Cuaderno de sentimientos diabólicos
varios, propios y ajenos,
en este constante pedalear por la vida...



10 jun. 2014

Soñó que alguien se iba

alguien que no hacía mudanza. Mi espíritu, gustoso de los pasajes, las imágenes, los cuadros imaginados en la lectura de las novelas, decidió se marcara un destino. Mi abuela decía que no había que contar los sueños, porque en la realidad ya no sucedían. No herido, decepcionado, se me antojó pensarlo al revés... a mí, a quien él había confiado su sueño. Soñó que alguien se iba, sin el ruido de la mudanza... sin esa sirena roja gritando a muy pocos decibeles, anunciando la partida. 

Soñó que alguien se iba... Y hoy pensé en su falta de fe. Uní sus piezas: dejó entrever lo (ahora) poco poblado del terreno de nuestras intersecciones, la podredumbre de la madera de mi empatía hacia él. En realidad hay qué reconstruirse, pensé. 

¡Carajo, soñó que alguien se iba! Mi espíritu, mancillado, decidió debía ser en silencio... Me digo (le digo):

                                                     Soñó...
                                                                          que me iba...
                                                                                                     en silencio...
                                                                                                                                                (sí, yo).

11 may. 2014

Falta de imaginación


Mi pensamiento te persigue, viaja al lado tuyo, te habla al oído, flota en el viento alrededor de ti... Menudo pájaro veloz, omnipresente. Te observa en mi vigilia y se duerme junto conmigo. No te sueña, te observa con mis ojos cuando los cierro.

Me ha de hacer falta la imaginación (ninguna imaginación ha de ser suficiente), porque cuando mi corazón te siente (todo el tiempo), no te imagino, te pienso. Voy creando la carretera, los paisajes, los pasos hacia tu casa o el sol, a veces con detalles... pero a ti no te imagino: ¡cómo podría yo a ti, con todo lo hermosa-real que tú eres, crearte! No se puede soñar a otra tú, no pueden repetirte.

Inclino la cabeza, pues, ante la grandeza de tu realidad. Eres como el sol de las 5 de la tarde, en el que suelto mi ave para que se pierda en ella al perderse en ti.

4 may. 2014

Instrucciones para adivinar el futuro


Arguya algún plan para llevar a su mujer al dormitorio. Bésela cariñosamente. Trátela con cuidado, que aunque fuerte, es frágil y en ello también radica su belleza. Abrazos mediante, condúzcala a la orilla de la cama, guíe su mano hasta que ella se siente sobre la cama. Aleje sus largos cabellos de su espalda para no tirar de ellos cuando la acueste suavemente. Sonríale, contémplele la luz en los ojos (los ojos claros de su mujer, las pestañas enormes en las que piensa, cuando las ve, que podría colgarse).

Sin que lo adivine, retire de su abdomen la ropa, descúbrale la piel alrededor del ombligo sin desnudarle. Bese su vientre, acarícielo, sople la superficie y ponga sobre de ella su oreja, el sentido del oído. Cierre los ojos... y escuche. Recostado sobre la cama, junto a ella, la cabeza sobre su vientre, escuche. Sólo escuche.

Las voces de sus hijos, que también son los de ella, germen del amor y toda la fe, no tardarán en llegar. Hable con ellos, pregúnteles. ¿Qué les depara el futuro?

Vuélvase a sí mismo y piense, piense en lo que le han dicho sus hijos. ¿Algo no está tan bien? Entonces reconstrúyase, para usted, con usted, junto a su mujer, con ella y para ella. Permítase una pausa en su vida y escuche el vientre de su mujer. Escúchelo de verdad y piense. Eche mano de todo su amor y actúe.

Es fácil adivinar el futuro.

25 abr. 2014

Actitud positiva


Te quiero como 58 mil toneladas, como 25 navíos cargados en altamar, como 19 eras geológicas y 84 platillos gigantes de marcianos (platillos voladores)... Te quiero 48 Cíclopes, 99 eternidades de Borges, 74 paraísos de Dante, 39 legiones romanas, un millón de vueltas al mundo, el agua de doce océanos Atlánticos, tres árboles del Tule vistos por una hormiga, el brillo conjunto de 68 soles, el ruido de 29 mil trompetas al unísono... 

Te quiero tanto que mi corazón no alcanza... y te doy las buenas noches... así... como luego soy (ya ves), un exagerado.

23 abr. 2014

Las Indias


Hay algún lugar en el que soy lo que quiero ser; un sitio y el tiempo (un sitio en el tiempo, también cabe aquí esa combinación de palabras). El amor que hace falta, la esposa amorosa; el color de los libros propios (los que ya he escrito), el polvo en el título de doctorado que tengo en casa en ese instante, la biblioteca a media luz en la que me siento a trabajar y en la que entra a jugar mi hija conmigo. 

Cuando estoy allí, a ratos, recuerdo el esfuerzo que ha costado, lo orgulloso que me siento, contemplo el cansancio en los músculos de la espalda, el del trabajo. Ya tengo otras aspiraciones en la cabeza, ya miro más adelante en ese sitio en el que quiero estar, sigo creciendo, sigo pensando en grande. 

Yo sé que existe ese lugar, yo lo sé. Voy descubriendo, viajando por el Atlántico dentro de mí, las nuevas Indias. Nadie viene a decirme lo que no puedo hacer, yo voy inventando América. Hoy sólo estoy a medio mar, siendo paciente, trabajando... para llegar. 

15 abr. 2014

El símil y el intercambio


Tus cabellos cayendo, tus cabellos volando... Imagen fácil de evocar por lo preciosa que eres, de lo hermosa que te ves, con tus cabellos cayendo, tus cabellos volando... con el viento... en la playa (se antoja a mis manos, entonces, ser el correr del viento, entre esa hermosa parte de ti en la inmensa apertura del cielo, sobre de ti mi cielo). 

Aquí: viento melancólico, el día desteñido en las paredes de las casas, la oscuridad apareciendo desde encima de los muros... reflejar de luz de farol en las piedras. Un trinar de ropas y ventanas, sacudidas de cortinas, las plantas desde sus macetas se están meciendo. Aquí llueve, llenos de suspiros mi corazón... el constante pensarte... los chorritos de agua cayendo, dulces, entretenidos, alegres como tus cabellos... Mis manos mojadas por la lluvia, que de no ser por lo fría me harían sentir el sudor de tus manos.

Te cambio los escenarios, Luz, aquí los mezclo. Permutando mi existencia con la de mis recuerdos (esto que yo soy, por tu imagen cerca, a la vida se lo cambio). 

En serio voy a abrazarte fuerte cuando te vean mis ojos. De verdad te extraño.

13 abr. 2014

Impaciencia


(Del latín impatientĭa).

f. Intranquilidad producida por algo que molesta o que no acaba de llegar.


10 abr. 2014

La rutina


Te sorprendes cuando ves hacia afuera: todo a oscuras, el aire limpio... puede que tu vista encuentre nubes o muchos pájaros (en el terreno en el que construyeron el edificio en el que trabajas, hay mucho espacio para ver el cielo); quizás alguna o varias de las lámparas que iluminan los edificios no sirva, y entonces veas todas las estrellas, junto a la Luna, junto a tu soledad.

Es en lo que de momento, piensas, después de haber notado la hora y que ya te has de ir (el horario de salida siempre sabe a una puerta que se abre, ruido de llaves que salen del bolsillo, cierres de mochilas). Entre esas dos imágenes, piensas en ella, en la mujer que te ayuda, te imaginas en el sendero que da a su casa (cruzando el boulevard o bajándote del camión, pasando por la jacaranda donde su mano levantó una flor morada y la puso junto de ti). Te piensas, así como estás, cargando tu soledad  y llevándola hasta la ventana de su casa, hasta las oscuridades de la entrada de su departamento... o simplemente, mordiendo tu paciencia con el lado derecho de la mandíbula, porque ha de ser tu casa en la que has de beberte el café de la noche, el que te ayuda a la vigilia al llegar, el que bebes con el recuerdo de ella antes de dormir. (Recuerdas, pues, que le has enseñado a Orión, contemplas en tu mente el parque que con ella visitas, en lo que sabe su amor y su aroma, en la mejilla, en el hombro o en el sitio de su cuello y su color.)

El caso es que siempre, después del baño, todos los días, sigues una parte de la rutina, sientes la paz de la noche... la que corresponde al "ya no haré mucho más el día de hoy", a un "ya sólo resta dormir". Y es un pan que te comes, pero que siempre quieres partir en dos y darle la mitad a ella, a la que le has dicho que tu escritorio es un desastre... a la que ha deseado que ese escritorio también sea el suyo y el desorden sea de dos. Tú ya "preparas tu corazón" a la salida del trabajo, piensas en El Principito y en los rituales, en Orhan Pamuk y en cómo describe la incomprensión del proceder de un personaje, que prefería deambular por las calles a estarse por la noche en los brazos de su mujer. (Ah, y es que hoy por la tarde, viste regar el pasto en algún lugar y tu mente volátil construyó una casa en la que plantaste, con ella, el pasto del jardín.)

La rutina te sabe a muchos matices, te tiene el alma en vilo (saliva de perro de Pavlov) cada que le dices a tu mujer: amor, ya llegué. Y te sientes raro, y te cuesta creer la existencia de una vida así, en la que finalmente, después de tanta tormenta, eres feliz. Ella, hasta en su nombre griego, te hace feliz.

4 abr. 2014

Llamada de atención

17.marzo.2014
22:36 hrs.

Los conciertos para piano no. 2 y 3 de Rachmaninov: deja de hacer lo que estás haciendo, deja de pensar lo que estás pensando; cierra los ojos y solamente escucha. Pocas cosas exigen esa atención de uno. Es casi como un piquete de aguja en el brazo, un claxon de los que (cuentan) te dejan ciego por unos segundos y le dicen a tu mente: pon atención aquí.


20 mar. 2014

De la pobreza


El que poco ha tenido tiende a querer poseer la realidad: me da por pensar. Así de general: la realidad. 

Uno, transitando por ella, no tiene por qué evitar estirar la mano, arrancar de ella un trozo y guardárselo en el bolsillo... ¿Para qué? Una flor puede enmicarse, un libro comprarse y poseerse para tenerse en los estantes, una noche estrellada en el corazón, la letra de una canción, cartas, palabras, los bonitos retratos en el alto muro de la memoria, un cuadro sobre los rostros que antaño tuvimos para mirarnos como ya no estamos... para vernos, hoy, mientras duramos, para vernos hoy y de vez en cuando. 

¿Qué, realmente, se posee, sino el propio tiempo?... Uno podría sentirse pobre al no tener nada, al no quedarse con nada, al no tenerlo desde el principio. Pero quizás la pobreza está en creer que se posee lo efímero, en no aceptar el carácter transitorio de lo efímero. En sufrir por no poseer.

¿Por qué uno se fija en esas cosas? Muchos caminos pudieron haberle traído. La idea de haber tenido poco me trajo a mí.

Como el perro que busca la yerba que cura el dolor de estómago, mordemos una idea: poco se tiene siempre, siempre se ha estado aquí.  

2 mar. 2014

La ausencia de Luz


2.03.2014
5.35 hrs.

No hay luz en mi cuadra y el diablo se pasea por las ventanas. Tienta a las muchachas, a los jóvenes, a todo aquél que en este pueblo "bicicletero" dice tener moral el día sábado, va a emborracharse a la fiesta en el salón de la esquina e irá a misa hoy domingo. (Hoy, porque ya dan las 5 de la mañana)


El diablo en la oscuridad, viendo la calle apenas iluminada por las lámparas de las habitaciones de enfrente, en que quizás se desviste, para dormir después de bailar, una muchacha.

No sabe de Dios, ni de fulgores sin placer, no se encamina a una salvación: es el demonio, es dueño de sí, es real. Mítico animal del medioevo el que ronda mi casa, la noche del día primero del mes de marzo, mes en que saldrá el sol y su despeinado rayo, a partir de unas horas.

Me alegra la oscuridad, con Luz, con la intuición de Luz (nombre y suceso, materia y acción). No me interesa el diablo por calle La Paz, ni lo que haga con nadie allá afuera. Me interesa O., "la que ayuda", la que hoy me llena, porque me ha mandado, enviado, besos. Hoy tengo los besos de O. Hoy tengo luz, pese a la negra calle, en mi cuarto.

Y soy más feliz, muy feliz, más alegre que el propio Diablo. 

14 feb. 2014

Onírico


Ya son dos noches consecutivas que yo la sueño, Llorona... no he de decirle la manera, pero sí la posible explicación: quizás sollozamos (¿usted o yo?) por nuestros hijos... los de su espíritu y el mío... los que tal vez se están muriendo, sin que del todo hallan nacido.

Ya sabe usted: el amor frustrado de esta vida mía, vida veloz en los sentimientos... y todas esas cosas, "melcocha" del corazón...

12 feb. 2014

La botella de Klein


Dícese de la mujer que sueña tanto y tan a menudo, que tiende ella misma hacia sus sueños. Asomada al pozo de esos repetidos mundos ideales, se mira a los ojos en el agua... en el fondo, acaricia su bella nariz de agua con las pestañas. Sucede siempre en la noche de sus esperanzas. Duerme tan cerca de ellos (de sus sueños) que a ratos, sólo a ratos, se sueña a sí misma. 

A decir de mi amigo, uno no termina su obra hasta que pertenece a ella. Ella se dibuja en un lienzo (el de sus sueños) a sí misma. Ella, la mujer, comete el error de Narciso: preferir su imagen, a su propia realidad.


Para vos, que ya te vas...


Los adioses sin tiempo.

Escrito con paciencia y sin enfado. Diciéndomelo con el café y a las 5 de la tarde... y mi conflicto es que es de mí de quien te despides... tú, que te vas... y que soy yo, ahora, quien se queda. Ante la persistente idea de que también debo salir de aquí, escapar de esta prisión, huir, hacer algo más con la vida, siento tu partida como abandono ("tu abandono", le llamo entonces). 

En las entrañas del sentimiento está la espera de tu regreso. Se queda quien desea que vuelvas... Y no quiero éso para mí, no quiero esperarte. Lo he decidido, pues: yo no me estoy quedando aquí.

6 feb. 2014

Solucionario


Se me ha ocurrido que quizás mi destino esté jorobándome la espalda al decirme que vivo para resolver problemas. Mi oficio consiste en resolver problemas: no soy el payaso quejándose de que se rían de él. No. Me explico: si bien la vida es un constante resolver, caminar, resolver sobre la marcha, caminar para resolver, resolver sentado... dar solución... pareciera que ésa es la imagen, el tatuaje en la frente, la "vibra" que estoy expresando... Y se me acercan mujeres que confunden el "amor" (vaya cosa más disparatada) con el "resuélveme la vida", "cúrame"... "absuélveme"... 

No sin antes decir que he perdido el decoro en esta entrada, que no me importa y que no deseo ceñirme a él, escribo mi queja: a ésas mujeres no las quiero. Ellas caminan delante de mí y sólo regresan para "pedir y pedir"... o van detrás de mí y me hacen cargar con la responsabilidad del "sentirse bien", cuando sólo a ellas les corresponde. Quiero ser pareja, amigo, novio, esposo, amante... pero no padre. Padre se es sólo para los hijos. 

Comprendo bien que resolver problemas es parte de todo... no es que no quiera hacerlo, ése no es el punto. El punto es que quiero alguien que camine a mi lado, conmigo, junto a mí... que desee construir conmigo, para ambos, no valerse de mí para erigir con mis fuerzas las ruinas de su espíritu.

17 ene. 2014

¡Las once y sereno!...


Uno, que se cree lector... sin sospechar que es personaje de una novela. Y al espejo: Rubén, ¿quién es tu escritor?... ¿Estás dentro de una fascinante historia?... ¿Pueden tus ojos ver las tapas de tu libro?... ¿En qué capítulo estás?...

7 ene. 2014

Comodidad


No te involucres. Báñate de la ilusión de tomar el control con la indiferencia, fingiendo ignorar... Ante tus ojos es lo más inteligente... ante los míos, la salida cobarde. Brinca por el río de piedra en piedra, no te hundas en ninguna, termina el viaje diciendo que no conociste el mar, ni el río, ni nadaste. Mira las llamas a lo lejos, merodea en torno al fuego, no te darán calor, no llegarás a quemarte...

Quédate atada a tu silla. No habrá ni claridad de sol en agua, ni amor ni fuego que te deslumbre, que te arrulle entre sus brazos, que llegue a consumirte. Quédate en el lugar cómodo, el lugar común, de no vivir tus sentimientos... de no vivir en ningún sentimiento... no vivas en mí, pobre es tu espíritu: no me quieras... mucho menos me ames.

Quédate allí, lejos, sin verme. Mírame y no me toques. Tócame y no me beses. Bésame los labios una noche y olvida al día siguiente lo que haces. Golpea las botellas de celos... y no me hables.

Sigue tu senda sin saber quién soy, sin lo minúsculo de mi corazón, es despreciable... No habrás tenido conmigo vivencia qué contar, nunca digas qué sientes por mí... y mañana, hermosa, tu imagen frente al espejo: el tiempo no vuelve.

No vivas tus sentimientos, piedra filosofal, no vivas con éso que ya llevas ahí: no vivas conmigo, no prefieras mi hombro en la calle... no averigües cómo es extrañar mi olor, esperarme. Vive cómoda... allí donde no vives... Nunca duermas en mi pecho: vive cómoda, muerte de espíritu, en los brazos de nadie.

30 dic. 2013

Fin de año


"Nunca había sentido tanto frío..." Al decirlo, uno duda de si no es acaso la vehemencia del suceso lo que le está nublando la memoria. ¿Cómo comparar algo que se siente con el recuerdo de lo que se ha sentido?

Uno se lo explica a sí mismo y, al hacerlo, quitamos el molde, lo llevamos a otro lado... y a uno se le escapa una analogía (aunque, por tanto, resulta una posible mentira): "A nadie había querido tanto como a ella"... Nube de pensamiento, araña de cristal colgando del techo, el viento golpeando entre sí los delicados péndulos... pequeños chasquidos, un trinar, al poner juntas las piezas que antes no lo estaban... el frío... y el amor... Y digo mentira, porque ésto que se siente es distinto... y también fuerte. Tengo edad y experiencia para saber que es amor. Amor, fuerte y persistente, como el frío.

El frío y el amor. ¿Podrá haber sido tan frío su corazón?... ¿Ninguna de mis palabras conmovió un poco su corazón?...

Como todas las noches junto al cansancio, untado en la piel como el calor de un fogón, se da al traste con las dudas (de otro modo, no le dejan a uno dormir). Hasta que uno se mete a la cama todo es claro, es decir, es la incertidumbre la que causa inquietud: ¡me voy a dormir!, sin tener ni la más remota idea de dónde hará más frío, si aquí en mi casa o en el corazón de esa mujer.

27 dic. 2013

La moneda de 20 centavos


Siempre brincando bardas, pasando debajo de muros, de mallas... pidiendo permiso para pasar, enseñando la identificación a los policías, los vigilantes. Siempre una oficina a solas, cargando el traste de la comida, bebiendo café... el frío porque es muy temprano, el frío porque es muy tarde... Siempre huyendo de los de ceño fruncido en la oscuridad (pueden hacer daño), esperando se abran las bibliotecas, haciendo largas caminatas, disfrutando solitarios paisajes...

Siempre.. bueno, ¡casi siempre!, llegando a la escuela cuando todos descansan, estando en la oficina cuando no hay nadie.

¿Qué le hace falta a una vida, así, de alguien?

Schopenhauer puede ignorarse, ¿hasta dónde es suerte esta soledad?, la mía, un espíritu quizás no tan excelente.*


* La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes.
A. Schopenhauer


26 nov. 2013

Comparaciones


Borges decía, ya siendo adulto, que prefería las mañanas, a diferencia del Borges joven, que siempre gustó de los atardeceres. Hoy tengo las mismas preferencias, voy detrás del mismo afán, aunque como los perros tras los carros. No he podido evitar desasosegarme:
                         no estoy tan adulto... 
ni soy Borges.


20 nov. 2013

Patrones emergentes


El camino que lleva a casa. Las mañanas que cada ocasión se antojan distintas. Pero el ajetreo de los pies de los señores que, sigilosos, van a hacer desde temprano todos los mandados del mundo. Suéteres y perfumes recientes, cabellos aún mojados, manos frías... el café y su cabrón escándalo a cada nariz (a todas) antojándosenos. Una mañana, pues, que me trajo la nostalgia de la ciudad, los recuerdos de otros amaneceres menos ordinarios en los que también se precisaba volver a casa. 

Hoy fue preciso volver a casa... temprano (a uno se le hace tan tarde que vuelve a ser temprano) y bajarse, hombre común, en cuaquier parada del camión, desde cualquier asiento de ese camión cualquiera, conducido por un hombre ordinario, tosco, efímero... un día de noviembre, un día cualquiera. Camine por la plaza principal de este rancho cualquiera, recuerde los elotes en bolsita que no vende nadie (no tendrían qué estarlo sólo porque Gotitas de agua esté en mi cabeza... es muy temprano), y allá donde se ven los anhelos de su corazón (señor Diablo), junto a la Parroquia, contra esquina a sus pesares, frente a su agotamiento, tome el mismo sendero que lo lleva a casa: calle La Paz... una retorcida casualidad de esta vida de la que ya estoy cansado.

Hospitales, automóviles algo caros de los médicos, vestíbulos limpios y olorosos a pasillo de hospital... doble la esquina, calle de la amargura y la zona de las funerarias, los traficantes del hueso de manzana escupido al suelo que es el cuerpo de uno, ya viejo y sin el alma. Como quien avanza en el tiempo del primero enfermo y  ahora encerrado, se llega al Panteón.

Las vías del tren, emulando a Caronte, y yo sin un sólo óbulo... El Diablo casi ha llegado a su casa. Redención, purgatorio, vida después de la vida, está mi casa, pasando aquellos campos de flores marchitas, de recuerdos apagados. "Prolongación La Paz", una mala jugada del destino... o una premonición muy hija de la chingada.

19 oct. 2013

Conversaciones ajenas


- Elegí a Rosario Castellanos por ti. Citándola, "Poesía no eres tú".
- ¡Por supuesto que  no!... Soy una elegante prosa.

16 oct. 2013

Cinismo


Me gustan los miércoles. El trabajo me recibe más tarde, despierto habiendo dormido mejor y el café desde temprano sabe a un "esta mañana es mía"... puedo estudiar. Salgo a la tienda y no se ven los ataúdes de la funeraria de al lado, porque no abren. Tampoco trabajan en el negocio de vísceras, no tengo que aguantarme la respiración al pasar, ni espantarme las moscas... Los miércoles no fumo ni me quedo dormido en el escritorio, sinceramente. 

Me siento alegre en el ombligo de la semana, como le gusta decir a mi madre. Los miércoles ni siquiera pienso en tí.


6 oct. 2013

"Somos gente seria"


Despierto en domingo, muy temprano, antes que todos, se abren los libros, la enciclopedia recién adquirida (una imagen particular en el tomo de química, o el de historia, quizás el de literatura, junto a la puerta que mira al patio, que tiene el arriate, que tiene un limonero y limones verdes), se escucha la primera luz del día, del silencio en las calles, del asfalto quizás recién mojado, de este inicio grisáceo-azulado de domingo, del terreno baldío frente a la casa, tras las ventanas que casi son todo el muro, de mis 15 o 16, quizás 17 años.

Mi madre era la primera en despertar, porque su hijo estaba ya despierto y había que desayunar. Siempre lamenté hacer un ruido de más: un rechinar fuerte de la cama, quejido de la madera, ruido de la puerta. Me gustaba la sensación de seguridad a las 7 de la mañana, del sueño de mis padres y mis hermanos, actitud que he tenido siempre a quien he querido: vivir, permanecer, ser sin molestar, hacerme sin perturbar, velar un sueño... o varios. 

Ah, el "antes de irme de casa".

Y luego la vida fuera, las maletas y las ligeras cargas (unas mudas de ropa, unos libros, el despertador)... y la pesada carga de emociones. Vuelvo al aquí, al ahora: ¿en qué momento me extravié?, ¿cuándo dejé de ser yo mismo?

Las explicaciones tornan desde la nobleza hasta la falta de cariño. Dejé pasar a la gente con lodo en las botas a la casa de mi espíritu y se me dijo que vivía sucio. Me dijeron algo que yo no era y les creí. Quizás me haya dejado sin consuelo, sin una raíz o lugar propio, la separación de mis padres. Quizás hay mucho qué superar. Aunque aún no tengo claro qué hacer (receta de cocina, algoritmo, procedimiento a seguir), he vuelto a encontrarme a mí mismo. Fotografía del muchacho cargado de sueños, todavía vive en mí. Fortaleza antes que melancolía, determinación antes que compasión. Los años no pasan en vano.

Dicho en tono de broma (a medias), el señor que es mi amigo y otro señor, yo, decíamos: "somos gente seria". Yo era una persona seria, más que ahora. Árbol a cuyo tallo hay que amarrarle una varilla para que crezca derecho hacia el sol, uno requiere disciplina, trabajo, otra vez determinación.

Necesito seguirme viendo al espejo.

Blanco y negro (fragmento)*


En parte, esa sensación de blanco y negro tiene que ver, por supuesto, con la pobreza de la ciudad y con que, en lugar de exhibir lo que tiene de hermoso e histórico, todo esté viejo, descolorido, caído en desgracia y tirado a  un lado. En parte también tiene que ver con la modesta simplicidad de la arquitectura otomana, incluso en sus tiempos de mayor pompa y esplendor. Tanto la amargura de ser los supervivientes de un gran imperio como el que, comparados con los europeos, no tan alejados geográficamente, los estambulíes estén condenados a sufrir una especie de pobreza opresiva como quien padece una enfermedad incurable, alimentan también ese espíritu introvertido de la ciudad.

Para comprender mejor ese ambiente en blanco y negro recreado una y otra vez, que acentúa el sentimiento de amargura inherente a la ciudad y que es compartido por todos los estambulíes como un destino común, hay que venir a Estambul en avión desde una rica ciudad de Occidente y sumergirse de inmediato en las atestadas calles, o ir un día de invierno al puente de Gálata, el corazón de la ciudad, y ver cómo la multitud pasa por allí con una ropa de colores indistinguibles, descolorida, gris, sombría. Al viajero que viene de fuera le parece en un primer momento que los estambulíes de mi edad, que al contrario que sus ricos y orgullosos ancestros se visten raras veces de colores brillantes, rojos, verdes y anaranjados deslumbrantes, prestan un cuidado especial en no llamar la atención con su ropa, como si fiera una obligación moral secreta. Por supuesto, no existe tal obligación moral secreta, pero sí hay una intensa sensación de amargura que sugiere una moral de humildad. El sentimiento de derrota y pérdida que ha ido cayendo lentamente sobre la ciudad en los últimos ciento cincuenta años, la pobreza y los restos del desplome pueden verse en todo, desde en los paisajes en blanco y negro hasta en la ropa de los estambulíes.

Las manadas de perros callejeros, sobre los que escribieron con el mismo entusiasmo todos los viajeros occidentales que vinieron a la ciudad en el siglo XIX, de Lamartine a Nerval o Mark Twain, también alimentan esa sensación mía de blanco y negro, enriqueciéndola con una cierta inquietud. Esos perros, todos parecidos, ninguno de ellos de un color en exceso definido, que son pardos, ceniza descoloridos u ovillos de múltiples colores entremezclados y que continúan paseando por la ciudad con el mismo sentimiento de libertad y poderío de antaño, recuerdan, como minas errantes, que, a pesar de todos los esfuerzos de occidentalización y modernización, de los golpes militares, de la disciplina estatal y escolar y el sistema nervioso de Estambul lo recorre, más que la fuerza del Estado y del poder, un sentimiento de futilidad, de dejadez y de compasión.

Otra cosa que convierte en más permanente la sensación e blanco y negro es que no hayan existido ojos capaces de percibir ni manos capaces de pintar los triunfantes y felices colores del pasado que surgen del interior de la ciudad. No hay un arte pictórico otomano que pueda responder satisfactoriamente a nuestro gusto visual actual. Tampoco existe hoy en ningún lugar del mundo una obra o un libro que acomode o acerque nuestro gusto visual a la pintura otomana ni a al persa, que le sirvió de ejemplo. Los ilustradores otomanos, llevados por un entusiasmo que se limitaba a las miniaturas iraníes, vieron Estambul no como volumen o paisaje (de la misma manera que los poetas del Diván apreciaban y elogiaban la ciudad no como si fuera un lugar real sino como una simple palabra), sino como una superficie plana o un mapa (el mejor ejemplo es Matrakçi Masuh). Al dirigir su atención, como ocurre en los libros de ceremonias, a los súbditos del sultán, a los gremios, a la riqueza de sus herramientas, habilidades y objetos, pintaron la ciudad no como un lugar donde transcurría la vida cotidiana, sino como una escena de una parada oficial, o como si fuera un rincón importante al que la cámara enfoca a lo largo de toda la película.

Así pues, cuando a los periódicos, revistas o libros escolares les han hecho falta paisajes del pasado de Estambul para satisfacer el gusto de millones de personas, más o menos construidos a partir de fotografías y postales, se han visto obligados a utilizar los grabados blanqueado-ennegrecidos de viajeros y pintores occidentales. Tal y como explicaré luego con el ejemplo de Melling, los tiempos más felices de la ciudad fueron pintados en color, aunque solo fuera con los humildes colores de la aguada, pero los estambulíes no pudieron disfrutar del placer de ver su propio pasado ni siquiera con esos colores y, por razones técnicas contra las que nunca se rebelaron y que asimilaron como si fueran su destino, siempre vivieron su ciudad con un sentimiento de blanco y negro. Esa carencia estaba en perfecta armonía con su amargura.

Las noches de mi infancia eran hermosas porque, como la nieve, cubrían el ambiente complejo y agotador en que se iba sumergiendo la ciudad según se empobrecía, porque la hacían más poética. Como en mi niñez no había demasiadas construcciones altas, las noches de Estambul no se introducían como una tosca superficie por las casas, por entre árboles y ramas, por los cines de verano, por los balcones y por las ventanas abiertas, sino que se iban infiltrando con una elegancia acorde con la estructura sinuosa de la ciudad, con sus cuestas y sus colinas. Me gusta este grabado hecho en 1839 para un libro de viajes de Thomas Allom porque muestra la penumbra como un elemento mágico de un cuento. Como la luna llena, esa cultura del claro de luna que comparte todo Estambul libra a la noche de convertirse en una oscuridad ciega y, sobre todo, sirve para mostrar la misteriosa fuerza de la penumbra como fuente del mal; a mí me gusta más su luz cuando la muestran como media luna o, como ocurre en este grabado, anteponiéndole unas nubes, como si fuera una lámpara cuya luz se debilita para que se cometa un asesinato.

La noche potencia el espíritu en blanco y negro de Estambul, porque le da un aire de sueño y de cuento y porque es una arcana fuente de maldades. La mirada del viajero occidental, que ve la noche como algo misterioso y encubridor, que oculta la excentricidad inaprehensible de la ciudad y que facilita con su oscuridad que se cometan nuevos crímenes, se parece a la del estambulí incapaz de comprender las conspiraciones e intrigas del interior de los palacios. La repetida historia del cadáver de una mujer del harén o de un criminal al que sacan por una poterna de los muros de palacio al Cuerno de Oro y al que arrojan al mar desde una barca es algo que agrada tanto a los viajeros como a los estambulíes.

El crimen de Salacak, cometido en el verano de 1958, antes de que yo hubiera aprendido a leer y escribir, basado en unos elementos por cada uno de los cuales yo sentía una finidad especial, como la noche, una barca, las aguas del Bósforo y otros parecidos, no solo sirvió para enriquecer la imagen mental en blanco y negro que tenía del Bósforo, sino que además ha subsistido en mi corazón a lo largo de toda mi vida como un sueño terrible. El protagonista de aquel suceso, de quien supe por primera vez gracias a las conversaciones en casa y al que los periódicos de Estambul acabaron por convertir en leyenda a fuerza de insistir, era un pescador joven, pobre y borracho. Por culpa de las atrocidades del "Monstruo de Salacak" (que, para violas a la madre que se había subido a su barca con sus dos hijos con la intención de dar un paseo, arrojó a los dos niños al mar provocando que se ahogaran), se nos prohibieron durante un tiempo no solo diversiones como salir a echar las redes con los pescadores cuando estábamos de vacaciones en la casa de verano de la isla de Heybeli, sino incluso andar solos por el jardín de casa. Años después de aquello, la imagen de los niños arrojados por el pescador al mar picado, intentando agarrarse con dientes y uñas a la borda de la barca, los gritos de la madre y el pescador golpeando en la cabeza con el remo a la madre y a los hijos me siguen viniendo a la cabeza como una fantasía en blanco y negro cuando leo las noticias de asesinatos en los periódicos de Estambul (un trabajo que realizo con sumo gusto).


*Orhan Pamuk. Estambul, Ciudad y recuerdos.

22 sept. 2013

Cielo de otoño para un papalote

Hoy inicia el otoño, la estación del año más hermosa. Cielos grises, hojas secas de colores, meciéndose en sus ramas o perdidas al viento... matices variados en las calles, las plazas, los edificios, jardines, las terrazas... Y tengo mucho qué contar, imágenes qué evocar: la avenida San Fernando, mi soledad y el café en el Centro de Tlalpan, los libros de Miguel Ángel de Quevedo, el fútbol de la infancia en los campos de Sarabia, los días de campo con papá en Tenam, las comidas en el pasto de Ciudad Universitaria, un "te quiero" en las hojas bicolores de los árboles al entrar a la Facultad de Ciencias, el viento fuerte en el barrio La Cueva en Comitán, el llano de Nicalococ y los paseos con mi hermano, la Herradura antes de que se poblara... el último y enorme papalote que llevé a volar con un batallón de niños en La Candelaria... La avenida 5 de Mayo (ah, ese café con leche), el brazo de mujer con el que quise recorrerla y que nunca llegó... El callejón El Tecolote y su olor a vida nueva. La Colonia Hidalgo, mi casa de detrás de El Bosque, la piedra volcánica, los caminos largos, las hojas de colores. Las hojas de colores. El viento y las hojas de colores. 

Siempre ha venido hacia mí el otoño con algo nuevo, con algo bueno. Siempre me ha querido este sonriente otoño. Hoy inicia uno nuevo.

Bienvenido, otoño de mis 28 años. Te abro la puerta como cuando llegaba a casa mi abuela, con la misma alegría, las inquietudes de siempre: ¡quién sabe desde donde has venido?, ¡mira cómo te ves!, ¿sientes tú esos tus olores? Déjame notar lo que traes de distinto. ¿Traes algo para mí, precioso otoño?, ¿harás llover como tanto nos gusta? ¿Qué me vas a regalar en octubre?, ¿qué cosas sencillas y bellas dejarás, esta vez, en mi vida? 

¿Con qué cosas buenas me ayudarás a comenzar otra vez? Siéntate aquí conmigo, vamos a ver el agua y sus gotas aplastadas en la ventana... vamos a beber chocolate, vamos a beber café. ¿Quieres? Vamos a caminar, que se pongan a crujir bajo nuestros pasos las hojas que tiraste. Vamos a respirar el color, a cerrar los ojos y a dejarse ir.

Particularmente hoy, que amanecí con ganas de ser feliz, te digo (me digo): ¡qué bueno que ya llegaste!  

11 sept. 2013

Me gustan mis ojeras

El leve color azul bajo mis ojos. Me digo: aprendo a trabajar, me renuevo. Otra vez estoy siendo yo, me gano a mí mismo mucho terreno. Otra vez los sonidos de la oscuridad: el viento por las ventanas, la gotera en el baño, el café azucarado en mi tacita humeante. Estoy de buen ánimo.

Nunca imaginé la vida así, hay mucho en ella que me gusta (no todo, no siempre me conformo). Los objetivos son claros, pero la vida es quien va dictando el método. La vida que se impone, la realidad que siempre nos manda. Quizás esté más abierta la mente.

A paso firme, viaje a pie, el del filósofo. Uno le debe mucho a su oficio como para no procurarle.

28 ago. 2013

El 28 de agosto de mis 28 años

Dibujemos con tinta china una flor en el calendario... Por favor, en una maceta con tierra húmeda. Pluma fuente viejita, pero útil. Corazón parlanchín y mente abierta. Voluntad de hoja perenne en el árbol de la vida, perseverancia de quien alcanza una segunda oportunidad... insecto prehistórico en ámbar, en su resina. Abiertas todas las ventanas de mi casa, actitud de madre supersticiosa pero optimista, para que el viento nuevo corra bajo la lámpara del escritorio, luz de mis esperanzas.

Estas hojas no se mueven, ni se desprenden las ramas.

Un asterisco en el numerito... el 28...  miércoles loco del mes de agosto, matemático de 28 años. Ritual necesario, regresemos otra vez en el camino, sintámonos innumerables y plenos. La vida es buena, aún sin sueño. Que espere morfeo, quiero vivir despierto.

Volvamos a empezar, endemoniado señor, muy cabrona ésta, su suerte. Fortaleza ahora suya, la de siempre. Sabio su padre, señor Diablo. Sigamos viviendo un poco.

27 ago. 2013

Delicado

He vuelto a soñar un transplante de corazón. Lo presencié ahora en otra persona. Un hombre en un quirófano, con los ojos (ventanas a las entrañas) abiertos y misericordiosos. Luego, la desconexión de su corazón, esa carne frágil y delicada que lo mantenía con vida... y la muerte temporal sucediéndole al caer de sus párpados.

Y la carne nueva, un latir distinto, volvía a abrírselos. Minúsculas gotas de sangre le brotaban por el cristalino y se dilataban de nuevo cada una de sus pupilas. Me sorprendía sobremanera su renacer.

Y él, quizás ya consciente de nuevo, nunca volteaba los ojos hacia mí, como al principio. No advertía mi presencia.

Desperté pensando en la fragilidad de la vida humana. En la fragilidad de mi vida.

26 ago. 2013

Carta responsiva

El hombre está dispuesto siempre a negar 
todo aquello que no comprende.

Blaise Pascal


Apuntes escritos de un tirón.

Quise mezclar en un solo lugar varias cosas. Una fue mi pensamiento, quitándomelo de encima como camisa mojada que produce frío... en su virtud de la razón de algunos pesares. Otra fue el recordar mi niñez, esas imágenes que hace muchos años no volvían a mí, como causa de leer una autobiografía de Pamuk, en la que describe sus barrios, casas y calles, de sus edades tempranas. La tercera fue una amalgama de las primeras dos: yo, un niño, sentado en el suelo de la sala de su casa, desenredando la serie de luces de navidad, desenredando tu recuerdo, mujer, lo caótico, vil, humillante, maravilloso, increíble y extremista de "lo nuestro" (si alguna vez fue tal cosa). Se llame como se llame lo que me quedó entre manos... ahora que he vuelto a destaparlo, que he vuelto a sacarlo de donde lo dejé. Sentí que ya era tiempo. 

Escribí, entre tanto, un párrafo que me gustó:

"Me dicen siempre que uno no debe mostrar debilidad ante lo que le causa picazón, que hasta en los manuales de las buenas costumbres se menciona que siquiera hablar de tal o cual asunto es darle a éste cierta importancia, cuando el arma que se quiere mostrar es la de la indiferencia. Dicen que poner en la mesa del café lo que siento (sentía) por tí, si acaso ello llega a tus oídos, es darte poder, que no autoridad, si un efecto de tu voluntad sobre mí. Pero si de voluntad debe hablarse, pongo de manifiesto la mía: esas actitudes de guerra siempre me parecieron un privilegiar las apariencias a la sinceridad. En ese sentido, pueden irse mucho a la mierda: yo siempre he sido un hombre sincero."

Y fue todo lo que pude rescatar. Quería hacer una carta responsiva: ¿de qué fuiste responsable, de qué lo fuí yo? La ocurrencia me hizo feliz y me senté a escribirla. Por ello la rimbombante epígrafe. 

Pero me quedé a medio camino. No sentí necesidad de seguir: el trabajo, de este lado de la cerca, está hecho. La razón era volcar en una sola carta el bagazo de todo este asunto, quitarlo de mi alma, deshacerme de él, como con todas las cosas materiales tuyas en mi casa. El caso es que ya nada encontré. Me dije, pensé para mí: algo he de estar haciendo bien. Me sentí aliviado, me sentí en paz. Porque no es pecar de soberbia con la cita de Pascal, pero siento que no tengo que negar nada de este asunto, porque lo comprendo todo.

El tiempo, vía de tren sobre la que uno coloca la autoridad de las distintas realidades que va uno viviendo, dirá después si en algo me equivoco, como lo ha hecho siempre en todas las demás situaciones de la vida. Pero al día de hoy he tomado mis decisiones. Al día de hoy he hecho todo del mejor modo posible, como lo ha dictado mi sentido de lo correcto, como exige mi bienestar personal, el tuyo y el de los demás involucrados... como lo siente mi corazón.

Queda muy bien, pues, la cita de mis propias palabras (éso es gracioso): las convenciones sociales pueden irse mucho al carajo. Aquí mi conciencia manda... precisamente hacerle caso es ser sincero, es no mentirse a sí mismo. Y yo aquí he terminado... y yo aquí estoy en paz. Quiero seguir adelante.

No hay nada más qué decir. No tengo más qué decir.

22 ago. 2013

Falta de carácter

Lo pienso un poco: mañana cristalizo más autoridad, el aplomo mental de quien considera ha visto bastante (que no mucho ni, obviamente, todo) y transcurrido por una vida mucho muy bien pensada. 

¿Y adivine qué? Ningún golpe, ningún extravío, no las depresiones de los terrenos que han andado mis pies, no mis profesores envidiosos ni las malas compañías, no una organización política ni los institutos de matemáticas, ningún mal amor, no los desvelos, ni el exceso de ácido estomacal... han podido conmigo. Si ni siquiera una eclampsia de mi madre y una de mis piernas rotas evitaron que naciera, ¿por qué iba a detenerme ahora?

Si no lo ha advertido, la vida le obliga a uno a parirse a sí mismo una y otra vez (sí, alguien más antes lo dijo). Léase en el título un sarcasmo.

Ahora, ¡vengan ahora!, que soy una amalgama de experiencia, juventud, educación y fortaleza. ¡Que empiece el primer round, que estoy alegre!

Soy El Diablo, ¡muy buenas noches! Caballero de fina estampa, Chabuca Granda... que me han dicho, me dijeron.

Bienaventurados, bienvenidos sean, dulces 28 años.  

21 ago. 2013

Dos poemas (fragmento)

En mi casa, colmena donde la única abeja
volando es el silencio,
la soledad ocupa los sillones
y revuelve las sábanas del lecho
y abre el libro en la página
donde está escrito el nombre de mi duelo.

La soledad me pide, para saciarse, lágrimas
y me espera en el fondo de todos los espejos
y cierra con cuidado las ventanas
para que no entre el cielo.

Soledad, mi enemiga. Se levanta
como una espada a herirme, como soga
a ceñir mi garganta.

Yo no soy la que toma
en su inocencia el agua;
no soy la que amanece con las nubes
ni la hiedra subiendo por las bardas.

Estoy sola: rodeada de paredes
y puertas clausuradas:
sola para partir el pan sobre la mesa,
sola en la hora de encender las lámparas,
sola para decir la oración de la noche
y para recibir la visita del diablo.

*Rosario Castellanos

31 jul. 2013

Necesidad de Dios

Siempre pensé que había perdido la fe... la que de niño me movía a cerrar los ojos en la cama y encomendar el alma y el cuerpo a cualquier cosa que éso fuera: fuerza invisible, voluntad inalcanzable y suprema... la deidad, lo más grande. La había dejado en el camino.

Hoy (y quizás gracias a "Él", a la suerte, a las circunstancias, a la ramera fortuna) ellos dos están vivos y casi sanos... pueden contar la historia, como nos gusta decir. Pero el susto. Ante tal susto, hoy sentí necesidad de Él, de Dios... y le acepté... y le agradecí... sin pensarlo un instante. Me vi a mí mismo como cuando tuve fe.

El egocéntrico piensa que quizás sólo soy un poco más fuerte que los demás, fortaleza que yace en otra filosofía. Dentro de ese pensamiento, el prudente, que sólo un poco. A su vez, el del centro dice que talvez los "sustos" me repiten los arcaísmos de mi fe, que quizás la fe no fue completamente perdida... un antepasado de mi alma, antepasado aún visible en los huesos fosilizados. Al final, el observador todo lo piensa y lo reúne. El que recibe todo al final, abstrae y construye... arma y pega para la posteridad. Todos somos uno mismo. Siempre lo hemos sido. Lo seguimos siendo...

(aunque a varios kilómetros) junto a ellos dos... los del inicio.


Gracias a Dios.

13 jun. 2013

La niña en la banqueta...

con la mochila hasta los aparejos y un cuaderno en las manos, de ésos con los que le mandan a uno al catecismo, a rayas, lleno de garabatos a lápiz. Su madre, señora gorda que no cabe en el espacio pequeño que camina la niña y debe bajarse a la acera, regañándola:

- ¡Tienes que aprender a hacer bien los números!

¿Yo?, viéndolas pasar, poniéndome el saco que sí me queda: Don Rubén, señor matemático, usted también tiene que aprender a hacer bien los números.

31 may. 2013

La independencia de las ciudades

Nuevas notas sin orden ni brillo, divagaciones de siempre.
Mayo de 2013.


Largas conversaciones con amigos, conocidos, amantes, compañeros, novias, personajes circunstanciales de mi vida, familiares... y hasta con el hombre recién rasurado que soy, con todo y los residuos de espuma de afeitar en las orejas, han terminado en un "la vida es más grande que todo". Ulises lo decía siempre, a partir de hoy ha tomado para mí un más profundo significado.

Quizás el dormir la noche en una sola pieza, ponga a hervir lo que ha estado latente en la cabeza tanto tiempo y deje en el pocillo éste de barro lucidez, una suerte de sedimento calientito, como la panela de Tzimol.

La vida trasciende las ciudades. Mis ciudades. Imágenes de las cosas que pensé en la mañana.

Coffee break

Bossa Nova de toda noche y cada madrugada: sorbo de café caliente, el alma en paz (al fin, en paz) meciéndose en las ramas, sin despertar a los pájaros...

27 may. 2013

El propio lugar

He aquí las dificultades, lo complicado de su vida, los problemas a su nivel (porque es éso: su vida). ¡Vamos, señor Diablo, resuélvalos! Pruébese a sí mismo que es tan grande como dice ser.

23 may. 2013

Johny tocó la puerta...


Quería ver si había alguien en casa y vino a devolverme las cobijas, colchonetas y almohadas que le presté cuando recién llegaron su esposa y sus hijos. Había dejado de ocuparlas, decía. Aquí están, muchas gracias.

Le invité a pasar. Después de dejar las cosas en la cama y salir de nuevo la puerta, se detuvo para observar el pobre arriate, con las plantas tan secas como sólo mi descuido podían haberlas dejado así.

- Dejaste que se secaran.

Me dijo. Y yo entre toda mi maraña de pensamientos, entre todas las dificultades que ahora vivo. No importa lo que le respondí. El caso es que ninguna otra frase tan pequeña y tan certera como la que salió de su boca, había definido lo que pienso desde hace algunos días acerca de algunas de mis ilusiones.



21 may. 2013

Ignorancia

Pronto me iré de aquí.

Tengo muchos sueños en varios lados, como botellas en la ciudad el borracho del cuento de Petrovic.

¡Qué ibas a saber tú de mis sueños!

18 may. 2013

De la camisa y el pantalón...

Te dicen desaliñado
porque están acostumbrados a los jardines
no a las selvas.

Jaime Sabines


Yo, mi alma libre, apresada en un lugar limpio.

¿Desaliño del alma?

La forma y el contenido... ¿quién es quién?

16 may. 2013

La caja de juguetes

¡Buenas! Esta será una canción feliz: he vuelto a hallar mis juguetes.

Me gusta el candor de la noche, este humo de café recién tostado que me hace toser. Puede que llueva… hace poco ha llovido.

¡Venga!, vamos a bailar con esta canción, póngala a todo volumen. Sonría, le viene bien el pilates a las mejillas: 1, 2, 3… 1, 2, 3… ¡estire! Fíjese: el corazón de Neruda tenía 4 costados cuando era feliz*, ¡el mío tiene 6 caras! Cubito que vibra con las trompetas, siento gusto al sonreír. Yo también tengo derecho a sentirme más inmenso que el mundo que abraza cada pájaro con sus alas.

¡Anda! Pongamos a Sinatra a cantar You are the sunshine of my life y dediquémosla a ella, género femenino, caprichos de mujer: la vida. La vida, que es inmensa, que está en todas partes y que morirá conmigo: ella.

¡Órale!, vamos a cerrar los ojos y a brincar sobre la cama… que me niego a ser una lima y a amagarme con los golpes. Quiero ser un fruto gordo, jugoso, colorido e inmenso como las sandías.

¡Mamá, soy feliz!, otra vez he hallado cada idea feliz. Me siento como cuando papá me devolvió la caja, la que yo había olvidado en la mudanza, con mis juguetes.


* Pablo Neruda. Oda al día feliz.

12 may. 2013

Adjetivos posesivos

Anoche dormí en casa ajena y hacía mucho que no sentía lo que anoche: comodidad.

El pensar: no poseer, no cambiar orden, respetar... que ésas no son tus cosas, que ésa no es tu casa... hacen sentir paz.

Llevar al idea a un extremo podría ser útil: respeto por la tierra, por los órdenes, ¿qué se siente aplicar éso en la vida? La "madre tierra" de los chiapanecos... el tan repetido "a uno no le pertenece su propia madre"...

Inevitablemente caemos al lodazal: la relación con la mujer... la relación de la mujer, con uno. ¿Por qué ella piensa que me posee?, ¿qué especie de "su" soy de ella?... ¿hasta dónde?



10 may. 2013

Viernes social


Los sentimientos fugaces, los que surgen y pronto se evaporan en el viento. Ésos, los que no perduran. Es común tenerlos aquí el viernes. El viernes, en que la liberación del espíritu (quiero pensarlo de ese modo) es ajonjolí de todos los moles, porque muchos salen del negocio, de la escuela, del oficio o inician otra parranda... Hoy es día para alegrarse, para aventar el uniforme, el saco, los tacones, la falda o el traje, soltarse el pelo o peinarse... Salen a las calles y se agolpan unos con otros, pero nadie se ofende: es viernes. Es viernes, ¡a comer!, salimos del trabajo, ¡a bailar!... ¡gracias a Dios es viernes!... a beber o a besar... a caminarse uno junto a su pareja, a los hijos (los hijos que a ratos caminamos el mismo sendero que los padres)... la tarde romanticona, ¡por fin es viernes!

En casa, en la pequeña ciudad en que nací, los viernes eran un día más de trabajo. De ahí me sorpresa por los viernes de las otras personas en las otras ciudades: el viernes podía pensarse de otro modo. La soledad, entonces, le hacía a uno travesuras y desde hace tiempo sufro los viernes. Los sufro al salir de la escuela, al no ser yo parte de esa masa amorfa y jubilosa en las calles. Aumentando el peso en los hombros, sale a mi encuentro en cada esquina, con todo y su vestido de fiesta, su zapato boleado... en las subidas.

(Le digo bajito: hay que beber chocolate, porque los viernes es más amargo el café.)

Es por éso que hoy no subiré a mi habitación, no a la mesa con los libros en que reposan las madrugadas los ojos. No sufriré este viernes, este viernes no. Hoy dejaré de ser el observador del estanque y, desnudo, me lanzaré a él... voy a incluirme en las masas amorfas que sonríen. ¡Al demonio las elecciones propias!, al diablo este pensarse diferente. Hoy me echo un clavado en el viernes.

Viernes: ¡ahí te voy!

8 may. 2013

Boca de llanto*


Boca de llanto, me llaman
tus pupilas negras,
me reclaman. Tus labios
sin ti me besan.
¡Cómo has podido tener
la misma mirada negra
con esos ojos
que ahora llevas!

Sonreíste. ¡Qué silencio,
qué falta de fiesta!
¡Cómo me puse a buscarte
en tu sonrisa, cabeza
de tierra,
labios de tristeza!

No lloras, no llorarías
aunque quisieras;
tienes el rostro apagado
de las ciegas.

Puedes reír. Yo te dejo
reír, aunque no puedas.


*Jaime Sabines


28 abr. 2013

El viejo amargo


¿De qué sirve al hombre ganar el mundo
si pierde su alma?

Blaise Pascal


I

Necesitaba un lugar donde vivir y había visto el anuncio junto a su puerta: "Se renta cuarto". La casa y la calle-travesía hacia ella me hizo pensar desde el principio en los pavimentos de la colonia en la que yo vivía cuando niño. Azul polvorienta la fachada, un portón beige carcomido por los años prometía un fresco pasillo-cochera a través del que se llegaba al claro del centro del edificio... y al cuarto.

- Mil cuatrocientos pesos. Sin mascotas, sin niños. El baño es compartido.

Subía por una escalera de metal negro hacia el cuarto prometido. Un cuarto de 2 piezas, una puerta, suelo de cemento, una ventana pequeña. No podía verse llover. La luz del sol que lograba sortear la diferencia de alturas entre mi cuarto y el edificio de enfrente, casi moría en los cristales viejos de aquella ventana.

No se negocia con la necesidad, ésa con la que acepté el trato y pagué 2 meses por adelantado. La necesidad, que otras veces había vuelto el asunto un alarde de creatividad.

La llegada de la cama, la mesa, los estantes de plástico y los libros, fue genial. Cada rincón y pared establecidos se ocupaban con fines útiles y sin enfado. Una escoba, los libros desempacados, ¿por qué no una cortina?; esta última de colores fuertes, alegres y vivos forma de plantas, para la tristeza de la ventana. La puerta casi siempre abierta para la luz-salud de los ojos... y el polvo, sobreviviente eterno de cada mano diligente, de todas las escobas del mundo.

II

Se comenzaba con la vida a las 8 de la mañana, por las obligaciones que yo tenía. Uno bajaba por aquellas escaleras y al ruido hallaba a don Antonio, viejo, hombre de rasgos duros, moreno, con dificultades para moverse. Intentaba ser cordial desde la entrada de su casa, ahí abajo:

- Buenos días, joven.
- ¡Buenos días, señor Antonio! Nos vemos por la tarde.

La casa de uno siempre es reflejo del alma, o al menos de alguna faceta de ella. En éso siempre pensaba cada rechinar del portón a la salida, en que salía con las imágenes de aquella casa oscura y triste y demás translúcidos pensamientos. El alma de don Antonio era triste. Triste cuando me enseñaba a usar el cubo de agua para el baño (su énfasis, que rayaba en lo ridículo, en ahorrar el agua); triste, cuando subía con dificultad hacia mi puerta; oscura, de la oscuridad de la que salía siempre por las mañanas; tacaña, siempre que de sus labios recibía yo una amonestación por la luz en mi imposible ventana a las 2 de la mañana, gastada, según su visión, en vano.

Había sido un hombre muy pobre y muy sólo. Lo advertí desde que apenas se ponía él sobre los hombros la confianza para hablarme de su vida. Lo advertí, porque en él me había visto a mí mismo.

Afanado por el control, se molestaba al yo no hacer las cosas con la precisión que él esperaba. Mi modo de vida fue una especie de aberración a su modo de ver el mundo y ardía en coraje al ver que tenía yo mis razones para continuar, así, con ella. Erraba al pensar que una de ellas era el yo querer contrariarlo.

Cada tarde, sentado ante mi mesa, abierta la cortina y la ventana de cataratas, le veía cruzar por el pasillo en la segunda planta, subir la escalera de madera al lado del baño y revisar el tinaco. Absorto en mis papeles, mis números, mis líneas de texto o los pensamientos vagos, no siempre le veía sino hasta que llegaba al techo. Me llamaban la atención su lentitud, parsimonia y terquedad, su falta de aliento.

Fue solamente una la vez en que aparté la vista del papel y le ví salir de su casa, subir hacia mí, saludarme en su paso por mi ventana, y olvidarse de mí cuando revisaba el tinaco. Sólo entonces me permití pensar en él. Nos pensé, a él y a mí, en su soledad, en su ser testarudo y su vejez... y me sentí miserable.

III

Cierto era que olvidaba mi casa y la dejaba atrás en el camino la habitación, a don Antonio y la maraña de pensamientos. Pero a ratos, camino de regreso, le hallaba al viejo en su bicicleta de panadero, dirigiéndose a ningún lugar, pensaba. Porque aunque fuese al mandado a pagar la luz, a comprar una manguera nueva o por cualquiera de los enseres domésticos, ningún escenario físico le habría de cambiar el alma, si la tenía marchita. Dicen los físicos que el movimiento involucra un cambio de posición y no hay cambio aparente en el mundo, cambio de posición para el alma, si se tiene negra e inmutable.

IV

Comenzaron las lluvias y su capacidad de poner todo en relieve en el paisaje subsanaba, como siempre, las ausencias en mi corazón. Pero el viejo, amargo, sufría el frío y los residuos de tierra y polvo que la bendición caída del cielo dejaba en los depósitos de agua. Así, no sólo su casa era una cueva oscura con goteras en la entrada, también lo era el sitio ignoto en el que ardía, apenas dando luz, la minúscula llama de su espíritu.

No era raro, pues, pensar en por que no había a su lado una mujer (no estaba tan viejo), aunque tampoco sabía si la partida de otra había sido lo que acaso causara tal erosión en su corazón.

Mi "terco" modo de vida y su persistencia por controlarla tendría 2 consecuencias: que considerara largarme un buen día de ésos... e, inevitablemente, una discusión, una disputa.

Decidí apegarme a la primera, sólo después de la segunda. No la tengo presente ahora con pelos y señales, sólo recuerdo en esa disputa una acusación que dolió.

Yo había llegado hacia la medianoche el día anterior, es cierto, pero mis pensamientos no tenían otro par de pies que hicieran ruido de pasos en las escaleras de metal. El viejo se enardeció porque creyó que esa noche yo había dormido en casa con una bella mujer (aunque, en esos días, ciertamente yo me enamoraba de una). Juraba haber escuchado 2 pares de pies. Yo sostenía que no y era la verdad. Después de recorrer ambos con las emociones una que otra montaña, trepar desde las simas y mantener el aliento en las mesetas, caí en la cuenta que su coraje hacia mí no era el engaño, como quiso hacerme creer, sino que yo (alguien a quien él ya detestaba) tenía algo en mi vida que él no: la hermosa compañía de una mujer. La envidia puede ser una declaración de inferioridad,* pero él no sabía (ni tampoco se lo hice ver) que mi dolor era porque, curiosamente, tampoco podía tenerla yo.


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*"La envidia es una declaración de inferioridad". Napoleón.

25 abr. 2013

Cello, piano y violín

¿Cómo reír el llanto? El llanto que se presume insípido, pero sabe amargo... que le sube a uno por un pulmón, hace estallar los ojos y se aloja como mala yerba, trepa el alma de uno, perfora el corazón como gusano, le pudre, le envejece, le arruga, le destiempla... ¡veneno! Y no puede sentir ya el frío o el calor, le embarra la sal del sudor, del cansancio surgido en vano, le escupió la entrada (la sal, que es el mal agüero, premonición de desgracias, escoba detrás de la puerta).

Quisiera reírme, pero me voy; quiero morirme, que el suelo negro en sus entrañas me guarde, salgan hacia ella como raíces mis las entrañas de un tirón, que así me duerma... velar yo mismo el sueño de mis ojos 5 años y despertar. Evaporarme. Llover con las nubes este abril y por todas partes esparcirme. Ser gota de rocío, hervir con el sol y volver al cielo. Quisiera reírme, que no llorar, pero no puedo. 

Y no es posible, me digo, que ya no tenga lágrimas qué reír, no más buena cara al mal tiempo. Ya no las
tiene tampoco mi tristeza. Y siento, duele el pecho del aún existo, del sigo siendo carne, hueso que en polvo ha de volver a la tierra. 

Y los porqués, las razones, los malditos profundos pensamientos. Vuelvo de la calle hasta mi cama, sin moverme de aquí, y sigo despierto. La flor que yo tenía se secó en la maceta, la tierra se agrietó en cada jardín y no creo en los milagros como para pensar en su resurrección, o que vuelva. La flor dejó de ser flor, pedazos que el viento se lleva. Y la planta es mi alma en un cristal, viéndose a sí misma, sin tocarse, alma viéndose a través de ella, sin llanto se seca.

Me siento triste, tengo rabia, dolor: no puedo llorar. Me traigo, sentimientos sin tragar, un tumor en el pecho. Me bebo el agua y el café, me restriego los ojos (podría pararme de cabeza, exprimirme los pelos, picar con un alfiler el corazón), pero no puedo. Y lágrimas que no salen de ningún lado no se pueden reír, menos llorar, ni uno irse así, vapor de agua, al cielo. 

"Si al menos hubiese visto llover", pienso. Me busco en idea feliz, alguna felicidad en la que yo oía ladrar los perros... cello, piano y violín... ya no te quiero.

23 abr. 2013

Fíjense en los árboles...

los que yacen a la orilla de los ríos: grandes, fuertes, orgullosos... como no lo son los de las zonas urbanas. Y uno lo piensa un momento: es el agua, que corre al lado de ellos... o ellos, que se pusieron al lado del agua.

Permítase las analogías, desátele del pescuezo a la imaginación cabeza-de-perro la longaniza con la que  en la mañana le amarró: ¿de qué se alimentó uno para ser lo que se es (poco o mucho, suficiente)? ¿Al lado de qué fogón se fue uno a sentar?

Sólo de mí puedo hablar. Creo que ha de ser el café. Porque podría faltar qué comer en casa, pero solamente cuando el café se acaba es que comienzo a sentirme miserable.

6 abr. 2013

¿Que qué quisiera?...

Sentarme a la orilla de un río, en Chiapas... mojarme los pies, mirar las luces y los colores en el agua. Escuchar su murmullo, sólo el murmullo, como quien viene hablando desde lejos, desde hace años... las ramas ancianas de los árboles enormes, la yerba que se seca y se hace quebradiza, pero que se resiste a perseguir la corriente, con tanta terquedad que a veces se parece a mí y a mi abuelo, a veces a mi padre. Quisiera no pensar en nada, no preocuparme. Sólo el sol en millones de pedazos y el agua que corre, los árboles enormes que cubren a todos y no molestan a nadie. El dolor en los músculos que recién se secan, la libélula sobre los troncos, la yerba pequeña de la humedad, verde, suave, omnipresente.

Quizás baste algo menos silvestre, un café de mamá junto a la ventana... sentir el olor a tierra mojada y ver llover. Ser el silente observador que era, a los 5 años, frente a los charcos y sus saetas de agua, en la puerta de mi casa. El solitario que he sido desde niño, el que despierta en una casa sola y sin su madre a las 6 de la tarde. 

Puede que sólo sea algo de paz, quietud, ningún mecer de las ramas. Pájaro mirándome desde la punta del árbol, pájaro sabio que sólo mira y no dice nada. 

Quiero irme de este lugar seco, piedra preciosa en la que no florece nada... lugar temporal, paisaje artificial, camión en el que van todos sólo un rato y no es de nadie. Este sitio-perversión a mi corazón, mineral inerte, no está en el suelo, está en el aire. No quiero este encierro, enfermedad del espíritu, no es queja: no quiere cadenas el perro, es noble, tampoco el alma de nadie. 

4 abr. 2013

¡Salubridad!

Me levanté desde mi dolor de cintura hasta la cocina y todo lavé. Destendí la cama, limpié todo el piso, abrí las ventanas para que el calor y sus olores se paseen por la casa... Me bañé después. No tengo perro, si no, también habría lanzado sus chillidos al bañarlo como hace rato el perro de los vecinos.

En este sitio me ordeno, recojo las mangas de mi camisa azul y me aliño. Lo compruebo al espejo. Limpio en casa limpia y ordenada, como enseñó mamá con el ejemplo, como debería ser.

Y el corazón, recién peinado, bañadito, niño inquieto en el pecho, simplemente, porque sí.

3 abr. 2013

Es grato...

Es grato dormirse con los ojos cansados y satisfechos del trabajar. Es grato ir a la cama porque no se puede más. Es alegre, feliz, despertar y advertir que la emoción, el gusto por mi oficio, sigue allí, junto a los libros. Es grato ver, en este caso, que el dinosaurio* aún sigue allí después de apagar el despertador. :) 

* "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". El Dinosaurio, Augusto Monterroso.

1 abr. 2013

Los grillos a la cama

Esta tarde ha valido la pena. He de llevarme los grillos a la cama y la ilusión de que ambos vayamos a pensarnos a oscuras y a palpar cada quién su corazón.

31 mar. 2013

La tesis

Días de encierro sin muchos progresos. Cada que salgo de casa siento el quemante sol y veo las flores moradas tardías de la jacaranda desnuda que vive entre mi casa y la de mis vecinos. 

El punto es que tiene muy pocas flores... y yo quisiera verla como su hermana, la jacaranda del otro lado del muro de piedra, llena de flores, regándolas por todos lados. Podría sentir pesar por ella (y por mi tesis, que se parece a ella y en la que cada vistazo lanzado al árbol me hace pensar). Un pesar basado en la vehemente diferencia entre mis deseos y la realidad. 

Pero puedo decidir entre ese pesar y tomar una cubeta, regarla, esperar pacientemente sus flores... y prefiero pensar que fue mi mano la que ayudó a que ese árbol se vea morado.

Vamos, pues, a trabajar... y a tener paciencia.

29 mar. 2013

El señor subía el callejón...

y llevaba una flor morada en la mano derecha. Me sorprendió al dar la vuelta hacia la calle y ascendía no sólo por sus pies, también por la certidumbre que le habría de dar la mirada de una mujer a su llegada. Llevaba en los ojos la preocupación tierna que sólo el corazón del varón que aguarda a entregar un detalle puede tener. Le miré el cuidado en las ropas que uno siempre procura antes de acercarse a un femenino balcón, a una fría puerta que lo separa de la pacífica compañía que sólo ellas pueden ofrecer. 

Lleno de dudas, con vaya usted a saber qué noche cargada de bestias en el corazón, apuraba el paso y suspendía en el aire su perfume varonil, el olor al baño reciente en su cabello cano.

Ése señor iba a entregar una flor, quién sabe a qué mujer. Esa noche, bajo esos faroles amarillos, también en él me había visto yo.

27 mar. 2013

¡Oh, ya recuerdo! Ella dijo que lo amaba...

porque la mente de él contenía su pensamiento.


Carne de res

Anoche volví a soñar mi corazón. Pienso en que no sé qué significa... en mi vida, para mi vida, quiero decir. La primera vez, cuando el cuento de El desengaño, soñé un corazón gigante, latiendo frente a mí, enorme como una vaca... yo tomaba conciencia de que era el mío, me palpaba el pecho y la inconsistencia de su tamaño pasaba inadvertida al saber que un agujero grande, con sangre seca en las orillas de mi piel, me atravezaba por completo. 

Aquella mañana, cuando recordé el sueño, sabía que algún pesar había en mí, muy grande, como para querer quitarlo de mis entrañas de un jalón... mi mente había entendido que los pesares están en el vital órgano y me había imaginado sin él, porque al verlo fuera de mí yo no sentía dolor.

Una metáfora en un sueño, que lo convertía en pesadilla. Una pesadilla a la que le pinté ojos, pies y manos e intenté convertir en cuento.

Anoche todo fue más material, menos sentimental... fue muy, ¿cómo decirlo?, más carne de res. Recostado en algún lugar (ante la sorpresa, el lugar era donde menos había que poner atención), una mujer delgada, de piel clara y de rasgos finos, lo sacaba de mi pecho... tengo la vaga impresión de que se trataba de algún hospital. Lo sacaba de mí, pendían de él ¿las arterias?, como cables de una bocina y yo era consciente de todo el proceso. Yo miraba y callaba, advertía el cuidado con el que procedía la mujer de manos finas y miraba alrededor, muy cerca de ese pedazo de carne, si no había "algo", lo que fuera, que lo lastimara.

Me causó una impresión muy grande saberme con el corazón ahí, afuera, y comprender que en ese instante mi vida (todo, todo lo que puede para uno significar la vida) era extremadamente frágil. Bastaba cualquier error, cualquier daño, para que muriera. Curiosamente, yo guardaba la calma y confiaba en la paciencia de esa mujer.

Luego volvió a guardármelo en el pecho, de algún modo, pero lo había devuelto mal. Ya dentro de mí, yo sentía cómo había desconectado algo, lo había vuelto a conectar mal y mi sangre manaba por el error. ¿Cómo era consciente de ello?, sentía algo caliente que se me escurría por dentro y me inflaba, ligeramente, el pecho. 

Guardé la calma, como lo he hecho las 2 veces que he vivido un terremoto fuerte y actué. Me tocaba el pecho, palpaba la herida por donde había sido todo el procedimiento y sentí terror al verla cicatrizada. Trataba de abrírmela, de nuevo, con las uñas... pero sabía que un día antes me las había cortado, por higiene... me arrepentía de ello. Clamé ayuda de la mujer... y ella, mirada de mármol, inexpresiva, no se movía siquiera. 

Desperté, eran poco más de las 4 de la mañana. La primera reacción fue tocarme el pecho: todo estaba normal, mi señor corazón latía fuerte. Lo único extraño fue sentir, ahí, muy adentro, un pequeño dolor... una especie de cortada de dedo, pero en el corazón.

No pude volver a dormir y desde entonces estoy despierto. Antes de relatar que el suceso fue tan horrible como para hacerlo cuento, siento necesidad de escribir: "la vida es frágil".

Luego me asiste la mente racional: quizás los infartos del personaje principal de la película de la tarde, quizás el haber hablado de mi primer cuento, puede que una especie de tristeza profunda. No sé.

¿Qué le dicen a uno, acerca de sí mismo, los sueños?

25 mar. 2013

Papelitos de cosas importantes

De entre el caos del estudio hallé por todos lados los papelitos de las cosas importantes: fichas de libros interesantes, ideas que en su  momento fueron geniales y las anoté, trozos de canciones que me propuse buscar, notas para un escrito que nunca materialicé, libros prestados, notas mentales: "debes dejar de...", deudas próximas a saldar, tickets de autobús, de entradas al cine memorables o hasta los recibos de cuando se entra al baño público (risas mientras se escribe). Recortes de un periódico, una revista, imágenes que me parecieron bellas... Servilletas de algún café, etc. En fin, vivencias en papeles chiquitos. 

Son una bolsa grande, ahora, tienen volumen y piden atención, mi atención. Solicitaron se escriba sobre ellas... y véame aquí, haciéndoles una nota en mi cuaderno (nota que, antes de escribirse, estaba como recordatorio en un boleto de metro).

¿Qué se gana uno pensando en los papelitos de las cosas importantes? No mucho, sólo encontrarse uno mismo, en los pequeños destellos del pensamiento, en tiempos distintos.

16 mar. 2013

Mi nana me lleva aparte para despedirnos.*


Estamos en el oratorio. Nos arrodillamos ante las imágenes del altar. Luego mi nana me persigna y dice:

—Vengo a entregarte a mi criatura. Señor, tú eres testigo de que no puedo velar sobre ella ahora que va a dividirnos la distancia. Pero tú que estás aquí lo mismo que allá, protégela. Abre sus caminos, para que no tropiece, para que no caiga. Que la piedra no se vuelva en su contra y la golpee. Que no salte la alimaña para morderla. Que el relámpago no enrojezca el techo que la ampare. Porque con mi corazón ella te ha conocido y te ha jurado fidelidad y te ha reverenciado. Porque tú eres el poderoso, porque tú eres el fuerte.

Apiádate de sus ojos. Que no miren a su alrededor como miran los ojos del ave de rapiña.

Apiádate de sus manos. Que no las cierre como el tigre sobre su presa. Que las abra para dar lo que posee. Que las abra para recibir lo que necesita. Como si obedeciera tu ley.

Apiádate de su lengua. Que no suelte amenazas como suelta chispas el cuchillo cuando su filo choca contra otro filo.

Purifica sus entrañas para que de ellas broten los actos no como la hierba rastrera, sino como los árboles grandes que sombrean y dan fruto.

Guárdala, como hasta aquí la he guardado yo, de respirar desprecio. Si uno viene y se inclina ante su faz que no alardee diciendo: yo he domado la cerviz de este potro. Que ella también se incline a recoger esa flor preciosa —que a muy pocos es dado cosechar en este mundo— que se llama humildad.

Tú le reservaste siervos. Tú le reservarás también el ánimo de hermano mayor, de custodio, de guardián. Tú le reservarás la balanza que pesa las acciones. Para que pese más su paciencia que su cólera. Para que pese más su compasión que su justicia. Para que pese más su amor que su venganza.

Abre su entendimiento, ensánchalo, para que pueda caber la verdad y se detenga antes de descargar el latigazo, sabiendo que cada latigazo que cae graba la cicatriz en la espalda del verdugo. Y así sean sus gestos como el ungüento derramado sobre las llagas.

Vengo a entregarte a mi criatura. Te la entrego. Te la encomiendo. Para que todos los días, como se lleva el cántaro al río para llenarlo, lleves su corazón a la presencia de los beneficios que de sus siervos ha recibido. Para que nunca le falte gratitud. Que se siente ante su mesa, donde jamás se ha sentado el hambre. Que bese el paño que la cubre y que es hermoso. Que palpe los muros de su casa, verdaderos y sólidos. Esto es nuestra sangre y nuestro trabajo y nuestro sacrificio.

Oímos, en el corredor, el trajín de los arrieros, de las criadas ayudando a remachar los cajones. Los caballos ya están ensillados y patean los ladrillos del zaguán. La voz de mi madre dice mi nombre, buscándome.

La nana se pone de píe. Y luego se vuelve a mí, diciendo.

—Es hora de separarnos, niña.

Pero yo sigo en el suelo, cogida de su tzec, llorando porque no quiero irme.

Ella me aparta delicadamente y me alza hasta su rostro. Besa mis mejillas y hace una cruz sobre mi boca.

—Mira que con lo que he rezado es como si hubiera yo vuelto, otra vez,a amamantarte.

*Rosario Castellanos, Balún Canán.