
Es en el Callejón del Tecolote, por donde cuentan que bajó Hidalgo con los primeros insurgentes. A uno le da por pensar, entonces, en su propia "independencia" (no podía prescindirse de las comillas), en las "libertades" que uno quiere para sí. Caminé, pues, por esos hermosos empedrados, con el tierno sol de las 7 de la mañana, con la mirada incisiva de los balcones y sus macetas. ¡Qué bonito es Guanajuato! Acelerado el corazón, empapado de fríos y madrugadores olores, calle arriba, en desorden, los números de las casas, junto a las puertas, seguí cifra tras cifra hasta que apareció el 43 y la silueta de mi amigo. Un abrazo, ¿cómo estás?... adelante. La casa de adobe, las ventanas tímidas, el olor a pintura de la habitación de un artista. Rubén, procura dormir un rato más para que rindas (fueron sus palabras), la vida aquí inicia más tarde.
El sillón que se hace cama, el comedor, las paredes amarillas, todo tal como lo había visto la vez anterior. La perrita moviendo la cola desde el balcón de arriba, las escaleras de piedra, el café en la mañana. Después del sueño, la caminata, las impresiones: los muchachos vecinos en sus ruidosas reuniones por las tardes; un niño frente a la puerta de la habitación, viendo hacia la depresión llena de casas, buscando a su perro; un señor muy joven cargando a su abuelita hacia la parte más alta del Tecolote. En la plaza principal, las muchachas en las que el cuidado personal se nota más que en la ciudad, los hombres altos y esbeltos, un café americano menos amargo de lo normal y ese timbre en la voz de los meseros que hacía siempre hurgar en la memoria los recuerdos de otras veces.
La razón de la visita fue la escuela, los nuevos planes. Me alegró poder explicar la tesis con soltura y de corrido; me desesperó el hecho de que el profesor me intimidara, muestra de una inseguridad que aún no logro erradicar. Sonreí al verme hablar de los temas con la normalidad de una plática de amigos, sin sobresaltos, muestra de que las matemáticas son sólo una parte de mi vida.
Pero lo más memorable fue él, Quique, la historia de los chichimecas jonaces, la visita a las librerías, las pláticas sobre libros, las caminatas a su lado, las anotaciones en sus libros que me dejan ver más de su persona, nuestras vidas personales comparadas... escucharle, escucharle y más escucharle, intervenir sólo a ratos, verle con la mente, degustar la compañía de esa alma grande que es Quique, un ejemplo para De la amistad de Montaigne... y la señora (su madre) que me alhagó diciéndome que yo era para ella como otro hijo. Llegar a Guanajuato es sentirse querido y, al mismo tiempo, buscarse a sí mismo (como Thoreau) en la propia soledad.
Porque un nuevo Antología Poética de La Generación del 27, leído a solas en una banca del parque le pone a uno frente al espejo, le hace a uno añorarla (a Ella), extrañarla, aventurar un mensaje sin respuesta. Se le aparece a uno el velo de aquéllo que se extrañará, allí debía, cómo no, estar Ella. Y aquí me llegó la certeza de que, si bien es alejarse, cambiar de ciudad no significa abandonarlo todo.
Puedo seleccionar, por tanto, lo que hay que cargar con uno, las imágenes que habré de necesitar (la gente le llama: bellos recuerdos) y las almas en las que habré de buscarlas. Viajar a Guanajuato es, poquito a poquito, iluminar partes oscuras de mí que no conocía. Es mirar, pensar, nombrar... digerir y recordar. Viajar hacia allá es estar aquí, queriendo regresar.
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