Cuaderno de sentimientos diabólicos
varios, propios y ajenos,
en este constante pedalear por la vida...



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22 sept 2013

Cielo de otoño para un papalote

Hoy inicia el otoño, la estación del año más hermosa. Cielos grises, hojas secas de colores, meciéndose en sus ramas o perdidas al viento... matices variados en las calles, las plazas, los edificios, jardines, las terrazas... Y tengo mucho qué contar, imágenes qué evocar: la avenida San Fernando, mi soledad y el café en el Centro de Tlalpan, los libros de Miguel Ángel de Quevedo, el fútbol de la infancia en los campos de Sarabia, los días de campo con papá en Tenam, las comidas en el pasto de Ciudad Universitaria, un "te quiero" en las hojas bicolores de los árboles al entrar a la Facultad de Ciencias, el viento fuerte en el barrio La Cueva en Comitán, el llano de Nicalococ y los paseos con mi hermano, la Herradura antes de que se poblara... el último y enorme papalote que llevé a volar con un batallón de niños en La Candelaria... La avenida 5 de Mayo (ah, ese café con leche), el brazo de mujer con el que quise recorrerla y que nunca llegó... El callejón El Tecolote y su olor a vida nueva. La Colonia Hidalgo, mi casa de detrás de El Bosque, la piedra volcánica, los caminos largos, las hojas de colores. Las hojas de colores. El viento y las hojas de colores. 

Siempre ha venido hacia mí el otoño con algo nuevo, con algo bueno. Siempre me ha querido este sonriente otoño. Hoy inicia uno nuevo.

Bienvenido, otoño de mis 28 años. Te abro la puerta como cuando llegaba a casa mi abuela, con la misma alegría, las inquietudes de siempre: ¡quién sabe desde donde has venido?, ¡mira cómo te ves!, ¿sientes tú esos tus olores? Déjame notar lo que traes de distinto. ¿Traes algo para mí, precioso otoño?, ¿harás llover como tanto nos gusta? ¿Qué me vas a regalar en octubre?, ¿qué cosas sencillas y bellas dejarás, esta vez, en mi vida? 

¿Con qué cosas buenas me ayudarás a comenzar otra vez? Siéntate aquí conmigo, vamos a ver el agua y sus gotas aplastadas en la ventana... vamos a beber chocolate, vamos a beber café. ¿Quieres? Vamos a caminar, que se pongan a crujir bajo nuestros pasos las hojas que tiraste. Vamos a respirar el color, a cerrar los ojos y a dejarse ir.

Particularmente hoy, que amanecí con ganas de ser feliz, te digo (me digo): ¡qué bueno que ya llegaste!  

21 jun 2012

Las raíces

Siempre llegamos a donde nos esperan. 
José Saramago

Las películas. Los viajes en el tiempo. No recuerdo en qué momento me surgió la duda que encauzó la búsqueda de la que ahora escribo (la historia de tu abuelo, niña de mi corazón, me motivó a recordar a los míos), quizás desde que una de las tantas historias que papá nos contaba al comedor, tuvo que ver con ello. Siempre le han gustado las sobremesas, platicar de 'la vida' (así, en toda su generalidad) con sus hijos. Entre más uno jalaba al hilo de las imágenes de lo que nos iba contando, más desenredaba él los detalles en las historias. Así, se nos aparecieron fantasmas, paisajes llenos de yerba, caminos a oscuras en que la terracería del suelo reflejaba la blancura de la luna, jarras con café, agua de chile, noches de llanto, pan de azúcar derretida en el canasto que colgaba del techo (a donde no alcanzaban a subir los ratones), desvelo y soledad de un niño que durante los cuentos veía en los propios una imagen y semejanza. La desesperación de mamá al no poder levantar la mesa y dejar la cocina tan pulcra como siempre le ha gustado verla.

La niñez de mi padre transcurrió entre muchas dificultades, pero le dejó en la piel una sensibilidad y noblezas terriblemente grandes. Un Comitán en sus ojos, que vieron muchos lugares y dejaron en él tanto qué decir, tanto qué contar. 

Un oficio: bolero. ¿Cuántas cosas no conoce una persona que le limpia los zapatos a la gente? Señalando con el dedo: aquí habían muchos árboles, los carros no pasaban por esta calle y en 'ésta' parte del parque proyectaban películas; los domingos siempre hubo gente en la iglesia, aquí vendían pozol, en el Mercado Viejo siempre han vendido atol. Le gustan las películas de vaqueros. Y cuando no llegaba el cine hasta él, él iba en su búsqueda cuando durante el día había ganado lo suficiente para comerse un salvadillo con temperante y pagar la entrada. Ya sabía que al llegar a casa recibiría regaños y golpes, pero bien valía la pena. Era la pobreza la que lo obligó a trabajar desde pequeño.

El trayecto a su casa, caminante insomne, también traía imágenes maravillosas: ésa subida hacia el barrio La Cueva no estaba pavimentada, así como se miran esos grandes terrenos baldíos (árboles y ramas por doquier, sin luz, sin un alma rondando por ellos), así se veía toda esa zona; había que seguir una vereda y 'ahí espantan'. El Chumis, ese árbol grande que ahora es el único vestigio de la yerba que hacía de las suyas, era una referencia, señal de que uno ya iba a llegar. El miedo nos llegaba cuando platicaba que en una de sus ramas, ya alta la noche, se aparecía la silueta de un hombre ahorcado, del que siempre hablaban los señores que por allí vivían. O aquél perro enorme que arrastraba una cadena, El Cadejo de las leyendas que también se escuchan en Guatemala... El charro alto sobre aquél caballo tan grande al que llaman Sombrerón. La omnipresente Llorona y su '¡ay, mis hijos!'.

Luego, eran frecuentes las remembranzas de su padre, el que bebía mucho y 'trabajaba' de albañil, el que se llamaba igual que nosotros dos: Rubén. 'Tu abuelito' nos decía, que tantas veces los corrió de casa con violencia a él, sus hermanos y su madre, el que de joven era muy fuerte y severo y violento. Abuelito Rubén, que nunca supo cuándo nació ni cómo, que hablaba de su madre, Abuelita Petrona, 'Abuelita Peto', y del padre desconocido, 'Conrado Águeda', así, sin diminutivos en el nombre, sin el 'abuelito', porque poco se sabía de él. Uno sentía curiosidad, entonces, por sus raíces: ¿quíen era el tal Conrado, el bisabuelo? Lo extraño fue que del lado de mamá, nada se sabe de los bisabuelos, porque la historia se va para Guatemala y no pudimos (o no hubo voluntad de) seguirla con mi madre... y el asunto terminaba allí, poco se hablaba al respecto. En cambio, Don Rubén (como le decía mamá a mi abuelo) platicaba que su padre fue 'un español', que había llegado a México junto con los telégrafos, que el apellido 'Águeda' venía por él.

No podía hacerse mucho en Comitán, nunca pude entrar al Archivo Municipal. Sin embargo, tras repetidas pláticas de papá sobre sus 'primos' que también llevan el apellido, hubiese sido extraño no toparme con uno de ellos. El encuentro llegó en uno de los concursos de Física de la preparatoria, en la Biblioteca Municipal. Ingeniero, de nombre Mario, preguntó por curiosidad sobre mis padres y mi abuelo. Conrado había tenido otro hijo con otra señora: Antonio. Papá nos había hablado de él como 'El tío Tono', y de los demás hermanos y medios hermanos de abuelito Rubén que alguna vez visitamos en Las Margaritas. El tío Tono no había sido más que una plática.

Frecuenté a Mario poco después (él es una especie de tío mío) y lo vi en pocas ocasiones. El motivo: las Matemáticas. No pude evitar preguntar dónde vivía mi tío-abuelo ni visitarlo. Seguí el camino que Mario me señaló y le encontré al viejecito tierno sentado en una banqueta. Poco elocuente, tímido, como yo era entonces, no hablé mucho con él. Recuerdo que quiso saber quién era mi padre, preguntó por su hermano: ¿cómo está Rubén? Tras un 'bien, lo visitamos cada poco tiempo', no se dijo más. Poco después me fuí de Chiapas.

Dejé relegado el asunto durante mucho tiempo. Ya en México, de nuevo por las Matemáticas y mi afición por la Historia y la Filosofía (y la necesidad de dinero), conseguí una beca en un Instituto de la Universidad, dedicado a estudios interdisciplinarios en Ciencias y Humanidades. Yo debía indagar sobre las posibles manifestaciones de la Física en México y terminé con un permiso (una credencial), guantes de látex y cubrebocas, para ingresar al Archivo General de la Nación. No fui competente para el trabajo que se me encomendó (porque poco a poco la curiosidad me alejó de la razón por la que fui enviado allí) y poco logré aprender durante el poco tiempo que estuve, pero me dejó experiencias invaluables.

Alojado en el Palacio de Lecumberri, caminar por sus pasillos, conocer a un historiador y platicar con él, escuchar sobre el oficio de quien hace la Historia (en este caso, la de México), fue fascinante. Los jardines que se miraban por las ventanas, el edificio enorme que algún tiempo fue una cárcel y que ahora alberga nuestra memoria en pedacitos, esperando a ser develada y organizada; la prisa de los investigadores que se disputaban los archivos a sus colegas, para leer algo antes que los demás y sacar conclusiones... y ganar en la publicación. Las cajas llenas de archivos que personal con batas azules colocaban frente a mí, con papeles acidificados por los años que había que tomar con demasiada delicadeza: telegramas en los que, durante el Porfiriato, se ordenaba a un ingeniero viajar lejos de la capital, porque se le necesitaba en la nueva estación de ferrocarril... rúbricas a pluma fuente y muy elaboradas, como las eran en esos años; sellos, grabados, tinta que ya no se veía, papel quebradizo. Fue fascinante. Si meter la mano en el baúl de doña Emilia era emocionante, hurgar en estos archivos fue toda una experiencia.

Decretos en los pasillos, los 'Sentimientos de la Nación' de Morelos en un vitral y otros tantos decretos expedidos por el señor a quien nunca lo movió el viento: Juárez. Uno podía perderse en aquella inmensidad, escudriñando en los propios recuerdos de los cursos de Historia de la primaria, construyendo para uno mismo imágenes de lo que la vida pudo haber significado, en vestidos muy adornados y trajes de levita con sombrero, en años anteriores. Frente a tanto pensamiento de ésos, tanta novedad, el asunto de mi 'bisabuelo español' no me había pasado por la cabeza.

Una mañana, frente al mostrador donde se debían dejar los objetos antes de ingresar, un señor ya entrado en años, muy alto, muy canoso y de piel clara, vestido de pantalón beige ligero, zapatos cafés y camisa blanca de puños recogidos a mitad del antebrazo, tras un '¿en qué le puedo servir?' de quien nos atendía, extendió un papelito: quisiera saber quién fue mi abuelo, éste era su nombre, ¿dónde puedo preguntar? El mostrador era pequeño y muchos investigadores iban llegando; había que hacerse a un lado para no estorbar. Yo, sorprendido por el suceso, bien abiertos los ojos y sin moverme, estaba estorbando el paso. Me alejé y no escuché lo que se le respondió al señor. Tengo un vago recuerdo y resbalo entre un: sólo puede acceder a los archivos con un permiso... y un: mi compañero lo atenderá. Un momento de lucidez me siguió camino a solas hacia la sala del catálogo: ¡aquí puedo averiguar quién fue mi bisabuelo! Y luego tres o cuatro días de búsqueda entre papeles y catálogos electrónicos: 'Ingrese palabra a buscar'... 'Conrado Águeda'... listas interminables de archivos en la pantalla en las que aparecía o Conrado o Águeda. El telegrama que menciono arriba, traía el nombre de un ingeniero de apellido Águeda, pero no se llamaba Conrado. Preguntas a los hombres de batas azules, respuestas vagas: no todo el archivo está catalogado electrónicamente. Búsquedas infructuosas, obsesión que me llevó a no presentar resultados del trabajo que se me encomendó. Fin de la licencia.

No he podido olvidar al señor bien vestido que preguntaba sobre su historia. Cavilaciones varias acerca de la pertenencia de uno a un país, sobre la necesidad de saber sobre el origen de uno, sobre por qué tiene uno esa necesidad, la fascinación por la Historia de México. Búsquedas en internet sobre mi primer apellido, el nombre de una virgen: Santa Águeda y un sitio entre Portugal y España con ese nombre. Otro tiempo largo hasta la escritura de estas anécdotas. Mis exámenes generales para acreditar la maestría dentro de quince días.

13 may 2012

Inquietudes


Hay algo en la visión de Pamuk (en particular, en Estambul, Ciudad  y recuerdos) que hace que me identifique con su propia vida: la melancolía por su tierra y su pasado. Quizás por las hermosas fotografías que allí aparecen, me senté a pensar en las mías, a recodar los álbumes grandes y adornados en que mamá guardaba los retratos de cuando niños, y otro más que estaba dedicado sólo a las de su boda (que un día, llena de desesperación, terminó quemando frente a mis ojos). La última vez que estuve en casa, esas fotos yacían con desdén en una caja de cartón, en la parte baja de un estante, a merced de humedades y polvos. Comprendí que mamá no había querido hurgar en un pasado incómodo. Quise, entonces, rescatarlas, traerlas conmigo y arrancarlas del olvido, ponerlas en marcos y llenar (¿por qué no?) una pared, ponerlas donde todos los días pudiera verlas. 

Siento mucha inquietud... porque una parte de la vida de uno no puede estar así, porque la lejanía me exige ser paciente para la próxima vez que vuelva, en que quizás tenga que dejar ir lo que ya no pueda traer conmigo. 

27 abr 2012

La canción de fondo


Sonando bajito en repetidas ocasiones, me trajo consigo las noches en vela, de soledad iterada hasta la madrugada, que hoy son tiempo que se ha quedado atrás. Recuerdos de soledad corriendo alguna calle en algún barrio a las 5 de la mañana, soledad en la azotea del departamento en el que vivía Ulises, Rubén solitario atento a la luna a la puerta de una casa con techo de lámina… soledad compartida con la rotweiler en el cuarto de servicio de la casa de mi tía o en el techo de doña Ernestina, en las habitaciones en obra negra de la casa en la colonia Hidalgo o en las calles del bajo Santo Domingo, de noche, recién había llovido. Soledad, doña soledad, en la ventana de mi cuarto de Copilco, abatido por un trabajo que no quería seguir haciendo. Llanto desconsolado en una casa oscura porque no se me permitió seguir en la universidad un sueño o la certeza de que dejaría de asistir a Ciudad Universitaria mientras daban, de madrugada, las seis. Soledad como dolor de estómago, como sabor de pan, soledad una noche alta con varicela en que la calentura cedió y me posé a la ventana de la calle, enfermo, tremendamente sólo, estúpidamente libre. Una parte de mi vida, días en su mayoría tristes, otros en paz, todos a solas… en la Ciudad de México.

¡Cuánto tiempo ha pasado!, ¡cómo es que ahora estoy aquí! El pensamiento se abstrae de sí mismo, como perro loco guardián: se desconoce… y me hace caminar los empedrados de todos los días en esta ciudad chiquita, los de mi calle (tu calle, mi cielo) como si fuera la primera vez.

Ésta, la confesión de hoy: hace mucho tiempo que no despertaba, como ahora, de madrugada, recobrando rápidamente la vigila, la lucidez de los ojos abiertos, su extravío en la oscuridad, sintiendo extrañamiento de las formas que tienen mis objetos (las mesas y los libros, los papeles y la ropa) en la tenue luz de los faroles, desde mi cama, de madrugada, creyendo que son de otro que no soy yo en ese instante, del otro yo para el que soy desconocido.

Estos pensamientos me levantaron a escribir. Hoy, despertar de frío que no es de noche ni de mañana, estuve a punto de sentir tristeza, una buena dosis de melancolía, quizás compasión, como las noches en la gran ciudad. La maldita canción de fondo. Pero, pese a que la música de Ennio Morricone me destapó baúles, no he sentido pesar (el tiempo, me deleito en pensar, le habrá hecho trizas). Y estoy igual de sólo… y he vuelto a mirar las formas grises de las cosas… y es como si mi mente supiera, tan sólo, que hubo tiempo triste atrás, fuego que me quemó para purificar pero que se ha apagado. Advierto el tiempo mío y a solas que se quedó allá, que le dio significado a lugares que ahora nada son sin mí. Ya no siento ninguna tristeza, ningún sentimiento negativo. Por tanto, no deseo decir, sobre ello, nada más. 

Al contrario, me alegro, me siento agradecido… con la vida y con mi propio trabajo, con mis padres y los muchos y oportunos (muy oportunos) amigos. Me siento en deuda. Porque no siempre surge en la vida una segunda oportunidad… y yo, con trabajo y sin enfermedad, puedo decir en verdad: yo la tengo.

27 oct 2011

¿Qué le sucede a Ulises?*


Anoche, otra charla interesante con Ulises: intercambios de dudas y posibles explicaciones, derrapando en terrenos inexplorados de nuestras conciencias. La última pregunta no salió de mi boca: ¿qué le pasa a Ulises, que me pidió un libro de ciencia a cambio de 2 de poesía?... Un tanto peor: ¿qué le estará pasando a mi vida, que acepté el trato?

* Jueves 22 de julio de 2010. 2:38 hrs.

24 sept 2011

La guitarra, el Día de La Independencia

Salió a escena: chiquito, menudo, simpático. Tocó un concierto para guitarra de Carlos Ponce. Terminó. Se levantó del asiento, descansó los brazos... y aplaudimos. Levantando la voz, agradeció efusivamente el reencuentro con sus viejos amigos de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato, a quienes hacía años no veía. Habló de las fiestras patrias (¡vivan los héroes que nos dieron días inhábiles!), el motivo del concierto, la razón de la elección del compositor de esa noche. Se refirió a una canción popular mexicana, la misma que gustaba en tocar a sus compañeros hasta cuando viajaban en autobús (sí, sí, los mismos de la Orquesta), la misma que tocaría, en unos instantes, distinguidos asistentes, para nosotros... a propósito del Día de la Independencia, gracias por el cariño y sus aplausos. 

En posición la guitarra, en silencio los allí presentes, comenzó. Distinguí las primeras notas, recordé las líneas de los versos: 

"Por unos ojazos negros
igual que penas de amores..."

Era 'Un viejo amor', una canción añeja que yo tocaba a mi madre cuando aprendía en el piano a los 16 años, junto a ella, mientras ella cosía y yo la veía con la cinta para medir colgando de la piel clara en su cuello. No haré el cuento largo: sin perturbar a los de al lado, me eché a llorar. El guitarrista (¡músico cabrón!) había pellizcado mi corazón... dejó que se me pasara el empacho y del escenario, después incluso de haber tocado 'Asturias', se fue. 

Y así, ¡canijo el de la guitarra!, ¡pinche Día de la Independencia!... muy sonrientes llegaron, melancólico me pusieron, sin ser capaz de defenderme me hicieron la travesura los desgraciados... y, sin más, se fueron. 

10 jul 2011

No tengo más que sueños*

y recuerdos en la cabeza, nada que permanezca en el tiempo en el que vivo. No me gusta mi vida, no estoy cómodo con lo que hago ni por cómo lo hago. No me gusta lo que soy, de ahí que me inquiete la soledad. ¿Cómo sentirse bien junto a alguien que no es agradable? Los ratos conmigo mismo son crudos: me muestran lo vil que soy, lo poco que hago por mí, lo intermitente de mis quejas hacia mí mismo.

Soy dos: el que mira y al que ven, el vulgar y el observador, el que habla y actúa como el que no es dueño de sí, el que sueña con mejorar, el que recuerda lo bueno del ayer. Ninguno de los dos está ahora, el observado se destruye cuando le quito la mirada y se va al pasado con el observador. Se despierta el soñado "en el sueño del hombre que soñaba". Soy algo (no 'alguien', los 'alguien' no son dos) perdido, sin tiempo, etéreo, fútil. Busco sustancia en aquéllos que se acercan, porque yo no la tengo: hombre sin humanidad, rostro sin piel y con antifaz. ¿Cómo darse a alguien si ni siquiera soy?... Dar lo que no se tiene, así soy el que se dice 'yo'.

Creo sentir aquello a lo que llaman 'depresión', porque resbalo sobre la arena, hacia el fondo... porque a ratos sopla el viento que agota la llama que enciende mi alma y mantiene vivo mi corazón.

* Noviembre 6 de 2009, 18:50 hrs.

4 jun 2011

De viejos amores

He vuelto a los mismos libros y admito que el sentido de la obligación me llegó antes del placer de recordar, como sucede cuando uno restriega sus ojos y estira los brazos antes de levantarse por la mañana. Recorrer las mismas páginas ya sucias, ver el reflejo de un tiempo mío en las notas al margen de proposiciones y teoremas, destacando detalles emocionantes y partes para las que mi entendimiento no fue suficiente (camino abierto a pico y pala a través del monte oscuro) resulta ser grata experiencia. La constante espiral de Hegel: posarse sobre el mismo sitio en tiempos distintos.

Uno se siente el esclavo de Platón, pero no lo es. Uno quisiera, a ratos, solamente pasar la vista sobre lo que, se supone, ya se sabe, mas siempre hay polvo que quitar. Como con las congojas del corazón de antaño, hay mucho qué hacer, volverlas a mirar, ponerles atención otra vez un poco más adelante en el camino, explicarse con ojos distintos cada vez la misma parte mi tiempo. Uno agradece, aquí, a la vida, que todo (o casi todo) sea efímero... que uno olvide, añore y quiera volver. Es echar un vistazo a la habitación antes de salir a la calle en pos de una esperanza, ¿olvido algo? Es prepararse para las nuevas y emocionantes empresas.

Es así... el Análisis, la linealidad el Álgebra, lo esotéricas que aún me resultan las ecuaciones diferenciales... remembranza de viejos amores, sitios que es bueno volver a pisar.

29 may 2011

Recuerde: ponga atención a los adjetivos*

Esta libertad (la paulatina posesión de retazos de las riendas de mi vida) me ha dado seguridad y he andado por estos caminos con paso firme. A cada día que pasa volando, a cada sombra de sus alas que puedo verle, es más claro el objetivo y voy poniendo menos atención en los obstáculos (esto es, no más de la que merecen). Mis fuerzas están dedicadas, pues, la mayor parte del tiempo a lograr los adjetivos que califican mi persona y enriquecen (fortalecen) mi alma.

Entonces, uno deja de sentirse vulnerable a ratos (aquí la primera exageración) y se pone en modo "automático". Uno cree tener el control, mantener el orden, hasta que (paso firme, riendas en mano) se mira en tus ojos. Y es que había olvidado cómo tu silueta, el contorno dibujado a lápiz de tu cuello, la intimidante sonrisa y ese soberbio deambular de tus cabellos de espiral en el viento, le hacen a uno padecer.

Padecer, la palabra constante. Padecer, no porque la belleza, en tanto un placer estético, duela en alguna parte de la propia carne... o porque la finura y ternura de tus manos le provoquen a uno un retortijón en la parte izquierda del abdomen. No. Padecer, porque compañía de mujer es lo que me hace falta y el universo de tu mente, de tus palabras, de tu andar y hasta la sombra de la costilla que llevas de más (la que, cuentan, a mí me quitaron al inicio de los tiempos) puede llenar, por demás, el vacío en el pecho y puede calmar la inquietud en el alma. Padecer la ausencia de la Mujer (con mayúscula) que eres; porque una delgada línea es la frontera entre tenerte, siendo de tí, y estar entre tu indiferencia por las demás gentes de la ciudad. Padecer mi calidad de extranjero, vaya. Inquietud dado el padecimiento de mi palma derecha en tu cuello-hombro, el de tu mano cuando la retiras.

Para tí lleva mi vida muchos adjetivos en los que hay que poner atención; para mí tiene tu ser bastantes verbos. No obstante, todo aquello de lo que te despojas las tardes en que coincidimos, aquello que permites se quede conmigo, el corazón (tenía que usar la palabra, nombrarle) lamenta no ser (quisiera usar el 'todavía') tu pareja.

Y con todo ello me voy a la cama, pensando en que de esta ciudad (si todo sale bien) debo irme. Me llevaré, pues, el rostro tuyo a donde vaya, para ponerlo en medio de mi realidad de girasol (como dice Pessoa), para hurgarte en mi memoria, para que estés conmigo.

Pero todo esto es temporal. Son las impresiones que me deja verte. El tiempo ha de pasar y a partir de mañana, después de la ducha fría, comenzará la erosión del tiempo. Sabines hablaba de una semana para prenderle fuego a todas estas palabras de amor, para este caso yo necesito dos días. "Ojos que no ven, corazón que no siente"... y seguiremos siendo amigos, pero en cuanto a los sentimentalismos sucederá lo de siempre contigo: te olvidaré.

*A propósito de mi nueva y tan anhelada pluma fuente, del Cuaderno de dramas y exageraciones y los amores "bonito recuerdo" (es decir, obsoletos).

10 may 2011

Me he despertado por las noches*

y he sentido espanto. Un sudor helado sobre mi cuello y un dolor de estómago que no me deja volver a dormir. Uno comienza a sufrir sin saberlo, a soportar por costumbre, y la mente vuelve a abrirse junto con los ojos. Veo el techo de mi habitación, el rostro de Dios que no existe... la cólera de un sueño olvidado y el recuerdo de mi padre que siempre inflama el corazón. No dejo de pensar; pero el tiempo, misericordioso, deja fluir las horas, tras el ardor de los ojos... el sudor seco y el frío de la madrugada. Me recuesto de lado, sobre el sillón me entretengo con las formas de mis libros en las repisas, en el escritorio... la luz de luna que fenesce por las cortinas. ¿En qué momento me permito, entonces, pensar en la mujer que no tengo? Cuando siento frío... cuando sollozo por mi madre allá lejos, cuando comienza a amanecer y la soledad, como la oscuridad, ya no importa, ni un ápice... y con la cabeza baja y las manos en la espalda, de frente, se va.

Recuerdo. Luego, la vida vuelve a empezar: otro día, algo más, de nuevo las cinco y media de la mañana. Hay que sentarse en este sillón en el que duermo para poder despertar. Me asomo a la ventana, con la misma curiosidad cada vez y me alegran las nubes azules, la promesa de frío matinal, la luz encendida en los cuartos de enfrente. Me alegra amanecer. Me palpo el estómago vacío, dolorido, siento sed. La nostalgia llama a la puerta: la espera de los días... uno espera los días en que el trabajo lleve a Rubén ser alguien, algo... espera, cuando las noches no duelan tanto, algún día... tal fecha en que uno deje de ser tan libre, de estar solo y se emocione, sin el frío, ni el espanto. Uno no sabe si los momentos llegan, Perséfone, si hay que esperar. Mas uno nació desnudo y con el corazón hinchado, para amanecer sólo unos días, mientras llega la muerte después de la vida... y se hable, entonces, de mí, de mis noches y mis días.

*Casa Nacional del Estudiante. Septiembre 14 de 2006. 23:40 hrs.

23 mar 2011

A Doña Alma

¡Cómo la extraño, señora! Ya le quiero ver, quiero enviarle los besos intermitentes que siempre sentí necesidad de darle a sus mejillas, de los que se me llenó ya este más de un año que no me veo en la claridad de sus ojos (la hermosa claridad de sus ojos).

¡Cómo te extraño, madre! No sólo el invierno es buen tiempo para volver a tu casa. Ahora mismo inicio la cuenta regresiva, vamos (alegremente y con tu añoranza) deshojando el calendario.

21 mar 2011

Finales de los setenta, principios de los ochenta

Algunas veces, cuando pienso en mi madre al lado de la melancolía, recuerdo también las fotografías de los años setenta, las flores secas y el álbum de los quince años de mamá. Pienso en el Claro de Luna de Debussy, el vals Fascinación, en Caballería Rustricana, cuando tarareo la canción que se escuchaba al abrirlo, que nunca he sabido cuál es, pero que tengo muy presente de inicio a fin... tanto, que he tenido noches en que la voy chiflando mientras camino. En el mismo apartado postal, encuentro las imágenes de las muchachas y sus atuendos de moda: los cabellos largos y lacios, frecuentemente claros... y los voluptuosos y crespos, frecuentemente oscuros. Se mezclan con la imagen de los amaneceres en que podía pararme sobre la cuna en la que dormía y miraba hacia el horizonte por una ventana de cortinas amarillas... amarillas como las hojas del álbum de mamá, donde leí y releí las felicitaciones de los señores, de las parejas, el futuro brillante que le auguraban los invitados a esa fiesta en la que mamá se había puesto un vestido largo, grande y azul, junto a su hermoso cutis terso, propio de los 15 años de cualquier bella mujer que comienza a florecer. Se me revuelven las portadas de los discos de Paul Mauriat, de Ray Conniff, de quien cargo también una canción susceptible de chiflarse por las noches nubladas. Vivencias guardadas a cal y canto en mi memoria, en la frescura de mi memoria a mis 5 años. Llegan corriendo los primeros días de escuela, la ropa blanca de todos los lunes, las bolsas en los pies cuando recién había llovido y el lodo amenazaba la pulcritud de mi pantalón. Como mujer que lo quiere a uno, se asoman a la puerta los recuerdos del portón abierto de mi casa, la calle de terracería y el agua de lluvia jugueteando por gotitas en los charcos del suelo. Luego, las fotos en que el sol de las 5 de la tarde nos cubre la cara a Diego y a mí, sorprendidos por mi madre mientras jugábamos, el recuerdo de hasta dónde terminaba la calle en que salíamos a jugar; el güero de Roberto y su patrulla de jueguete nueva; doña Celia y sus chicharrines, su esposo don Rogelio; doña Nati, sus curtidos, su cocina de leña y su casa de tejamanil.

Pensar y pensar, recordar y recordar. Tener presente cada habitación de aquella casa en donde las mujeres bellas salían en la televisión, en las fotografías, tenían la vestimenta de finales de los setentas, principios de los ochentas, y se parecían a las de mi madre tomadas en su juventud. Pantalones acampanados, Verano del 42, música instrumental de orquesta, discos de vinil... el cabello crespo y abundante de mi linda madre.

Y la melancolía irremediable, la misma con la que mamá hablaba de su padre, con la que añoraba sus felices años junto a su padre y en el campo abundante de frutos. Sí, es claro ahora, mamá fue quien me heredó esa melancolía que me hace estirar el brazo y apretar el paso con la flor cortada, la que me pide dejarlas secar entre los libros, la que me hace escribir la mayoría de las veces. Y más que una mamitis crónica, se trata de conclusiones advertidas después de mucho contemplarse y de entender las razones de mi desasosiego, de esta sensibilidad que unas veces me ha dejado oscuro y triste... y otras, la mejilla con un beso.

8 mar 2011

El tío Milton

Era una fotografía. En la imagen, un señor de cuarenta y tantos, una señora muy guapa besándole la mejilla o solamente al lado suyo, ahora no lo recuerdo bien. El rostro resuelto, la frente morena, el bigote poblado, los cachetes pronunciados así como su felicidad. Yo pensaba en esa fotografía a mis 7 u 8 años cuando mi madre hablaba de él. Evocaba el momento de su juventud en que estuvo en Tijuana, cuando lo había visto venir y lo reconoció sin saber que era él: alto, fuerte, apuesto.

Había nacido en Chiapas, como todos nosotros, pero una decepción lo llevó del sur fronterizo de la familia de mi madre, al límite norte del país. Se había ido lo más lejos posible de aquél lugar y no se le había vuelto a ver. Sólo habíamos recibido la carta de una de sus hijas, Sandra, que no pretendía otra cosa que dar señales de vida y bienestar de la parte de la familia extraviada (los extraviados éramos nosotros para ellos, también). El tío Milton (así se llama) fue, una tarde, una voz gruesa pero cálida al otro lado del teléfono, un hombre que preguntaba si allí vivía su media hermana Alma (hermanos sólo de madre). Mamá saltó de alegría y cruzó palabras con él, después de no haberlo hecho alrededor de 15 años.

Tiempo después era él quien nos enviaba a mi hermano y a mí un par de mochilas de los Estados Unidos (la mía la conservé hasta los primeros años de la universidad), el tío lejano que nos agradecía la amabilidad, la humildad, con que le habíamos respondido, la alegría con que recibíamos sus palabras y sus buenos deseos. Es y ha sido un buen hombre, no había necesidad de preguntarlo.

Mucho tiempo me ha intrigado el por qué de su partida, el por qué lo drástico de su decisión al elegir el lugar al cual llegar. Lo que alimentaba mi insatisfacción, mi inquietud, era que nadie lo sabía a ciencia cierta, ni mamá ni tía Dina. Suponían, que algún desdén de su madre, nada seguro.

En uno de mis regresos a casa escuché con dolor que se había vuelto viudo, escuché historias sobre su esposa (mi tía), sobre lo cómo era... lo que la gente siempre dice cuando alguien, irremediablemente, se va. Supe de su tristeza y me asombré de cómo era la vida en esos casos. Aunque no supe de él mucho tiempo, sino hasta cuando lo de doña Emilia. Él, por supuesto, lo supo, pero tarde. Y sí, veinte años, una ofensa imperdonable quizás, una distancia larga... mas el tiempo había hecho sus estragos, como de costumbre, y el tío Milton volvió. Los días de su llegada yo estuve en la Ciudad y no lo ví, pero llegaron a mí sus imágenes... Que llegó acompañado de otra mujer, que buscó la yerba, la comida, el llano, el cerro, los brazos de los ríos y a su familia, todo aquello que no había podido ver, tocar, beber, abrazar ni oler en sus años de lejanía. Supe que pretendió ocultar todos sus sentimientos y actuó con cierto aire de desdén al preguntar por la tumba de su madre: "¿Y la Emilia?" y que se posó a solas frente al epitafio, a los pies de mi abuela, pidió que lo dejaran sólo, y le habló y le habló... y le lloró y le lloró a moco tendido, con toda su tristeza pero con la dignidad de un hombre firme, maduro, de (quiero suponer) sesenta y tantos años. ¿Qué le habrá dicho?, ¿cómo se le piden palabras a las lápidas?

Sin embargo, comió, bebió, palpó a su gente y se fue. Preguntó por mí, quiso "conocer el rostro de tu hijo, Alma", del mismo modo (supongo) que lo quise yo. Y de nuevo, como con los cometas, no he tenido noticias suyas. La vida tiene muchas sorpresas, me queda claro, ¿por qué no reservar una de ellas en mis pies sobre Tijuana?

21 oct 2010

Del otoño

Yo debí florecerle en el vientre a mi madre con una hoja caída en el otoño. Una tras otra pasan ante mí todas (quiero pensar) las tardes de sol frente a la yerba a medio morir, entre las hojas secas. Y de verdad que extraño las sensaciones en los llanos de Comitán, entre bracitos del Grijalva que lo irrigan. Extraño ir a buena velocidad sobre la carretera que lleva a Ocosingo, su follaje muy denso y su gris oscuro de lluvia reciente. Extraño esa luna de Octubre en Comitán.

Esta tarde no resistí a enmarcar la fotografía de la niña de Tailandia que me recuerda a mi hermanita. ¿Por qué no lo hice con la foto suya? Debería ser un halago mayor decirle, decirte, Almita chula, niña de mis ojos, que no sólo las fotografías en las que aparece tu rostro me hacen pensar en tí y en Comitán.

23 mar 2010

La Muerte

La de tío Manuel fue la primera vez que me encontré con ella. Es díficil que un muchacho piense en la muerte, yo vivía acostumbrado a que toda la gente me dijera: tienes una vida por delante. Hasta cierto punto, quiero pensar que sigue siendo cierto, pero me tocó considerar a la muerte a partir de ese suceso.

Tía Sara había llegado a casa, afligida, con su paso veloz, a avisarle a mi madre: falleció el profesor Manuel. Son noticias tan raras de recibir, tan increíbles para uno cuando llegan, que mamá no fue la excepción. Sólo la ansiedad y la inquietud la mantuvieron al borde del llanto, porque no tenía la certeza de ello... Unas llamadas, un mensaje en la radio... Sí, era él. Ahora podía llorar. Luego, pláticas serias con papá, que trató siempre de consolarla, la ropa oscura y la salida de casa después de un: hijos, venimos después.

En efecto, no quise ir, no me atrevería a ver a un muerto. Y tenía razón, lo supe cuando escuché las pláticas de mis padres después del entierro, el suceso ése en el que se reúnen muchas personas para llorar a uno de los nuestros... He de ser sincero: esto último fue lo que causó más curiosidad en mí. Con papá habíamos visto las hormigas que cargaban arañas muertas, de cómo se congregaban, de cómo cargaban las propias hormigas algunas de sus difuntas... en cómo tomarían las demás la muerte de la que, por accidente, acabábamos de aplastar. La muerte de algún perro que había comido veneno para rata por equivocación, el perro negro aquél que fue asesinado por una jauría cuando yo tenía 5 años... Pero, la muerte de uno de nosotros era más complicada: ¿qué teníamos de especial nosotros como para todos aquellos rituales?, ¿la importancia la tomaba el hecho de que se trataba de uno de nosotros? Era extraño, como sentir un temblor, como imaginar lo que le sucede a la gente cuando se desborda un río... Uno vive tan protegido de niño que las desgracias de la gente (la de allá afuera y la propia) le es un suceso ajeno. Y, vaya, que nuestro buen humor hace que hagamos fiesta y recordemos con buen ánimo a los que se fueron, cada 2 de noviembre.

Me doy cuenta entonces de que la muerte es algo serio (así lo dice la gente) y que a uno le da por pensar en la propia y siente ganas de ocupar su tiempo en algo que valga la pena, en no desperdiciarse a sí mismo dejando morir el propio tiempo. Me doy cuenta de que hoy tomé las cosas a la ligera, porque pueden escribirse cosas mucho más elaboradas sobre la muerte.

18 mar 2010

La luz por la ventana


Y acabo de comprenderlo: tu ausencia, mujer, me dejó conmigo mismo (y mira que ello tiene mucho significado, imágenes, destellos que se agolpan en mi mente y que no me dejan escribir sobre ellos, como si todo yo me ocupara en contemplarlos sin poder hacer más). Me dejaste conmigo mismo mujer (yo solito, frente al espejo) y éso es como para brincar de nuevo en la cama, como para advertir las fuerzas de mis piernas jóvenes corriendo sobre el asfalto y contra el viento... es como posarse ante una ventana con flores, como para mirar la Luna de reojo y decirle a los niños: es mío ése conejo.

(A propósito de contemplaciones, de la Épsilon desvelada, del café caliente y la primavera incipiente.)

16 mar 2010

Las hojas por el suelo


Durante algún tiempo me ha dado por conservar hojas secas (de formas interesantes) que he encontrado en mi camino. Me ha gustado aplastar entre los libros las flores que furtivas se dejaron arrancar, he estirado el brazo y reventado enredaderas y ramas de las paredes. Pero no había vuelto a aquélla casa (como esta noche), a pisar esa misma calle, bajo esa misma lámpara con sueño, al lado de los mismos arbustos de los que arrebaté naturalezas a medio morir para luego enmicarlas y regalárselas a Ella. No había vuelto a pensar en la mariposa muerta que tanto trabajo me costó levantar del suelo, la que tanta paciencia demandó en la punta de los alfileres que la colocaron en una posición adecuada, para los ojos de Ella. No había vuelto a aquélla casa (ahora lo tengo claro), porque no había querido averiguar si todavía dolía, porque nunca me gustó mirar hacia la oscuridad de la que había huído a los 5 años.

Hoy me armé de valor, puse la coraza de cobre al corazón, le solté los cabellos por el calor y volví a posarme en la esquina. Pasé por aquella bajada (barranco de asfalto), por la que corrimos de la mano la tarde en que nos sorprendió la lluvia, la tarde en que reímos a carcajadas mientras resbalábamos sin parar... No quería volver, porque recordaría la noche amarga (amarga como la bilis, como las pastillas para la calentura o para los bichos) en que tomé conciencia de que todo había terminado. No quería volver, porque recordaría mis lágrimas, porque volvería a extrañar un tiempo de Ella que ya no existe... y ello nunca ha sido grato.

No ví la bicicleta de panadero (no quise, en realidad, ni sé qué tanto lo quiera ya), ni escuché el maullido del que antes fue mi gato, ni puse los ojos en el limonero, ni me asomé a ver las ventanas. Mi sueño de vivir junto de Ella se quedó ahí dentro... y ahí seguiré dejándolo, gastándose poco a poco a medida que la gente viva en ese sitio, deslavándose, erosionándose por puñitos cada que alguien camine por la estancia, que se eche a perder cuando se encuentre vacío el espacio donde yo había puesto mi cama (nuestra cama). Que se quede allí, que se llene de telarañas, que se le vaya el color cada que le pegue el sol, que se ponga translúcido como el plástico de los tendederos en abril. Que se carcoma esa parte de mi tiempo pasado, que cada que vuelve no me deja vivir.

18 feb 2010

Sin título...

Para tí: feliz cumpleaños. Para mí: prohibido llorar.

16 feb 2010

Medusa

Los sucesos corren frente a los ojos y cada uno de ellos lucha por quedarse en mi mente. De todas las imágenes que uno puede percibir, ¿por qué unas se graban muy hondo en las entrañas y otras no?, ¿por qué recuerdo hasta la blusa beige y el pantalón de mezclilla que cubrían su cuerpo aquél soleado día? Su imagen se me grabó en la memoria, allá en el preciso lugar donde yacen todos los recuerdos que he extraviado y que no he vuelto a encontrar. Hablar de Medusa (el nombre que le puse, porque las pocas veces que posé los ojos sobre ella, quedé como petrificado) era como percibir el perfume de la ninfa y nunca saber dónde había estado la mujer.
Es la n-ésima vez que escribo sobre ello y aún disfruto hacerlo. Creo que ésa es una de las actitudes que me hacen sentir (parecer) viejo ante los amigos. Estábamos en Tuxtla, en uno de los concursitos de ciencias básicas. Cuando me fijé en sus anteojos de pasta, ella estaba parada a la orilla de una alberca y yo atado a la porción de suelo que tocaban mis pies. Aquélla sensación bastó para que después de casi 7 años, aún la recuerde.

Lo siento, acabo de bañarme... por ello siento limpia hasta la conciencia.

11 feb 2010

Diciembre 26, 2009. 16:52 hrs.

¿Para qué tantas páginas para un tiempo que ya no me sirve, del que no sé ni siquiera si es mío (completamente mío)? ¿Hasta qué punto, hasta dónde, le pertenece a uno el pasado, el propio pasado?