Cuaderno de sentimientos diabólicos
varios, propios y ajenos,
en este constante pedalear por la vida...



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2 mar 2014

La ausencia de Luz


2.03.2014
5.35 hrs.

No hay luz en mi cuadra y el diablo se pasea por las ventanas. Tienta a las muchachas, a los jóvenes, a todo aquél que en este pueblo "bicicletero" dice tener moral el día sábado, va a emborracharse a la fiesta en el salón de la esquina e irá a misa hoy domingo. (Hoy, porque ya dan las 5 de la mañana)


El diablo en la oscuridad, viendo la calle apenas iluminada por las lámparas de las habitaciones de enfrente, en que quizás se desviste, para dormir después de bailar, una muchacha.

No sabe de Dios, ni de fulgores sin placer, no se encamina a una salvación: es el demonio, es dueño de sí, es real. Mítico animal del medioevo el que ronda mi casa, la noche del día primero del mes de marzo, mes en que saldrá el sol y su despeinado rayo, a partir de unas horas.

Me alegra la oscuridad, con Luz, con la intuición de Luz (nombre y suceso, materia y acción). No me interesa el diablo por calle La Paz, ni lo que haga con nadie allá afuera. Me interesa O., "la que ayuda", la que hoy me llena, porque me ha mandado, enviado, besos. Hoy tengo los besos de O. Hoy tengo luz, pese a la negra calle, en mi cuarto.

Y soy más feliz, muy feliz, más alegre que el propio Diablo. 

3 may 2010

Antes de medianoche

De nuevo esta ansiedad que no me deja sentarme en paz. Y ahora es por este encierro de 10 días. La vida puede tornarse tan monótona, tan vacía, llena de trabajo (quizás, el poco que he hecho este tiempo) pero tan… vacía. Tan vacía. Cómo quiero que pase algo, que de verdad sane y pueda salir, que deje de hacer tanto calor, que alguno de estos bellos días en verdad me emocione el hecho de entrar a la maestría (porque no mueve ni una fibra sensible de mi corazón). Tal vez necesite amar a alguien, amar de verdad, enamorarme… pero casi siempre han despreciado mi corazón... quizás salir de la ciudad, tal vez visitar a papá o a mamá, escalar una montaña, recoger la bicicleta y perderme en ella, emprender un proyecto… no sé… Quiero volver a dar clases, quiero estar tan ocupado que no tenga tiempo ni de pensar siquiera, que me acepten en letras hispánicas, llevar un aburrido curso de maestría que ponga horario y un poco más de orden a mis días, quizás algún deporte, ¿por qué no el gimnasio?... Yo necesito salir de aquí… me estoy marchitando poco a poco y sin querer.
No tengo muchos medios al alcance, pero hay días (noches) en que no sé qué hacer con tanta fuerza en el corazón, en que no sé cómo emplear los ímpetus. Hay noches amargas en que tengo tantas ansias de salir a la calle, de pasármela descalzo y despeinado, de no usar los anteojos, de correr sin rumbo y hasta cansarme... noches en que tento tantas ganas de vivir... y no puedo.

11 feb 2010

El Diablo quiere su bicicleta


Lo he pensado con mucha seriedad: quiero de vuelta mi bicicleta. Sí, lo sé, la que casi se despedazaba cuando la traje de San Pablo. Sí, la de los tacos de canasta, a decir de mis buenos amigos... La bicicleta de panadero, cuando la veían empolvada con aserrín de la carpintería de Don Gonzalo (donde vivía entonces). Sí, con la que yo repartía cartas (a decir de Ella) en el vecindario. La bicicleta por la que tuve problemas con la vecina de enfrente, porque una de las llantas prescindió de una de sus macetas. Aquélla que fue objeto de tantas burlas... la quiero de vuelta. No pude traerla conmigo en la mudanza, pero mientras lo pienso, me preocupa que tal objeto ocupe con tanta obstinación mi mente.

Algo habrá sido bello con ésa bicicleta, razón he de tener para quererla con vehemencia. Quizás fueron los sustos que regalé a los peatones, cuando tocaba el timbre para decirles : ¡aguas, va el diablo! Probablemente el viento en la frente y las mejillas, la chamarra suelta a placer, los libros apretujados en la parrilla, los pantalones enlodados y los perros que nunca me alcanzaron. No, ésa sensación no fue tan bella como uno de los días lluviosos en Ciudad Universitaria, de aquéllos que dejan Las Islas sin caminantes, atraídos por los techos de la Facultad de Derecho y demás refugios alrededor... Ambos íbamos en esa bicicleta, Ella detrás de mí, sosteniendo un paraguas, yo mordiéndome el labio del frío y pedaleando sin parar. Sublime el momento en que la gente nos señalaba desde la seguridad de su refugio. Imaginé siempre lo que dirían: ¡mira a ese par de locos!... Extraño ésa bicicleta negra porque en uno de esos frágiles días, uno de esos grises y somnolientos días estuve muy cerca de Ella... y fui feliz. Ella siempre me recordó a su padre cuando la llevaba en bicicleta a la escuela y ésa es de las comparaciones que halagan, de las que me hacen recordar que hay heridas en mi pecho que aún laceran mi corazón.