo hago para deshacerme de las mías?, ¿alguien me habrá ayudado ya con algunas?

24 jul 2010

Precipitado...

Es muy pronto para sacar conclusiones, pero no sé por qué estoy nuevamente en estado aromado por ese cristal café claro y translúcido de tus ojos, por esos labios carmín… por ese cutis de lirio. Estado éste en el que me da por escribir y escribir… y pensarte y volverte a pensar, a recordar, a juguetear con mi mente mientras la parte imaginaria de mis párpados recorre cada centímetro de tu figura imaginaria, de lo único tuyo que me ha quedado después de tu presencia, tus mensajes y la sonoridad de tus palabras. Estado éste en el que me recrimino cada vez que desperdicié luz de sol, que dejé de posar mi atención en ti. Estado éste en el que repaso nuestras pláticas sobre la dulzura de la cotidianeidad de la que me embriago. Es muy pronto para decir que hay amor de este lado de tu corazón… es muy pronto decir que esta noche estoy enamorado.

Después de conocer tu nombre, dejé resbalar mi corazón en toda tu miel… entre todas tus rosas. Y me da por creer que me llegaron de tajo los 25 años antes de cumplirlos, porque no siento sino la zozobra de que no sea mío el brazo del que caminas. No me basta con verte, con deslizar en esos cabellos, uno tras otro, los dedos de la mano izquierda y deseo saberte... saberte.

Tu nombre, un nombre fuerte, harmonioso, con una letra muda al final, prolongando el sonido de todas tus letras y que de ti no quiere decirme nada.

18 abr 2010

Paz

Como todas las tardes de ocio (como la mayoría de los domingos de este semestre), me da por juguetear con mis sentimientos y muchos han sido los momentos de insatisfacción: miro mi propia vida, sin gustarme, no me conformo con ella, exageraciones en las que nada es suficiente... y así, seguidos, un paso del otro: desear, desear, desear... quizás maquinar un nuevo plan, contemplar una nueva posibilidad, otro raro camino que se vislumbra, las ganas de darle un giro inesperado a la vida... Pero lo que me ha motivado a escribir hoy es la ausencia de ese sentir, el observar lo poco tensos que están mis músculos, la tranquilidaad en mi corazón, sin molestias en el estómago: esta tarde soy feliz con la imagen que tengo de mí.

Uno se sienta junto a la ventana, como los perros que se echan sobre el asfalto y ven pasar la gente por la calle. Me senté a pensarlo un rato: deseo tanto, es cierto, pero miro mi cara en el cristal, las imágenes se superponen y yo pienso en este descanso... Luego, ¡caray, siento mucha paz!, una paz que solamente es para mí. ¿Por qué?, porque Ulises no lo sabe, porque Manuel me mira pensando en quién sabe qué desde el sillón de al lado, porque a Valente no le importa el mundo frente a su televisor... porque la muchacha de la ventana de enfrente sonrió y me sentí feliz por ella, por cualquiera, por los niños que patean el balón allá abajo... porque sentí tan cerca a mi padre al teléfono en la mañana, porque quizás me llamó de tanto que pienso en él, porque me alegró escuchar el vuelo de sus ánimos... y me guardo la bandera blanca (sí, la de mi propia paz) en el corazón, antes de beber ese café que comienza a oler rico desde la cocina.

7 abr 2010

Ha hecho una hermosa tarde de lluvia

Para Ella, la lluvia era recuerdo de tardes tristes y a solas; para mucha gente a mi alrededor, motivo suficiente para maldecir su suerte y echarse a correr; para mí siempre ha sido razón para celebrar la vida y para llenarse los ojos de felicidad. La lluvia fue siempre (con su frío deambular) para disfrutar de la persona en la que uno se convierte, para disfrutar sí mismo. Las gotas de agua que han querido entrar desde el grisáceo externo no han hecho más que estrellarse y morir en los cristales. Sentí pena de ellas… he abierto la ventana.

Por la calle, las cosas muestran con más fuerza su color, lo reseco de la piel de las casas se humecta y vuelve a su tono de gala; el óxido de los postes, el polvo de las aceras y hasta la mugre de los gatos se limpia con la lluvia… La gente corre, huye, cierra los negocios, se esconde tras las puertas, bajo los techos ajenos, se ríe, vocifera… las muchachas caminan bajo coloridos paraguas, con ese atuendo que en las personas jóvenes se ha estado poniendo de moda… Y aquí he pensado en mis casi 25 años porque más allá, al lado de las buganvilias de enfrente, hay otra ventana. Tras ella, una mujer cabellos de plata, con un suéter café y muchas huellas del tiempo en su rostro, advirtió que estoy aquí… y me da por pensar que nos habremos entendido, porque quitó el seguro y empujó hacia afuera la hoja de cristal: también abrió la ventana.

Si cuido lo suficiente de mí y llego a la misma edad que ella, ¿en qué sitio, entre qué personas, estaré observando la tarde de lluvia?, ¿existe ya esa ventana?, ¿recordaré este escrito cuando esté tras ésa ventana?, ¿tendré el alma tan encendida como hoy para abrirla de nuevo?

Los ojos de Diana (mi vecina en este edificio, la niña de 3 años) me miran silenciosos desde la ventana de la cocina y yo me hago el desentendido. Voy a encender un cigarro y me quedaré junto a la calle, voy a remojar mi corazón con agua de lluvia. Porque (estoy seguro) la anciana ve (y piensa) lo mismo que yo algún día, pero con otros ojos, con otro tiempo… y desde otra ventana.

30 mar 2010

De la contemplación y el refinamiento

Gusto mucho de contemplar las cosas del mundo que soy capaz de concebir. Lo curioso comienza cuando se advierte que la contemplación también puede ser contemplada. Luego, los pensamientos van volcándose hacia la escritura (mi pobre escritura) y me da por recordar: en la secundaria o la preparatoria, las matemáticas eran para mí encontrar el valor de la incógnita, resolver integrales... ¡qué triste! Ésa tristeza llegó solamente junto con los días de la universidad, al advertir que hay muchísimo, muchísimo más. Seguramente es así con la escritura: me da por contemplar y escribir como bruto, como bestia... y va siendo hora de estudiar. Puede que plasmar la contemplación sea algo importante (puede que no), pero no pasará de allí si no hay un estudio sistemático detrás. El contemplar no es una trama, no tiene contenido más que el que tendrían unas lindas cortinas, un jarrón con flores en la mesa del comedor: meramente adornos, artificios, pequeñas luces de colores sin el objeto, sin la forma. Esto lo advirtió Funes, el memorioso (de Borges), quien, si bien podía recordar hasta los mas mínimos detalles, probablemente no era capaz de razonar. Es tiempo de buscar el refinamiento (como en todas las cosas). Lo malo del asunto es que a veces (aquí quise decir: casi siempre), se me olvida.