Cuaderno de sentimientos diabólicos
varios, propios y ajenos,
en este constante pedalear por la vida...



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12 mar 2013

La antorcha al oído

Vagando por callejuelas de Guanajuato hallé "La antorcha al oido" de Elias Canetti. Apenas voy descubriéndolo. Me ha maravillado su prosa, las consideraciones que hace de las personas, las vivencias, las lecturas entre líneas de las conversaciones. Es maravilloso.

¿Qué debe uno vivir para escribir como él?

18 ago 2012

Azul de metileno

Anoche, casualmente lo abrí en la página en que iniciaba el prólogo y en vez de prolegómenos al templo de los significados, hallé una advertencia: el tema sobre el que se hablaría en el libro (por si el estimado lector se había hecho una idea del contenido, por si el amable lector había emitido juicios solamente por el título y necesitaba ser desengañado), un repaso sobre lo que llevó al autor a vagar por aquellos caminos... Lectura en voz alta, papel amarillento... brincó la mano del papel hacia mis pequeños cabellos, sin despegar del documento la vista... y los escenarios se me mezclaron... y repasé la vida. 

En ese momento, sentado ante la misma mesa en que había platicado con Ella, solamente frente a un café ahora, luz en una sola pieza sobre los hombros, este diablo estaba triste, procuraba distraerse y no pensar en la angustia... y se halló, en poco tiempo, en los laberintos de su voz (del mismo modo en que se halló muchas veces en su propio canto a capella, visión en el espejo de sus propios sonidos, terapia ocupacional que lo situaba frente a sí mismo). El Diablo paseaba por laberintos que le llevaron hacia los jardines bien cuidados de las buenas memorias. Estaba ahí, sentado, otra vez a los 14, en una mesa solitaria de alguna biblioteca ya olvidada, a la luz de una tarde de hojas y sobras de árboles, de ramas y rayos amarillos en las persianas hacia la derecha... un libro de pastas gruesas desparramado en la superficie plana, los brazos a los lados, el anular de la mano derecha (dedo-corazón) remodelando el mundo imaginado correspondiente a cada página. Hizo lo que no se puede sino en la memoria: volver, recordar lo que sentía... y volver a sentir. El Diablo recordó un instante de felicidad... y volvió, lo que duró ese mismo instante, a ser feliz como lo fue entonces. 

La miró (a ella, su felicidad juvenil) y le revisó los bordes, las caras, esa pureza sui géneris y el polen de esa flor que su boca bautizó como una especie de paz. La contempló en las manos, le dio vueltas... no quiso destaparla. 

Gota de azul de metileno en vaso de agua limpia, la alegría se diluyó en el pesar y perdió su color: le pareció mucho ya el tiempo entre un instante de felicidad y el que acababa de suceder gracias al recuerdo. Un sorbo de café le devolvió a la realidad amarga y ácida de esa noche. Cerrado el libro y advirtiéndole la textura en las manos, mirándolo sin pensar en él... así le jaló las riendas al burro sin mecate del pensamiento: ¿hace cuánto que no ha vuelto a ser así de feliz?

13 may 2012

Inquietudes


Hay algo en la visión de Pamuk (en particular, en Estambul, Ciudad  y recuerdos) que hace que me identifique con su propia vida: la melancolía por su tierra y su pasado. Quizás por las hermosas fotografías que allí aparecen, me senté a pensar en las mías, a recodar los álbumes grandes y adornados en que mamá guardaba los retratos de cuando niños, y otro más que estaba dedicado sólo a las de su boda (que un día, llena de desesperación, terminó quemando frente a mis ojos). La última vez que estuve en casa, esas fotos yacían con desdén en una caja de cartón, en la parte baja de un estante, a merced de humedades y polvos. Comprendí que mamá no había querido hurgar en un pasado incómodo. Quise, entonces, rescatarlas, traerlas conmigo y arrancarlas del olvido, ponerlas en marcos y llenar (¿por qué no?) una pared, ponerlas donde todos los días pudiera verlas. 

Siento mucha inquietud... porque una parte de la vida de uno no puede estar así, porque la lejanía me exige ser paciente para la próxima vez que vuelva, en que quizás tenga que dejar ir lo que ya no pueda traer conmigo. 

2 jul 2011

La bibliofilia, el orgullo (y otra vez, Sabines)

Sí, sí, sí... cuando perdí mi "Antología" de Sabines sentí coraje, hice drama, fruncí el ceño y me senté, cruzado de brazos, a morder mi coraje. Afortunadamente (quizás esta entrada no debería tener un tema tan infantil, pero me lo permito), caminante insomne por las librerías y cafés cada que se posa sobre mí el ocio y no tengo los bolsillos vacíos, volví a preguntar por él y conseguí una edición más fina. Definitivamente, esa comezón que traigo en el oído se siente cuando habla el orgullo.

Es por ello que la mesura no me tardó en llegar. ¿Por qué lo hacía? Por mi eterna lucha contra mí mismo, el afán por tener siempre algo mejor que lo que se fue y el sentimiento del que sirve echar mano (en la mayoría de los casos) es el orgullo. Pasado el bache, me puse bajo el brazo también dos libros de Pamuk... sí, sí, también uno de Petrovic. Me quedé junto a ellos (café en mano, con espumita) toda la tarde de lluvia, sopesándolos, midiéndolos, tocándoles. Me sentí bien, porque me va bien, porque mi orgullo no hace daño a nadie (conscientemente), porque me encontré con otros ejemplares de los libros robados y los dejé allí: "ser y dejar ser", dice mamá. Y me alegro, porque dejé de controlar, dejé ser... y fuí. Porque hoy en la tarde, otra vez... ya en casa, me superé, me vencí.


4 jun 2011

De viejos amores

He vuelto a los mismos libros y admito que el sentido de la obligación me llegó antes del placer de recordar, como sucede cuando uno restriega sus ojos y estira los brazos antes de levantarse por la mañana. Recorrer las mismas páginas ya sucias, ver el reflejo de un tiempo mío en las notas al margen de proposiciones y teoremas, destacando detalles emocionantes y partes para las que mi entendimiento no fue suficiente (camino abierto a pico y pala a través del monte oscuro) resulta ser grata experiencia. La constante espiral de Hegel: posarse sobre el mismo sitio en tiempos distintos.

Uno se siente el esclavo de Platón, pero no lo es. Uno quisiera, a ratos, solamente pasar la vista sobre lo que, se supone, ya se sabe, mas siempre hay polvo que quitar. Como con las congojas del corazón de antaño, hay mucho qué hacer, volverlas a mirar, ponerles atención otra vez un poco más adelante en el camino, explicarse con ojos distintos cada vez la misma parte mi tiempo. Uno agradece, aquí, a la vida, que todo (o casi todo) sea efímero... que uno olvide, añore y quiera volver. Es echar un vistazo a la habitación antes de salir a la calle en pos de una esperanza, ¿olvido algo? Es prepararse para las nuevas y emocionantes empresas.

Es así... el Análisis, la linealidad el Álgebra, lo esotéricas que aún me resultan las ecuaciones diferenciales... remembranza de viejos amores, sitios que es bueno volver a pisar.

24 feb 2010

Orhan Pamuk


Leyendo a Orhan Pamuk me ha surgido una duda: ¿qué de todo lo que cargo en mi vida pasada puedo usar para que lo que yo escriba sea original?, ¿qué de mi cultura, mis recuerdos, mis emociones, servirá de leña para atizar el fuego de la escritura?

Pamuk escribe desde las consideraciones que su cultura le permite hacer, quizás éso hace sus textos interesantes: la descripción de las viviendas, la psicología de sus personajes, la moral que maneja, los sentimientos... ¿ha habido algo en mi vida que yo pueda explotar para escribir bonito?